El magisterio, un asunto que merece pensarse

Por • 18 Sep, 2011 • Sección: Tribuna Abierta

El Gobierno Bolivariano, a través del Ministerio del Poder Popular para el Deporte está pensionando a los atletas para ayudarles en su carrera. Comprendo muy bien las justas razones que abonan tal medida socialista, y creo más, que el subvencionar atletas de porvenir puede llegar a ser un acto eminentemente utilitario para quienes lo llevan a cabo, entidad de utilidad en su más elevado sentido, como un fin no en el sentido de negocio, que no es más que un medio.

Cierto es que hay motivos para que éstos lo sean a los que se consagran a estas actividades, en las que pueden perfeccionarse sin dejar sus familiares y con los medios disponibles en él; cierto también que no se deje de proteger a jóvenes que siguen otros caminos, pero creo que los hay que, consagrándose a misiones elevadísimas y de la más profunda importancia social no tienen la suerte de los que despuntan por atletas.

El Gobierno Revolucionario, en general, tiene merecida fama de atender con exquisito cuidado al fomento y esplendor de la instrucción primaria. Hoy le podemos enseñar enorgullecidos al mundo soberbios edificios de escuelas, espaciosos, aireados y soleados, higiénicos y elegantes, con laboratorios, salas de computación, cocinas, canchas deportivas y áreas de esparcimiento, se paga a los maestros con regular puntualidad, ya que antes no se les pagaba lo que en conciencia se les debía como prestación del servicio.

Pero ni la higiene y esplendidez de los edificios de las escuelas, ni las fiestas escolares que se resuelven en jolgorio para los niños y espectáculo para sus representantes, ni la puntualidad en el pago de las atenciones de primera enseñanza son todo, ni siquiera la más importante parte de la instrucción pública en su rama principal: la enseñanza primaria y secundaria.

El estado de esta última en Venezuela es tan deplorable como el de cualquier otra enseñanza, pero resulta mucho más terribles los efectos de la acción de sus deficiencias. Es innegable que ha progresado no poco en los últimos años en el país la educación y alimentación de la niñez, pero, aun así y todo, para llegar en esa función social, la más importante de todas, al grado que alcanza en otros países del mundo necesitaríamos andar larguísimo y fatigoso camino.

Este lastimoso estado se debe a que ni la conciencia pública tiene idea de la importancia de la primera enseñanza, ni la tienen muchos que a ella se dedican, ni los padres saben lo que es educar bien a un hijo ni para que sirve la buena educación.

El padre lo que quiere es que el hijo pase pronto de una clase a otra, que esté cuanto antes en disposición de entrar al bachillerato, que empiece en éste el doloroso vía crucis de su inteligencia, que continúa, corregido y aumentado en la Universidad, si llega a ella; que saque el mayor número posible de sobresalientes y a ser premio para adornar con los diplomas, trofeos tristes de un martirio cruel, las paredes del cuarto de estudio, o si no esto, que no pierda materia, que acabe pronto, muy pronto, lleve a su casa un título que le habilite para ejercer el monopolio social de una profesión o un empleo del Estado.

Ay que hacer del hijo un abogado, un ingeniero, un médico, un doctor o perito en esto o lo otro, no un hombre ¿Para que sirve la perfección y elevación del alma en la lucha por la vida? La felicidad debe ser sacrificada a las duras necesidades de la existencia. Esta es una consecuencia de esa doctrina brutal y estúpida que llevaría al ser humano a reventar de fatiga y anemia al pie de la fábrica y del almacén de productos de las industrias. Si el joven no llega a la facultad conviene por lo menos que obtenga el título en un tecnológico.

Estas son verdades duras, pero son verdades. Ni la conciencia pública, ni los padres de familia se dan idea clara del carácter, valor  e importancia de la instrucción y educación de la niñez. Todo lo que se oye y lee sobre su importancia, sobre el valor del maestro, sobre la trascendental de nuestros primeros pasos son tópicos oratorios, lugares comunes que corren de boca en boca y de periódico en periódico, y de medios audiovisuales, sin acento de honda sinceridad y de compresión perfecta.

La mayor utilidad que ven muchos padres en la escuela es que les desembaraza durante gran parte del día de los hijos que enredan y estorban… Por tanto, incapaces de aguantar los propios hijos, compadecen y admiran al pobre maestro que aguanta los ajenos.

