Candidatura de Ledezma y pañal de Pablo Pérez

Por • 15 Sep, 2011 • Sección: Tribuna Abierta

Antonio Ledezma llegó de los primeros a la casa de AD. Fue anteayer, 13 de septiembre, cuando unos pocos, encabezados por Ramos Allup, rodeaban una enorme torta –imagine usted lector el tamaño de la misma- con motivo del cumpleaños del partido.

No bien había entrado, saludado a viejos compañeros y revirado los ojos al Secretario General, cuando comenzó, estimulado por los gritos de ¡Ledezma, Presidente!, de la “multitud” que se trajo de la Alcaldía, a discursear acerca de su “heroico y sacrificado” pasado militante en filas del partido. Cuando a casa de éste, allá en el Guárico, llegó a inscribirse, que ya no era “el del pueblo, menos del los alpargatùos”, ni de banderas antiimperialistas de Leonardo Ruiz, tampoco el de Andrés Eloy Blanco. Menos el de la heroica resistencia al perezjimenismo, porque quienes la hicieron, todos estaban muertos o se habían ido antes que Betancourt y su corte la convirtiesen en guarida de traficantes, maulas y comisionistas. Si acaso quedaban allí el maestro Prieto, Paz Galarraga y otros llenos de vergüenza, quienes no tardaron también en coger sus pocos peretos, dignidad y montaron tienda aparte.

“Bien saben”, dijo Ledezma, “que por estrategia pura; esos arranques de políticos geniales, dejé el partido que el Padre de la Democracia, Rómulo Betancourt fundase para que fuese nuestro refugio y alcabala, para crear ABP, donde pude después de la debacle, represar nuestra inmensas fuerzas. Aquí están. Todas enteras. Con humildad las pongo al servicio de todos.”

“¡Ledezma, Presidente! Insistía en gritar la multitud en aquel espacio casi colmado por la torta con setenta velones. Al lado de ésta, Isabel Carmona, una de las primeras en irse para el MIR, asqueada por el servilismo y crueldad represiva de Betancourt, para después volver con la cabeza para abajo, aplaudía y acompañando al coro de funcionarios, se expresaba con evocación lejana:

“¡AD, juventud! Ledezma, Presidente.”

La mesa de la torta tambaleó y tuvieron que agarrarla para que Isabel, con aquella, recobrase el equilibrio.

Admirable, como Isabel, todavía tiene fuerzas para gritar lo que gritó en su juventud y rechazó luego de ver y vivir lo que vio y vivió.

Todos la aplaudieron; como nadie, son cosas frecuentes en la vida, se pegaba a la torta más que los demás, sintiéndola “suya sola”. Además, pocos allí sabían lo que ella fue. Y quienes sí, militantes adecos o asomados, no pueden “tirar la primera, ni la segunda piedra.”

Pero Ledezma, no se quedó en la euforia, ni le paró a la apureña. Dejó de mirar de reojo a Ramos Allup, quien por haberse mantenido fiel se quedó de jefe del partido, beato que viste imágenes desleídas y nada virtuosas, cuida templos que son espacios para el trueque, repinta letras que hablan del pasado del partido, y le dijo estrechándole la mano “franca”:

“Aquí estoy hermano, dispuesto a volver a AD, pero si unimos nuestras fuerzas. Las pocas suyas con lo escaso que Pablo Pérez administra de lo del prolífico Rosales, que más que votos son mautes y estas fogosas, voraces y multitudinarias mías.”

Ledezma se había cogido el acto para él. Ramos Allup, pese sus extensas y livianas alas, se quedó como si estuviese empapado, apenas revoleteaba para deshacerse del peso.

De repente, hizo su esperada entrada el gobernador del Zulia. Meritorio y aprovechado alumno, sucesor y sustituto de Rosales. ¿Qué más puede uno decir sobre semejante caballero?

Como ni un segundo guarda su Blackberry, ni le deja en manos de cualquiera, se enteró por los suyos presentes en la casa de AD y en torno a la enorme torta que Isabel miraba con ternura y cuidaba con excesivo celo, de lo que Ledezma llevaba adelantado; por ello optó por hacer una entrada impactante. Ayudado por algo que dejase boquiabierto y hasta boquineto a medio mundo; la oposición toda, gobierno y hasta élites universales que darán su bendición al candidato que se enfrente a Chávez.

Paró en una farmacia y ordenó le comprasen algo. Entró a la casa del partido, en el cual Ledezma se inscribió primero por razones de edad, las mismas por las que fuese delfín de CAP y ambos encendedores de la pipa del tronante “Don Rómulo”. Pero él, Pablo Pérez, era nada más y nada menos que el heredero de Manuel Rosales.

Inspirado en eso, al entrar a aquel templo mohoso, húmedo y pegajoso, levantó los brazos y el derecho agito; con él la bolsita de la compra. Miró hacia ella y dijo con la misma seguridad, sapiencia y creatividad de Rosales:

“Aquí, en esta mano, en esta bolsa humilde, traigo el primer pañal que mi mamá me puso; y fue en una casa de AD.* ¿Quién da más? ¡Saquen sus cartas!”

*Si no lo cree, lea la nota periodística de El Tiempo, pág. 14 del 14-09-11.

Eligio Damas



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