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lunes, 28 de abril de 2008

A LA IGLESIA CON CARIÑO


El padre Porras, corría con energía de muchacho, en medio de nosotros, los alumnos del colegio San José, el de la subida hacia la cárcel y el cementerio, tras el balón de fútbol. Aquel joven exhibía sabiduría y experiencia adquiridas en un seminario suramericano.

Buen futbolista, apuesto y agradable, como sencillo y accesible, nos enseñó lo que era un cura de esta parte del mundo, tan envuelta en dificultades y pobreza, que nadie, menos inteligente y sensible como él, podía ignorarlas.

Conocerle y verle relacionarse con la gente, fue una vivencia grata. El cura Porras le pertenecía a los muchachos y a la gente humilde por la que se preocupaba en exceso.

En un viejo camión iba y venía, acompañado de una pandilla de muchachos, otro cura, paisano nuestro y capellán del cuartel Antonio José de Sucre, recogiendo cuanta ayuda le prestase la generosidad cumanesa, que era desbordante pese a las privaciones de la post guerra, para cobijar y hacer la vida llevadera a más de veinte niños indigentes. Aquel fue un padre y por encima de todo, un cristiano en paz con los preceptos que en la iglesia, a uno le enseñaban.

Y ha habido tantos curas como ellos y los hay haciendo obra útil. Y los catòlicos, en esta América nuestra, han sido en gran medida así.
¿Cómo negar la participación de ella, de figuras emblemáticas suyas en las grandes gestas por la dignidad humana, la justicia, el progreso y la revolución? ¿Còmo olvidar que fue un cura, el padre Patricio Alcalà, tìo materno de Antonio Josè de Sucre, quien ganò a èste para la gigantesca tarea que llevò a cabo por la libertad?

Y fue un sacerdote catòlico, el chileno Josè Cortès Madariaga, uno de los lìderes de la revuelta del 5 de julio de 1810.

De modo que concientes estamos que no se puede borrar esa contribución en el empeño de construir una sociedad justa, sin egoísmo, mentiras, mezquindades ni privaciones.

Y no debe hacerse, porque entre lo que aspira el cristianismo todo y quienes creen en la necesidad de reconstruir a Venezuela, cerrarle el paso a los corruptos, crear un sistema donde impere la libertad, incluso para las actividades económicas, pero donde el hombre tenga acceso al trabajo, un ingreso justo y en general, la riqueza se distribuya de manera que la vida valga la pena vivirla, una vida cristiana, no hay diferencias.

La iglesia cristiana, aquella en la que nos enseñaron a ser fieles al credo y los diez mandamientos, la de los padres Porras, Mauleón, con quien aprendimos tan bien la gramática francesa, que aún no se ha olvidado; y la del viejo capellán y el cura Porras, muy jóvenes nos hizo rebeldes y hasta revolucionarios.

Pero siempre los duendes enredan las cosas. Aquellos que quieren que el mundo no progrese, que los pobres no abandonen la miseria y que la iglesia de Cristo no sea abanderada en la lucha por un mundo mejor. Y se dedican a trabajar, no solamente para que el reino de los cielos, como en la edad media, sólo sea accesible a quienes puedan pagar los derechos de tránsito, sino tambièn para que en la tierra, mientras les llega el momento de marcharse, gocen de todos los bienes que a los pobres les niegan y escamotean.

El esfuerzo por adecentar a Venezuela, desterrar la vieja política, requiere que la iglesia cristiana y los revolucionarios encuentren el camino que les une. Porque existe, aunque algunos, de un lado u otro, no lo crean. Ambos quieren alcanzar el cielo y compartirlo.

Pero para ello es necesario, como ya cristo lo hizo antes, que saquemos los mercaderes del templo.


Eligio Damas
28/04/2008
 
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