Tristezas

Por • 17 Jul, 2011 • Sección: Tribuna Abierta

La Mucuy

In Memorian de María Elda…

Es luna llena y algunos hombres no han podido dormir, mientras la Virgen del Carmen, espera su celebración.

Es un momento de solares tristes en La Mucuy merideña. Amanece, y el cantar del gallo, anuncia que la mudita María Elda Lacruz Maldonado, acaba de fallecer. Apenas con setenta y seis años y sobre una cama de la ciencia, quedo dormida para siempre. Todo, dentro de una semana anunciadora de tristezas, quizás, más de las debidas.

Repaso una mañana cuando empecé a navegar aquellas tierras, y descubrí la alegría mucuyense. La primera que salto a mis ojos fue Elda, junto a sus dos hermanas: María Edicta y María Elodia junto a su madre María Alcira, pronta a los cien años. Ellas, inspiraron estos escritos los cuales van por un centenar.

Pintar a Elda sería imposible, no hay tantas letras en el cielo o espacios donde tantear la dicha puesta por Dios para recitar su felicidad.

Jamás expreso un sonido, pero nos hechizó su magia, no le hizo falta hablar, pero inspiro cantidad de sentimientos.

La luna aún no conversa, pero cuantas cosas hace decir. Las nubes no dicen una palabra, y cuanto nos hacen soñar. A Elda jamás les hizo falta decir nada, otros hablaron por ella.

Para su partida bajaron grupos de venados, todos en formación con recién luna llena, venían en juegos de trineos y la quebrada Ña Liona hizo silencio, para aceptar en su vuelo, levantar un roció que baño su cuerpo.

Flores y claveles inundaron las montañas, el yaragua salió y Elda camino para abordar aquel palafrén, brizada en la barcaza de su histórica, y sonriéndole al pacto eterno, empezó su partida.

Sería difícil no acompañar su viaje con suspiros, es como jugarse la vida frente al abismo de un embravecido océano, con la única defensa del amor.

Justo el día de la Virgen del Carmen, alzo su último vuelo, resignándonos a tristes campanadas: tan, tan.

Antes de perderse en el piélago, música de un antiguo violín hizo entender que la tristeza de su partida, abreviará el anuncio de su regreso.

Y desde los desconsolados brazos que llevaron su viaje, la Sierra Nevada no quitaba su ojo de tristeza, aceptando que sus milenarias tierras la protegerán, pues este fue el lugar donde Dios la trajo y desde aquí, partió protegida.

Aún, cuando creemos que Dios andaba distraído y no se percató de su muerte, aceptamos su viaje como un hecho venido desde la palabra sagrada.

A pesar de noticias que abaten los pasos de estos días, fijemos la atención en aquella angelada viejita, quien siendo mudita, nos dio tantas enseñanzas.

Sus restos van en paz…

Miguel A. Jaimes N.
lamucuyandina@gmail.com
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