Brujas
Don Lencho, fue el sabio Lorenzo Maldonado, siempre andaba en búsqueda de fieles amigos quienes cubrían el silencio de sus secretos en constantes traguitos.
En su adolescencia quedó ciego y aprendió a guiarse con una vieja y fiel vaca que guiaba delante de sus pasos. Pasando junto a la casa de un amigo, lo convido a que lo llevara hasta su morada, prefiere irse acompañado por lo que podía pasarle caminando hasta su hogar, iba por un camino de piedras y sin saberlo se desorientó, entró como en un sueño y al darse cuenta estaba arriba de la copa de un frondoso árbol, tupido de raíces enredadas conocido como Maitin, grande, muy extraño, crece y se va para los lados y Don Lencho lo definía como el árbol donde se posan las brujas.
Cuando se percató del embrujo su cuerpo estaba moreteado con infinidad de chupaduras y rasguños dados por alguien, pero nunca pudo entender y explicar cómo llego hasta allí ni que había pasado.
Sus ramas son gruesas y de hojas verde oscuro, pequeñas, desde él emanan un olor particular, único, difícil de definir, son olores de campos, montañas, ríos.
Cuentan que las brujas se reunían al pie de este árbol y allí se carcajeaban, todas las mañanas encontraban su estiércol fundido con hojas caídas.
Es el árbol de La Mucuy, macizo, muy invasor, su semilla cae al suelo una vez que los murciélagos degluten su carnosidad, formándose los famosos matapalos, estos crecen frente a otro gigante conocido como Cinaro, quien lo abraza y se lo va comiendo, tupiéndolo y llevándolo al piso hasta morir ahogado sin poder respirar.
Las brujas fueron seres perseguidos, acusadas de utilizar Ungüentos y pócimas, brebajes preparados con ramas encantadas encontradas por sus arrugadas manos.
Siglos atrás en el pueblo de Tabay, Juan de la Paz mando a quemar a Paula de Albornoz, acusada de ser bruja.
Miguel A. Jaimes N.
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