Cuando miro mi vida

Por • 18 Jul, 2011 • Sección: Tribuna Abierta

Reflexión de un cumpleañero al arribar a los 62 años de edad.

Largo camino he recorrido en mi deambular por la vida, tortuoso y complicado; unas veces frustrante y doloroso; otras esperanzador y lleno de plena felicidad, aunque esta se me vaya del lado en que la necesito, sin pedirme permiso.

Como regalo a los que me aman, quiero compartir unos párrafos de mi libro “Confesiones de Fraile”, en que hallarán las razones que me han hecho quien soy y que me acompañarán hasta mi muerte.

“A veces, miro mi vida y recuerdo las cosas pasadas. Entonces pienso que he sido realmente afortunado. La vida me colocó no sólo donde quise estar, sino precisamente en el lugar en que he sido más útil. Tal vez sea eso lo más valioso. ¿No es acaso éste un justo premio recibido luego de procesar recuerdos de los que no puedo —ni quiero— deshacerme definitivamente? Recuerdos que siempre me acompañarán, para enorgullecerme desde luego. Porque la fortuna del hombre está en eso: en mirar hacia atrás y confirmar que son menos las cosas de las que tendrá que avergonzarse y mayores, aún mucho mayores, las satisfacciones alcanzadas por lo realizado día tras día en largos años de existencia plena.” (Confesiones…)

“Recordé, sin proponérmelo, mi nacimiento una noche de 1949. Corría el mes de julio. Cuando los grillos dominan el paisaje, y la luna sale a pasear, oronda, sobre la tierra húmeda de mi Guatemala lejana. Tierra permanente en mis sentimientos cual una pena incapaz de aliviarse del todo. Porque nací en medio de un difícil destino marcado por las fronteras de la humildad y el sueño del desposeído, empecinado en conquistar la esperanza. Crecí cerca, además, de la tenacidad del hombre pobre, tercamente empeñado en la búsqueda de un mínimo espacio donde llegar a ser feliz. En fin, viví cercano también a su dolor, sufriendo sus nostalgias, penando ante la contemplación de las heridas sin cerrar de esa humanidad discriminada.” (Confesiones…)

“Debo reconocer que en el Buenos Aires de los años 50, empecé a amar cada cosa sencilla de la vida. Allí supe que era posible tocar cada nube con las manos y hallar un espacio bajo el rocío mañanero. Descubrí el amor tempranero, ese amor travieso que llega sin aviso para cuestionarnos la inocencia y revelarnos nuevas emociones capaces de ruborizarnos.” (Confesiones…)

“Mucho después nos tocó reanudar la marcha en busca de la esperanza. Cuba, entonces, se nos dibujó en el horizonte como una promesa y mis padres nos trajeron a La Habana, despidiéndonos de largos años de desarraigo y sufrimiento vividos en el cono sur americano. También por allá se nos quedó abandonada toda la inocencia. La dejamos descansando sobre cuatro pequeñas tumbas olvidadas a las que la tierra siempre guardará con celo y vergüenza, como algo inextinguible.” (Confesiones…)

Sobre el día inolvidable en que me incorporé a la seguridad cubana:

“En todo ese pasado me refugié aquella noche en el Malecón. El peso del ayer me impidió acercarme al futuro; a lo que vendría después de ese día. Me faltó esa vez poner en práctica un refrán chino que sólo vine a conocer después: “Si te sientas en el camino, ponte de frente a lo que aún has de andar y de espaldas a lo que ya has andado.” Si aquel día hubiera tenido conciencia de este sabio consejo, seguramente que le habría dado más importancia al porvenir. Admito que el pasado sostiene al hombre; lo prepara para sobrevivir. Un hombre sin pasado siempre será incapaz de prepararse para enfrentar con éxito el mañana. Pero esa verdad me llegaría mucho más adelante. La alcanzaría sólo con el paso de los años y a fuerza de derrotar el tiempo.

Ese día de las evocaciones nadie se fijó cuando emprendí el camino de regreso a mi casa. Recuerdo que la noche lo invadió todo y la ciudad trataba de vencer las sombras aferrándose a luces y sueños. Yo caminaba adolorido y tenso. Pero no despojado de la esperanza y menos aún de más fe en el mañana. En el hogar me esperaban mi esposa y mi hijo.