Un maestro es, para la generalidad de las gentes, dígase lo que se diga, una  pobre persona que se gana la vida enseñando a los niños las letras en el pizarrón. Tal idea de la educación y del maestro hace que, ni aquélla sea entidad, ni a ésta se le ponga en camino de llegar a ser lo que debiera. Tristeza, sí, me da el pensar que la sociedad ponga la suerte de sus hijos en las manos que las ponen, y no por culpa de los que se dedican al magisterio, sino porque la exigüedad del sueldo hace que la carrera del magisterio de primera enseñanza sea de las más cortas y menos arduas, y que los maestros, salvas raras excepciones que tocan en la más elevada abnegación, se recluten entre los que menos preparación tienen para ello.

A un ingeniero, a un médico, se le exigen muchos más conocimientos que a un maestro de escuela, cuando la tarea de educar niños exige tanta ciencia por lo menos como la de construir un ferrocarril o curar a un enfermo, pero también es verdad que el Estado y la sociedad pagan mejor al ingeniero o al médico, que si son buenos no hacen más servicio a aquéllos que daño les hace el maestro si es malo y beneficio podría hacerles si fuera bueno. Es un círculo vicioso. Como la sociedad paga mal a los maestros, los maestros no pueden servir mejor a la sociedad.

Hoy, tales cuales son, creo que sus servicios valen mucho más de lo que se les paga, pero lo que se debe hacer es que valgan aún más, y cuando por el perfeccionamiento de la educación pública vieran los padres palpablemente el inmenso progreso espiritual de sus hijos y la sociedad toda el beneficio que sobre ella se derrama, la conciencia pública pediría, y no con tópicos ni vulgaridades, la exaltación del decoro del magisterio de primera enseñanza.

En nuestras escuelas normales, por lo que conozco y he oído de ellas, la enseñanza de la pedagogía es una ruina en Venezuela. La pedagogía es una ciencia dificilísima, honda, complicada, que exige vastísimos conocimientos técnicos. Su conocimiento teórico y la actitud práctica para ejercerla con provecho no son menos difíciles que los conocimientos teóricos y la aptitud práctica necesarios para operar en un hospital o construir una línea de ferrocarril. La mente humana es objeto de tan vasto estudio como el organismo corpóreo o el telúrico.

La enseñanza teórica de la pedagogía y el ejercicio preparatorio para su aplicación práctica son desdichadísimos en Venezuela. Conozco maestro, y nada torpe, que tiene de la pedagogía una idea parecida a la que tenían los antiguos de la esfericidad de la Tierra. En algunos países, por ejemplo, hay maestros de escuela que valen mucho más que renombrados profesores de institutos técnicos de Venezuela ¿Por qué no se estudia un medio de pensionar a jóvenes que se dediquen al magisterio, elegidos por uno u otro medio, jóvenes despiertos y animosos, para que vayan a estudiar el florecimiento de la educación allá donde ésta florece?

Bien están los hermosos edificios de escuelas, la exactitud y rumbo en el cumplimiento de las obligaciones de instrucción primaria y secundaria, los repartos de premios con discursos alusivos al acto, los festivales infantiles para regocijo de chicos y grandes, bien está todo esto, pero ¿no estaría mejor que el pueblo de Venezuela, dando en ello elevado ejemplo, pensara seriamente en si el provecho que un buen maestro le pudiera traer de una adecuada educación pedagógica adquirida allá donde florece la teoría y la práctica  pedagógicas y que le permitiera dirigir una escuela modelo sería más grande que el provecho, grande sin duda, que un deportista puede proporcionar a su pueblo?

Sé que en Venezuela hay excelentes maestros, que con aplicación e inteligencia han dado y dan de sí todo lo que, dentro de la ciencia pedagógica corriente en el país, de su experiencia valiosísima y de sus dotes han podido dar, pero, ¿acaso no hubieran dado mucho más a poder recibir corrientes vivas de nuevos progresos en otro ambiente? Bien se gasta en instrucción primaria, pero más en la fachada y en cumplir estricta y lealmente la obligación legal que en lo íntimo de ella.

¡Qué gloria para nuestro Gobierno Socialista si coadyuvara de modo eficaz al renacimiento de la instrucción pública en Venezuela!

Salud camaradas.
Hasta la Victoria Siempre.
Patria. Socialismo o Muerte.
¡Venceremos!

Manuel Taibo



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