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miércoles, 14 de mayo de 2008

PSUV: Partido de la Unidad o división Revolucionaria?


"No hay tiempo para reformas posibles, sino para transformaciones profundas". Kleber Ramírez

Con la creación del Partido Socialista Unido de Venezuela la Revolución Bolivariana ha entrado en su fase de stalinización acelerada, producto de conductas hegemónicas y la conformación de grupos de poder cerrados en torno al jefe del Estado. El recién nacido partido, ciertamente, ha partido al movimiento revolucionario venezolano en varias partes, creando así las condiciones para la desmovilización popular y la desarticulación de las fuerzas revolucionarias. División y desmovilización son dos síntomas graves para el movimiento popular revolucionario.
Al mismo tiempo, los factores de poder interesados sólo en fortalecer al Estado como aparato de dominación preparan las condiciones para ejercer un control absoluto sobre todas las organizaciones y movimientos sociales potencialmente insurgentes. Además de un Estado verticalmente organizado, fiel reproductor de la estructura de poder colonial, tenemos a un gobierno crecientemente militarizado y ahora un partido estructurado militarmente, de corte cuartelario, casi prusiano, con sus batallones y estados mayores y una acrítica subordinación al jefe, propio de un régimen cuartelario. El PSUV es un partido militar con la inserción de civiles militarmente disciplinados. Eso es disciplina militar pero no disciplina libertaria, propio de una verdadera organización revolucionaria.

Definitivamente, los militares no han sido formados para hacer revolución, sino para evitarlas. Su objetivo siempre ha sido conservar las estructuras del poder y del Estado, no transformarlas. Un movimiento revolucionario subordinado a un partido, deja de ser un instrumento del pueblo para convertirse en una agencia de empleo. Los partidos, lejos de ser instrumento del pueblo para el ejercicio de la libertad, se convierten en simples aparatos para el reparto del poder. En fin, el PSUV ha llegado para partir y no para unir al movimiento revolucionario, pues reproduce el error fatal de las revoluciones históricas de la contemporaneidad: la partidocracia.

Bajo el dominio exclusivo de un “partido revolucionario”, para un agresor externo o interno la “revolución” podría llegar a su fin con sólo destruir o desarticular a dicha agrupación. Por eso, un partido no basta para hacer la revolución, sino un pueblo organizado libre de partidos. Con frecuencia las revoluciones modernas y “posmodernas” centran su interés sólo en fortalecer al poder del Estado y sus órganos de gobierno, más no para robustecer el poder creador del pueblo. Gastan ingentes recursos para fortalecer a su aparato represivo, pero no para potenciar al poder liberador del pueblo. Los partidos alienan a la voluntad popular, dogmatiza las conciencias y dividen la acción transformadora del pueblo. Históricamente, los partidos han secuestrado la participación del pueblo, pues sólo toman decisiones y discute una élite buro-cratizada, erigida en suprema rectora de toda la población. En las democracias liberales modernas las elecciones pueden servir a un partido revolucionario para llegar al poder, pero no para transformarlo, el poder termina transformándolo a él. Una revolución no se fortalece ni se hace tratando de hacer más eficiente al Estado, sino en desmontar las estructuras de dominación de unos sobre otros.

Las elecciones sólo sirven para reproducir esa lógica de dominación inmersa en toda estructura de poder. Desde la guerra de independencia las elecciones sólo han servido para renovar el personal del aparato burocrático del Estado más no para transformar las bases de ese Estado. El partido reproduce el clientelismo, la corrupción, el caudillismo, el sectarismo, pero sobre todo la tan criticada y desprestigiada partidocracia. En realidad, los partidos no son instrumento para el pueblo ejercer el poder, sino el pueblo termina siendo un instrumento de los partidos para el control personalista del poder. Nunca han servido para beneficiar al pueblo, sino para enriquecer a unos pocos oportunistas y politiqueros de oficio, convirtiendo a la “revolución” en una máquina para hacer negocios.

Después de 1945, en Venezuela, los partidos de gobierno sólo han sido una herramienta para el saqueo de la renta petrolera del Estado, no para su distribución equitativa entre el pueblo, a quien siempre le han dicho “El petróleo es nuestro”. Al igual que otros partidos del pasado, el PSUV, en el marco electoral venidero, parece más una aspiradora por la cantidad de aspiradores al poder en su seno: Todos aspiran tomar el poder, más no transformarlo. Todos aspiran seguir disfrutando de las mieles del poder, pero ninguno desea devolverle al pueblo su poder originario. Se llenan la boca hablando del poder constituyente pero todos se desviven por el poder constituido. El pueblo seguirá votando democráticamente, mientras sus gobernantes seguirán enriqueciendo sus arcas a costa del Estado y en nombre del pueblo. Ello ha sido así por mucho tiempo y por eso no hay revolución, cuando se trata de hacer nuevas revoluciones con viejas tácticas revolucionarias. Afortunadamente, el pueblo tiene sus propios códigos y sabrá identificar quienes son sus aliados para la lucha inconclusa por su emancipación y quienes los verdugos de la esperanza por construir un mundo libre de partidos y falsas revoluciones que sólo sirven para engordar a buró-cratas y prostituir a los símbolos históricos de la lucha revolucionaria de los pueblos. El pueblo revolucionario sabrá defender su revolución históricamente luchada y ganada.



Ebert Cardoza Sáez
Aporrea.org
14/05/2008
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Profesor Escuela de Historia / Fac. de Humanidades y Educación - Universidad de Los Andes - Mérida
 
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