Madre
La penumbra se acerca. Sombras; siluetas amorfas me rodean. Siento un inminente peso agónico, que no solo me perturba, sino que llega al extremo, casi final, de parar mi último estertor de vida. Todo se oscurece, no existe; o será que nunca existió la LUZ.
No se que hacer. Creo que ha llegado al fin el momento exacto en que la tenue línea de nuestra vida se desvanece y caemos en ese limbo insospechado; desconocido; pero a la vez imperecedero, que nos ha acompañado desde el momento de nuestro primer llanto.
Es mi fin; lo se bien. Han sido eones de siglos eternos, en donde, en el vaivén constante del día y la noche morimos y revivimos; cual juego del escondite, donde nuestro eterno perseguidor es la muerte; y que a cada amanecer logramos, ya cuando casi nos toca, despertar y volver a reiniciar ese dulce y candente movimiento que llamamos VIDA.
Siento un inmenso frío; es lógico; la “Muerte” es fría. Nada bueno viene del frío. Recuerdo los cuentos de mi abuela; esa que siempre decía, en mi ya ahora muy lejana infancia: cuídate hijo, el frío te mata. ¡Oh Abuela!; cuanta razón tenias, y pensar que yo ni te oía. Y hoy, en este momento final, en el que mi luz vital se me va a apagar, solo logro en ti pensar. Presagio fatal de nuestro encuentro final.
¡Un momento!, que es aquello que se abre paso en las penumbras; ¡Sí!; ¡Sí!; es un rayo de luz; es mi despertar; ¡Salvo Estoy! Todo era tan solo un sueño, una mala pesadilla. Ya nada temo; mis ojos se abren; veo la luz. Pero; ¿de dónde sale?, ¿qué la emite?, ¿quién es mi salvador?……Claro; no podía ser de otra manera; es tu luz; es tu amor; son tus ojos…. ¡Madre!
Alfredo Domínguez Fernández
pito0726@hotmail.com









