11-S, una guerra sin fin

Por • 10 Sep, 2011 • Sección: 11 de septiembre, Opinión

Esa mañana sonó el teléfono: “¿Qué haces, ya viste por la ventana?” La voz de mi editor, poco después de las nueve en Nueva York, me sorprendió por la hora. “Estoy desayunando, ¿pero por qué me hablas tan temprano?”, respondí. “Ve las torres, idiota, algo sucedió, ve por tu ventana, sube al techo.” “Sí, dicen que algo como un accidente de una avioneta… oye, pero yo no cubro la nota roja”, me atreví a responder. Subí a la azotea desde donde se podían ver las Torres Gemelas, y las vi por última vez, entre el humo que poco a poco cubría la punta sur de Manhattan.

Nuestro colega Jim Cason contestó su celular en Washington. “Estoy corriendo aquí frente al Capitolio y dicen que viene otro avión secuestrado directo donde estamos” y se cortó la línea. Una y otra vez la llamada no entraba por una eternidad de varios minutos. Por fin: “No se sabe nada, estoy ya en la oficina, parece que algo sucedió en el Pentágono. Dicen que hay más aviones dirigidos hacia Washington”, y se cortó de nuevo.

El día era esplendoroso, sin una nube, día de otoño perfecto. No sabíamos que desde ese día y durante los siguientes diez años tendríamos que dedicarnos a cubrir una nota cada vez más y más roja. La sangre no deja de correr desde entonces. Ese crimen se convirtió en guerra sin fin.

Los papelitos llovían desde el cielo, como confeti en un desfile; la suave brisa los llevaba hacia el mar. Eran pedazos de papel de las oficinas del World Trade Center, como si fueran los últimos mensajes enviados desde las torres que empezaban a derrumbarse. Después de asegurarme de que los seres queridos estaban bien por ahora, y mientras habitantes de esta urbe mundial corrían en todas direcciones huyendo del desastre, intenté ir en sentido contrario. Todos los vagones del metro pasaban repletos de refugiados de lo que sería llamada la zona cero; fui casi el único ocupante del metro que se dirigía a Manhattan, pero todo intento para llegar más cerca del World Trade Center fue impedido; las autoridades ya habían impuesto un cordón de seguridad que llegaba más de 20 cuadras al norte, hasta Broadway y Houston. Las personas deambulaban, atontadas, con susto, muchas disfrazadas con el polvo del infierno, y con una necesidad de relatar todo lo que habían visto, lo que les contaron, lo que les pasó.

Las horas pasaban sin que transcurriera el tiempo, todo congelado en el momento, y la imposibilidad de aceptar lo que había sucedido, la posibilidad de decenas de miles de muertos (en cualquier momento del día se concentraban unas 50 mil personas en el complejo del World Trade Center).

Las sirenas de bomberos, ambulancias, policías crearon una sinfonía trágica. Miles acudieron a rescatar a extraños, cientos no regresaron del intento. Sus nombres aún están en los camiones de bomberos, en delegaciones de policía, en oficinas de rescate. También aparecieron de la nada brigadas integradas por obreros, abogados, taxistas, estudiantes, para sumarse al esfuerzo de rescate. Miles de héroes anónimos.

Pensé en los mexicanos que trabajaban en los restaurantes de la zona cero, de los dominicanos y puertorriqueños que estaban en los equipos de mantenimiento y seguridad de las torres, de los egipcios y sirios, los hindúes y paquistaníes, los europeos, los asiáticos, los latinoamericanos, los africanos y, sí, los estadounidenses de tantos puntos del país, algunos banqueros y ejecutivos ricos, otros meseros, estudiantes, turistas, músicos, artistas, niños (había un jardín de niños ahí). Las Torres Gemelas eran una torre de Babel donde se escuchaban decenas de idiomas.

Atardecía y no se podía ver la punta sur de la isla por el humo y las llamas. Intentamos comunicarnos con gente que había trabajado en la zona; nada. Se escuchaban historias de cómo dos maestras de una escuela pública, a un par de cuadras del desastre, habían mantenido en calma a sus alumnos y cómo los hicieron desfilar para sacarlos de la zona y salvarlos; de cómo alguien vio que algunos se arrojaban desde los pisos altos, de cómo un bombero salvó a un grupo tras otro, haciéndolos bajar por las escaleras de emergencia de una de las torres mientas él continuaba subiendo piso por piso para intentar rescatar más, hasta que la torre de desplomó con él dentro.

Carmen Lira, directora del periódico, se comunicaba de manera constante para saber lo último y para guiar el proceso casi imposible de dar sentido a los acontecimientos, y más discretamente para apoyar a sus reporteros que de pronto se habían convertido en corresponsales de guerra –algo de lo cual ella conocía personalmente.

El periódico que se armó para el siguiente día llevaba la pregunta universal ante los sucesos: “¿Quién?” Esa portada está entre las seleccionadas de la prensa internacional en la exhibición permanente sobre el 11-S en el Newseum, museo del periodismo, en Washington.

Durante los días siguientes días, todos hablaban con todos en una ciudad famosa por la distancia que se guarda con los extraños. Todos se pusieron a fumar, a beber y a comer de todo y abandonaron los health clubs y las dietas especiales. Y todos se enamoraron de los héroes anónimos, sobre todo los bomberos. Entre los que llegaron a la zona cero había un joven de Kentucky, quien nunca había viajado fuera de su estado. Cuando vio en televisión lo que ocurría, fue a su banco, sacó sus pocos ahorros, subió a su camioneta, y manejó 20 horas para llegar a la ciudad desconocida y se sumó a las brigadas de rescatistas. Cuenta que ahí conoció por primera vez a todo tipo de gente y que muchos no hablaban el mismo idioma, ni inglés, pero se entendían perfecto, casi de inmediato se hicieron hermanos.

Las fotos de los desaparecidos aparecieron montadas sobre todo tipo de papel. “¿Has visto a mi hermana?”. Una reja completa se llenó en Washington Square, otra en Union Square, y en otros lugares. Familiares, con la última gota de esperanza, de que sus seres queridos no perecieron, que están en algún hospital, o perdidos en la calle.

Las autoridades y los poderosos decidieron transformar todo esto en cientos de 11-S más. Desde entonces, héroes anónimos intentan rescatarse entre sí en cientos de pueblos y ciudades al otro lado del mundo, y familiares han sido obligados a colocar fotos de sus seres queridos con la última gota de esperanza de que no fueron víctimas de la “guerra” declarada por los que nunca sufren sus consecuencias. Desde entonces, los periodistas hemos tenido que “cubrir” esos 11-S y ver los papelitos caer del cielo. Hemos tenido que reportar las órdenes para crear más 11-S en otros lugares, una y otra vez.

Las autoridades lograron suprimir, por ahora, esa solidaridad humana espontánea y sustituirla con himnos patrióticos, elogios a soldados y bombas, y volver sospechoso todo y a todos bajo para su guerra contra el terror.

El anuncio oficial antiterrorista a los ciudadanos de Estados Unidos es: “si ves algo, di algo”. A veces, uno ya ve tanto que ya no sabe qué decir.

Por David Brooks / El título original es La Nota Roja / La Jornada de México



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