Parturientas

Por • 15 Nov, 2010 • Sección: Tribuna Abierta

La Mucuy

Carmen Villarreal es una anciana que va rondando los noventa años. Vive en lo más alto de La Mucuy merideña. Es conocida por ser la más antigua y respetada de todas las parteras.

Con suave voz va diciendo; las embarazadas de ahora sufren mucho, antes lo paraban a una a los cinco días de haber dado a luz. Al segundo día se daba una soba de cebo con ramas por todo el cuerpo, esto recogía todos los males. Se sobaba la barriga para que no se les cayera la matriz, si eso llegara a pasar, sería muy delicado.

A la recién parida se le daban bebedizos de ramas aromáticas. Se juntaban eneldo, anís, perejil, cilantro y ruda, todo junto se ponía a hervir. Ese guarapo se les daba tanto en las mañanas y por la noche al acostarlas, así no les agarrara el frio de estos páramos.

¡Cuando una es recién parturienta nos persiguen los muertos! Ellos vienen a descansar en la criatura o en una, son difuntos que andan en pena y salen a buscar alivio en otras personas.

Mire les explico: llega el espíritu y se posa sobre el bebe o la madre, por esta razón dan aterrorizantes pesadillas. Son almas en pena que se alivian con los inocentes: los niños.

Estos no se pueden dejar solos, hay mucho espíritu malo, los privan y les viene el mal de los Siete Días, se ponen morados de las uñas y la carita. Es el hielo del extinto y el infantillo muere lentamente de ese mal.

Para sacarles esta mala influencia se bañan con ramas y se bautizan, así nada malo les llegara, ahora estarán protegidos por la Corona de Cristo.

Para ir recuperando a la parturienta, por espacio de cuarenta días con sus noches sacrifican diariamente una gallina. Igual les dan carne de res bien cocida.

¡Yo comía carne de ovejo cada vez que paría! Mi marido tanteaba los días del parto, entonces iba y capaba al ovejo, esto para que estuviera mejor. Las gallinas nunca me fallaron.

La llamada dieta consistía en alimentarnos para estar muy fuertes y dar de mamar al bebe. Entonces se aprontaban las cuarenta gallinas, a veces uno no llegaba a comérselas todas, pero no me fallaban los calditos.

La mujer no podía bañarse en esos cuarenta días, y si lo hacía, tenía que ser con remedios de ramas hervidas de yerbabuena, cogollitos de romero y de los eternos pinos de La Mucuy.

Según fuera la persona que visitara se aceptaba una conversadera, pero no podían excederse, pues se llenan de viento los pulmones. Antes del mes ni se podía hablar. Tampoco coger para los campos y mucho menos andar en la noche por ahí.

Al niño no se dejaba ver mucho, había que cuidarlo del ¡ay! Con esa palabra venia el maldiojo.

Miguel Jaimes
venezuela01@gmail.com



Tu opinión es importante. Escribe un comentario