Mucho me costó asumir que serían enormes, a partir de ese día, los retos que se presentarían ante mí. Muchas veces, sólo luego lo supe, serían mayores que las propias posibilidades personales de enfrentarlos.

La misma vida cuestionó tanto terco idealismo y me hizo andar con los pies bien firmes sobre la tierra. Pero no lo comprendí fácilmente. Fue un proceso largo y complejo. Yo era de los muchachos que soñaban, entonces, pelear y morir frente a sus enemigos. Era lo digno para mí. Combatir significaba realizar hazañas que todos habrían de admirar inmediatamente después de realizadas. Cuando uno es muy joven, la autorrealización se limita al afán de sobresalir por encima de los demás. Poco importa al hombre inmaduro la modestia. Su deseo es impresionar a quienes lo rodean, demostrándoles que es capaz de enfrentarse a cualquier desafío y hacerlo bien.

Debo agregar algo muy personal. Cuando conocí la historia de Richard Sorge, el ex agente soviético, mucho después y a instancias de papá, cuando mi propio padre puso en mis manos el libro maravilloso que mostraba a ese héroe singular de carne y hueso, me sentí impelido a imitarlo. No reparé en esa oportunidad en su obstinada lucha por acallar el dolor de su corazón; en la añoranza hacia los suyos; en su terca decisión de no vacilar. Fue otra de sus virtudes la que conmovió mi sensibilidad: su heroísmo desnudo, impresionante y sugerente. Me importó, pues, sólo una parte del hombre, desechando tal vez la más importante, aquélla que podía esclarecer por qué una persona es capaz de escribir maravillosamente la página inolvidable de su propia vida. Después, sin embargo, lo aprendería. Esa gran verdad, sólo a través del tiempo y las circunstancias, la aprendería.” (Confesiones…)

“Después de haber vivido como agente pienso que tal vez lo más importante para un hombre que accede a esta tarea, es la capacidad de desdoblarse y asumir otra personalidad. Es frecuente en este tipo de trabajo que un agente asuma otra identidad, se cubra con la piel de un ser imaginario.

No sin tristeza recuerdo de qué modo, sutil y gradual, fue deteriorándose mi imagen de revolucionario ante mis conocidos y amigos, provocando que la mayoría de éstos se fueran apartando de mí. Era necesario que así fuera. Dolorosamente necesario. De hecho, dejé de ser ante mis compañeros el intransigente líder sindical, el combativo presidente de su CDR, el soñador revolucionario latinoamericano. Y me transformé, lenta e inexorablemente, en un deformado y oportunista individuo. Claro que no asumí el cambio con facilidad.

Al principio no alcancé a prever que las cosas serían así, de manera tan extraña. No lo concebía. Pero, a la larga, tuve que esconder el amor a mis convicciones en el rincón más olvidado y anónimo de mi corazón. Y en un lento, amargo y costoso deterioro, mi vida dejó de ser mi propia vida y comenzó a crecer una leyenda, la del otro Percy, la vida del hombre que había cambiado, traicionando la causa de sus padres y amigos.

Lo más triste es que tuve la completa certeza de que jamás llegaría a conocerse la verdad de mi vida y que nunca cambiaría aquella mirada de sostenido reproche que nació en los ojos de mis padres desde que comencé a defraudarlos. Tal vez para mi madre nunca existiría ya otra oportunidad de mirarme de forma diferente, orgullosa de mí, alegrándole en algo la dulce mirada llena de profundo cansancio en sus últimos años de vida. Mamá, la pobre, murió el 1 de agosto de 1981 sin poder conocer la verdad. La acompañó, como único vínculo de su hijo con la Seguridad del Estado, una corona cuya esquela decía escuetamente: “Para Marta, de los compañeros de su hijo”.

Hoy la recuerdo con dolor. Era pequeña y frágil. Adornaban su rostro dos hermosos ojos color esmeralda. Le encantaba vestir de completo uniforme verde olivo. Más de una vez la vi marchar oronda a su guardia de auxiliar de la Policía Nacional Revolucionaria. Fue presidenta de su Comité de Defensa de la Revolución y le imprimió dignidad revolucionaria a cada pedazo de mi calle. Por ser guatemalteca y latinoamericana, se mostró muy activa en la solidaridad con Cuba. Era de esas mujeres que hacen historia de la forma más sencilla. Para ella la lucha diaria y cotidiana, casi inadvertida, nunca dejó de ser la mejor manera de ayudar a esta tierra tan querida para nosotros. No sólo porque nos dio refugio tras nuestro incansable deambular, sino porque nos enseñó a apropiarnos de cada pedazo del horizonte ofrecido a nuestros ojos.

