Las imposiciones de la academia de la lengua

Por • 16 Nov, 2010 • Sección: Tribuna Abierta

¿Ahora que hago con mi b de burro y mi v de vaca?

La Real Academia de la Lengua Española, cuyos integrantes todavía no se han enterado que estos pueblos andan alebrestados y en ellos nació y vivió un “tal” Andrés Bello, acaba de anunciar unas imposiciones. Para no pecar de exceso sólo – palabra ésta por cierto afectada – mencionaré que a las letras V y W, de ahora en adelante, nosotros deberíamos decirles uve y doble uve. Decimos nosotros, porque se pretende que, por disposición autoritaria, llamemos esas palabras como siempre lo han hecho en España. ¡Al carajo Bello y su esfuerzo para que hablásemos sin estricta sujeción a la península! ¡Al diablo la independencia en esa área y comencemos el retorno al redil español y de las reales editoriales que dominan el mercado!

No nos importa que un “académico” de acá, haya dicho que votará, sin consultar a los hablantes, porque al final nadie va a pararle a eso. Uno supone que el “académico”, sabe como se elabora el hablar.

Pienso que pese al esfuerzo de algunos con pretensiones de ibéricos de hablar de uve y doble uve, nunca pudieron con la elemental lógica pastoril de nuestras madres y maestras de llamar a la B de burro y la V de vaca. Y no las hemos llevado y entendido de lo mejor. Pese a que una vez Uslar Pietri, más inteligente, sugirió que eliminásemos la V, porque entre nosotros, fonéticamente, no existía.

¿Mamá?, pregunta cualquier chamo mientras hace la tarea, ¿cómo se escribe becerro?

Con B de burro, es la respuesta y allí terminaba todo.

Eso ha sido siempre así y el pueblo nuestro, constructor de la lengua, no ha visto necesidad que eso cambie. Pero la Academia, la misma de “Don Juan Carlos”, aquél procaz que gritó a Chávez se callase, porque la fuerte voz de éste perturbaba a quien amaneció sensible por el entusiasmo de la noche anterior, decidió por nosotros y ha ordenado que llamemos esas letras como antes de la independencia. Como decirle a Bolívar y a Bello, “¡váyanse mucho al carajo los dos juntos!”

Además, uno se vería como ridículo y gazmoño, a esta altura de la vida, haciendo un gran esfuerzo para pronunciar la V como si fuésemos españoles y de paso llamarla uve.

Si tuviera que llamarla según la imposición, ¿qué hago con mi B de burro y V de vaca? ¿Dónde me las meto? ¿Se las doy al Juan Carlos que las guarde? ¿Qué harán mis hijos, mis nietos? ¿Aprenderán qué hasta esas cosas íntimas y hermosas vienen de fuera impuestas y lo que es peor que debemos acatarlas? ¿Y todo este cambio qué? ¿Seguimos calándonos al viejo imperio y unos académicos que no atienden sino a la adulancia?

¿Y en lo de la I o Y, cómo quedamos?

Eliminan la Y; se acabó. Como si fuese de ellos solos. Lo decidieron españoles, con la complicidad de sudacas “inteligentes”, pero muy soberbios, porque a nadie consultaron; entonces habría que usar la i –la latina- en medio de palabras que la aplastan. ¡Haga el ejercicio!

Cuando mataron a Carlos Delgado Chalbaud, Pérez Jiménez, también autoritario, creo una nueva Junta de gobierno, conformada por él, el general Llovera Páez y el abogado Germàn Suárez Flamerich, a quien el primero, verdadero y único jefe, puso de presidente. La jocosidad caraqueña llamó aquello “la Junta 101”. Uno Pérez, 0 el abogado y 1 Llovera Páez, por general.

Con frecuencia, los tres salían retratados en la prensa, con Suárez en el medio. Parecía un “firifire” o una bicicleta en medio de dos gandolas. Una simple mampara.

Esta referencia viene a cuento porque así, se verá la i latina, en medio de palabras largotas. La decisión con respecto a la Y y el uso de la i como conjunción, es un volver al pasado, a la vieja usanza de la lengua.

Además, es más que ridículo que una Academia que se ha erigido en capataz de la lengua que habla una aplastante mayoría de republicanos, lleve el calificativo de REAL. Ya eso es un adefesio.

Los académicos tendrán sus razones, allá ellos con ellas, pero el hablar lo seguirá elaborando el pueblo. Por nuestra parte, continuaremos escribiendo sin pararle a las imposiciones imperiales de un cadáver, que lo es, por donde usted le mire u olfatee.

Eligio Damas



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