Prosa a Carlos Escarrá
Su espíritu guerrero de la palabra y la justicia será para su pueblo una voz de aliento, humana y revolucionaria. El doctor Carlos Escarrá Malavé tan solo se fue a la librería la excelencia de la esquina; fue en busca de papel y lápiz, para darnos clase de constancia y disciplina.
Era Carlos Escarrá el hombre defensor a ultranza de su norte inalienable, y enemigo acérrimo de toda mediocridad lacaya que pretendiera vender un ápice de nuestra soberanía.
Quizá no supimos darle la importancia profunda, en el buen sentido de la palabra, a su invalorable aporte a la Revolución, que desde el primer momento llevaba inoculada en sus venas por ese amor patrio.
Daba la impresión que para nada le importaba el intelecto que pudiese haber derrochado en cualquier púlpito académico. Siempre mantuvo con humildad los pies sobre la tierra que tanto amó.
Su adiós, que sea un alerta de contrarrestar al materialismo que divide, y que es capaz de comprar la conciencia mas tocada por el amor mas desprendido.
El camarada Carlos Escarrá Malavé, atrincherado con el verbo del fusil al hombro y dándole un beso a su Revolución, le sorprendió el sueño eterno de los inmortales. Con su partida no se perdió un hijo, ganamos un ícono de alta jerarquía cual mariscal de campo en la conciencia campal revolucionaria.
Hay lágrimas que secar y un enorme vacío que tapar, pero que sea con un escudo antimisil, para que no sea un flanco vulnerable fácil de penetrar.
Julio César Carrillo
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