azafate

Por • 17 Nov, 2012 • Sección: Cultura

Algunas historias tienen la virtud de hacer viajar en el tiempo. Algunos nunca habían estado tan conectados con su pasado como ahora desde que se anunciaran tiempos de cambios con la avecinada última luna de fin de año.

Algunos pueblos cosechaban cebollas en lo mas adentro de los campos y el ajo a las salidas, hacia el sur estaba la casa de la familia Conde la cual aún existe, todos la conocían como enristrada, iban hombres y mujeres a enristrar, era una ocupación laboriosa, artesanal, consistía en tejer bejucos y hacer largas trenzas para luego venderlas en el mercado principal cercano a la plaza donde envejecidos borrachitos se lanzaban tragos encapillados como lo decía Doña Alcira.

Estas trenzas eran utilizadas para amarrar arrobas de chochecos, bultos de papas y leños para ampliar sus casas y dar calor a los anafres que alumbraban desde el puntal de la noche, justo cuando había que encenderlas para espantar el aullido de muchos lobos perdidos en su olfato por culpa de la pólvora de cazadores y habían quedado cebados con pollos y pavos navideños, presas fáciles que cuidaba en el solar Doña Candelaria.

Las abuelas contaban que gracias a ellas la población había crecido porque los que allí trabajaban se impregnaban de ese olor y su calor se metía en las entrañas y cosa extraña, después las veían con un barrigón saliéndole el muchacho tripón a los nueves meses y quienes desde muy pequeños les colgarían en sus delicados cuellos un collar de ajo macho untado de azafate, mezcla preparada por el curioso del pueblo para que a los muchachitos no les salieran lombrices al comer de la tierra, pues existían supersticiones en las cuales se decía que muchos habían sido concebidos por el calor del ajo y se les criaban nidos de lombrices que les saldrían hasta por la nariz.

Cuando los pequeños escuchaban las historias de Juana quedaban asombrados, imaginaban saliéndoles esos raros animalitos después de probar el sabor caliente de bandejas y charolas que darían un olor inolvidable.

Miguel. A. Jaimes N.
lamucuyandina@gmail.com



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