Un buen día mi madre se nos fue de repente. Pero, no lo hizo callada y sin lucha. Ni la propia muerte pudo arrebatarle la fe que siempre tuvo. Ya moribunda exclamó: “¡Gracias, Fidel, por dejarme morir en tu tierra! ¡Che, siento no poder morir como vos moriste!” Así era mamá. Y así fue hasta los últimos instantes de su vida. Lo sorprendente en ella, en su silencioso y sencillo proceder, sin pedirle méritos ni reconocimientos a la vida y a las gentes, es que jamás nadie le escuchó revelar su condición de agente de la Seguridad del Estado cubano, durante veintiún años, con Gladis como nombre de guerra.

Siempre pensé también en mi padre, en el alto costo que le hice pagar por mi silencio. Me laceraba verlo preocupado e impotente porque uno de sus hijos se le descarriaba sin poder evitarlo. Desde su arribo a Cuba se incorporó a la lucha lo mismo que mi madre. Nunca dejó de estar cerca del Che o tratando de estarlo. Con la discreción que lo caracterizó, participó con ejemplar silencio —y en el mayor anonimato posible—, en las luchas revolucionarias que se libraban a lo largo y ancho del vasto territorio latinoamericano. Por eso casi siempre se marchaba sin aviso y pasaban meses —a veces años—, sin que alcanzáramos a verlo. Con enorme entusiasmo se hizo miliciano. Primero, en el Banco Nacional de Cuba. Posteriormente, en el Ministerio de Comercio Interior.

Tuvo el inapreciable privilegio de haber conocido al Che, a Jacobo Árbenz y a decenas de revolucionarios de nuestro continente. Siempre con su tabaco, eterno soñador en silencio, lo sostenía un romanticismo digno de admirar. Alto y obeso, sorprendía por su entusiasmo y conocimiento de la lucha de nuestros pueblos. Los que trabajaron con él, reconociéndole la admiración que provocaba, lo llamaban indistintamente El Viejo, El Don, El Maestro, El Doctor o, simplemente, Carlos.

Reconozco cuánto sufrió papá por mí. Nunca olvidaré las largas conversaciones con aquel hombre luchador; su optimismo estoico y admirable; su pena eterna por el hijo al que no alcanzaba a convencer para que retomara el camino abandonado.

Mi padre murió años después que mi madre. Pero tampoco logró verme redimido ante el pueblo. Fue muy doloroso el momento en que, por proteger mi trabajo dentro del enemigo, se determinó hacerle un entierro sencillo y sin reconocimientos. No fueron exhibidas frente al ataúd —como suele hacerse—, las condecoraciones que le habían otorgado por su batalla anónima a favor de Cuba y Latinoamérica.

Manuel Piñeiro Lozada despidió el duelo. Compréndase que no podía decirlo todo. Con mucha tristeza por la pérdida de su camarada de tantas luchas, el legendario Comandante “Barbarroja” sólo se limitó a expresar: “Algún día se conocerá a plenitud la historia del viejo. Todos sus compañeros, aquí presentes, están comprometidos a escribirla. Fue un hombre del que hablarán con orgullo las nuevas generaciones.”

Lo triste es que nunca pude decirles a mis padres de frente: “¡Yo soy como ustedes! ¡Pienso y siento como ustedes!” Esas verdades tuve que demorarlas para el mañana de las confesiones; para el momento en que pudiera gritarlas, si es que ese momento llegaba alguna vez.

Para mí, en aquellos días, era vital el silencio discreto. Debía callar ante mis viejos. No porque no fuera hermoso lo que pudiera haberles dicho. Pero, aún faltaba mucho por hacer, y sólo las obras culminadas merecen comentario. Porque pueden tocarse o medirse.” (Confesiones…)

Así viví y así vivo. Esto es lo que me traen los recuerdos al tomar un descanso en el largo ascenso en la montaña de la vida. Debo continuar, eso sí lo sé y, para ello, no debo cansarme jamás.

Percy
percy@enet.cu



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