Allende, Chávez y los revolucionarios con gríngolas

Por • 14 Sep, 2011 • Sección: Tribuna Abierta

“Chavistas” y “allendistas”, que razonan como si Allende y Chávez, fuesen un par de pendejos.

Uno se asombra, como todavía en nombre de Marx, se explica la caída de Allende, echándole la culpa a quienes, dentro del campo de la izquierda, asumieron posiciones, tuvieron enfoques acerca de modo y ritmo còmo asumir el proceso, diferentes a quien enjuicia.

Un sector por años, ha venido diciendo que un determinado grupo de reformistas, infiltrados dentro del “allendismo”, como ahora dentro del chavismo, ponían piedras en los rieles de la locomotora para que no avanzase al ritmo deseado o establecían enlaces inapropiados para que marchase con sentido equivocado.

Otro, ha señalado con la misma vehemencia y persistencia que un grupo de exaltados, extremistas, partidarios de un movimiento más veloz y en línea recta, generó dificultades, como ganarle enemigos innecesarios al proceso, provocar a las fuerzas armadas, etc. De eso se acusó entre otros al MIR chileno.

Lo curioso por demás es que ahora en Venezuela, uno lee y escucha con abundancia los mismos comentarios y opiniones.

En una entrevista, vertida en un reportaje televisivo, puesto en pantalla recientemente por Telesur, el tristemente célebre Regis Debray, entonces entre pensadores y militantes de la izquierda “apresurada”, señala con mucha insistencia al gobierno de tendencias al reformismo y dado a retardar decisiones. Allende, con asombrosa personalidad y claridad política, rechaza aquella argumentación.

También es curioso que entonces, quienes mantenían posiciones parecidas a las del francés y éste mismo, aludían a una derecha enquistada en el allendismo que parecía tomar decisiones y contener otras, por encima del líder del proceso y presidente de la república.

Cuando uno se encuentra con esto, le asombra que en la Venezuela de hoy se esté diciendo lo mismo. El líder merece mi reconocimiento público en cuanto encarna lo que digo y pido. Pero en lo que no, busco a un chivo expiatorio a quien echarle la culpa. De esa manera, mato dos pájaros de un tiro, denuncio lo que incomoda, me deshago del lastre, distancio de la deuda a pagar para que la nave siga a flote y la asiento en el haber de quienes discrepo; de esa manera sigo contando con la aceptación del líder. A este le asumo solo responsable de lo que me parece bueno, le elogio y advierto que los otros son sus enemigos.

Debe estar claro que la conducta aquí dibujada no es propia de una tendencia o grupo determinado, sino que embarga a todas las que están obligadas a batirse por hacer avanzar el proceso y el favor del presidente. Igualmente sucedió en el Chile de la década del setenta, salvando pues lo que haya que salvar por determinación de tiempo y espacio.

Lo malo de ese guión, pese que todos le siguen, es que subliminalmente, aunque sólo sea así, quienes juran y perjuran que adhieren y admiran al líder, le exhiben como si fuese un pendejo. Tanto que el grupo adversario, puede fácilmente engañarlo y meterle gato por liebre. Pero como ambos hacen lo mismo, entonces tendríamos un líder doblemente pendejo o pendejo integral.

Al analizar lo sucedido con Allende, cuando cada grupo expone su visión, al incauto le queda entonces esa subyacente imagen denigrante. Cuando uno lee o escucha en algún sitio aplicar la misma técnica al enjuiciar el presente venezolano percibe lo mismo.

La verdad es otra. El líder escucha las tendencias y hasta las opiniones individuales; las pesa y confronta con la realidad; mide la correlación de fuerzas y todos los factores a qué haya que evaluar. Debe cuidar que la nave no se escore y dónde y cuándo dar los pasos adecuados, los de adelante y los de atrás. Debe examinar dónde pegar primero y cuándo retrasar o aminorar el ritmo. Incluso debe cuidar sus buenas relaciones con todos los revolucionarios porque ellos hacen falta. Evalùa con sigilo cuàl de las manos sacar primero. Debe atender con sumo cuidado la situación internacional y otras muchísimas cuestiones.

La caída de Allende obedeció a razones distintas a las que esgrimen quienes, cual cazadores de brujas, tienen erróneamente como norte enterrar la discrepancia. Pero este es asunto a ventilar otro momento.

Pensar lo otro es asumir al presidente y líder como un pelele a quién todos manejan a su antojo. ¿Quién en su sano juicio, sin estar interesado y afectado por una visión malévola, puede concebir a un Allende o Chávez de esa calaña?

El acertar es obligación de todos los revolucionarios. Las ideas todas son dignas de tomarlas en cuenta y la verdad no es inherente a ningún grupo. Hay que discutir, intercambiar, aceptar las opiniones que no me son totalmente afines, de ese proceso saldrá la verdad. Lo otro es soberbia.

Seguir con aquella práctica es dañar al proceso y debilitar el liderazgo.

Eligio Damas



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