El final del infierno

Por • 18 Jul, 2011 • Sección: Tribuna Abierta

Quemaban los billetes de a dólar como papelitos inservibles, se había caído el sistema.

No se veía la hora en que de verdad cambiara la historia, las marchas y las tomas de los indignados ya eran una fuerza fundamental en todas las plazas, pero seguía funcionando la maquinaria, una proporción importante de la humanidad era esclava del sistema perverso, todavía se compraba y se vendían mercancías. Había un predominio imperial que no se podía romper. Los miembros de Anónimus salieron a asaltar las oficinas bancarias y en las plazas del mundo empezó a surgír la rebelión final: Anonimus traía camiones llenos de billetes que eran incinerados públicamente, se invitaba a la población a no usar más el dinero, si tenías hambre, el hambre bastaba como derecho para ir a tomar de las alacenas el alimento de los tuyos, si deseabas cualquier oferta de la sociedad de consumo, ya se había decretado la ilegalidad de la propiedad privada y del usufructo, los pueblos tomaban los grandes moles del imperio del consumo, las fábricas colapsaban al dejar de tener la moneda como referencia. Las fuerzas militares de los estados opresores intentaban desesperados imponer la compra venta como norma fundamental de la vida y ya se desbordaba la insurrección popular.

Las guerras seguían el curso que escribía el imperio, pero la esclavitud como forma de dominio regresaba como única alternativa de dominación, la anarquía popular fue decretada como una forma de terrorismo de grave consecuencias. Los medios de comunicación eran saboteados por los medios alternos. La humanidad se había sublevado, el imperio temblaba ante una economía que se detenía, la gente común sembraba en sus patios y soportaba el hambre de marcas y prestigios consumistas, la ira social parecía indetenible. Aun podían escucharse los últimos intentos del presidente Obama llamando al retorno de la normalidad, los aviones sobrevolaban las ciudades a ras de las calles y solo lograban más gente en las calles y plazas. Era cerca del diciembre del 2.012, se cumplían las profecías mayas, ante el dramático destino, el hambre y la falta de trabajo, la poesía irrumpía con una gran fuerza revolucionaria.

Los oficiantes del imperio estaban en pánico, el planeta entero clamaba por su salvación, los obreros del petróleo abandonaron los campos y se unieron a la marcha de los indignados, el hambre, que era lo único que ataba al ser humano a su esclavitud, se soportaba entre todos como un socialismo de supervivencia, la red había tratado de ser desactivada, pero las legiones de Julián Asannge restablecían nuevas formas que lograban el predominio de las clases sublevadas. No habían informaciones ciertas, solo ese riguroso devenir de las fuerzas revolucionarias que desde el amanecer de cada día impopnían el dominio del poder de todas y de todos los que clamamos libertad.

Los seres humanos tenían en sus manos el poder. El capital había sido despojado de su lujurioso imperio mental, nadie quería tener nada, se rompían los plasmas y se asaltaban las emisoras de CNN y FOX, el pueblo era indetenible en su furia libertaria, la revolución mundial se había desatado de manera espontánea.

Wall Street era el emporio de la juventud soberbia de Manhattan, las noticias que más nos alegraban eran las quemas de los fondos de las transnacionales, de sus oficinas y sus archivos. ¡Que pesadilla para todos los capitalistas que corrían angustiados a huir en sus yates para navegar a islas lejanas, a enterrarse en refugios, a esconderse en los territorios de la Patagonia. El caos había tomado el mundo.

La revolución mundial ya se izaba como la bandera de la nueva era. Las risas de las niñas y niños desgranaban una claridad nueva en el alma de todos, se estaba haciendo lo que tanto deseamos, se caía el imperio, nacía el futuro, la vida y la esperanza.

Viviremos y venceremos.

Raúl Bracho
brachoraul@gmail.com



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