Los últimos días del gobierno puntofijista

Por • 11 Sep, 2011 • Sección: Tribuna Abierta

—Hurgando en el ayer:
Resbalando por el despeñadero de la corrupción y de las persecuciones, el gobierno de Caldera dejaba incluso de representar al pueblo que lo eligió para convertirse exclusivamente en órgano de una camarilla y en el primer obstáculo para el desarrollo de la vida nacional. Algunos militares y políticos nada avanzados, veíanse forzados a alejarse de los medios palaciegos para integrar las filas de una oposición bajo la dirección del comandante Chávez que era ya exponente de un sentimiento nacional generalizado.

Mientras el gobierno de Caldera, conjuntamente con adecos y copeyanos fabricaban a su gusto unas elecciones presidenciales y pensaban mantenerse eternamente en el poder, mediante la acción policiaca y la censura al pueblo de expresarse, los contactos entre los grupos políticos del chavismo iban por buen camino. La reunión del comandante Chávez y el partido MVR y los grupos que conformaban la oposición al puntofijismo, firmaron un pacto donde se comprometían a coordinar sus esfuerzos a base de los puntos siguientes:
1.º Destruir todo lo existente en las altas esferas del Poder venezolano.
2.º Nombrar una Asamblea Constituyente, elegida por el pueblo en sufragio universal y directo que decidiría de la suerte del país.

Por primera vez en la historia moderna de nuestra patria se llega a lo que se llama un pacto de unidad de acción, que reunió a sectores políticos y sociales muy heterogéneos, con un objetivo común de interés nacional y estableciendo que la última palabra correspondería a la voluntad popular. Estas cosas y otras explican ciertos conflictos que surgieron entre el MVR dirigido por Chávez, y el de los grupos políticos que le ayudaron a conquistar el Poder que seguían más bien las orientaciones de la burguesía y del Gobierno de los Estados Unidos. El partido MVR ganaba cada vez más influencia y acrecía su aceptación en los medios populares e intelectuales. Si las fuerzas revolucionarias germinaban por un lado, el gobierno de Caldera creía que le bastaba con perseguir a Chávez e imponer la censura para mantenerse en el Poder.

El Gobierno puntofijista estaba totalmente aislado del país nacional, el pueblo estaba en la calle dando vivas a la revolución, mueras al capitalismo y entonando el Himno Nacional. La revolución había derribado el puntofijismo y sus primeras sacudidas quebrantaron —sin demolerlo— el aparato estatal. Era el momento propicio para que la revolución relevase en el Poder a la oligarquía, para destruir las posiciones económicas e ideológicas de la burguesía y de la Iglesia. La acción creciente de las masas populares era signo de mayor participación del pueblo en la vida política. Pero para que fuese algo más que una sacudida telúrica se precisaban fuerzas capaces orgánica e ideológicamente, de dirigir una verdadera revolución. La cuestión clave de Venezuela seguía siendo la de la gran propiedad agraria y la industria de puertos con Fedecamaras a la cabeza y, en general, la estructura capitalista del consumismo.

Los cambios revolucionarios que se producen en febrero de 1999 abren una etapa de actividad desbordante del pueblo venezolano y fuerzas políticas en presencia. Por momentos parece que Venezuela va a realizar una transformación para ponerse al ritmo de la sociedad socialista, para echar por la borda el lastre de tantos años de un país ruinoso y mal concebido. Sin embargo, por causas que intentaremos ver, las estructuras arcaicas y el consumismo permanecen en pie tras doce años de choques y conmociones.

Sin embargo, la preocupación del Gobierno Revolucionario fue muy otra. Esta contradicción se mostraba también, en cierta medida, por una especie de dualidad de poder entre el Gobierno y los grupos políticos que lo acompañaban y por otro lado el pueblo pidiendo más participación y mejoras salariales estableciendo una línea divisoria entre los quinta columna de “aquí no ha pasado nada” que pretendían limitar la revolución a un cambio, en convivencia con los sectores de la burguesía y clase media; y los trabajadores de las ciudades y del campo, empeñados en librar la batalla por la efectiva democratización del país.

Contra lo que algunos economistas ligeros al servicio de la oposición hayan podido afirmar, la Venezuela de estos años revolucionarios no conoció ningún colapso económico. El desarrollo de las fuerzas de producción sigue su proceso desigual, pero ininterrumpido, que ya hemos examinado en etapas anteriores. Y téngase en cuenta que esta recuperación comercial coincide, con una crisis económica del capitalismo a nivel mundial.

¡Gringos Go Home!
¡Libertad para los cinco héroes de la Humanidad!
Hasta la Victoria Siempre y Patria Socialista.
¡Venceremos!

Manuel Taibo



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