La inalcazabilidad del horizonte

Por • 15 Nov, 2010 • Sección: Tribuna Abierta

En algún lugar de la infancia guardo esa frustración que sentía cuando me dijeron que el horizonte, esa línea final que une a la tierra con el cielo era inalcanzable, infinitamente inalcanzable. Mientras más caminas hacia ella más se aleja y mantiene intacta la distancia que nos separa. Imaginaba entonces a algún ser humano terco que se propusiera alcanzar el horizonte y el devenir de su vida caminando tras esta línea eternamente. Me parecía similar al ejemplo aquel de la zanahoria que le colgaban a los caballos al final de una vara en frente de su nariz y que le hacía moverse hacia ella para comérsela y que por más que corriera, corría también la distancia que lo separaba de la zanahoria amarrada a su lomo.

Sin embargo se habla de horizontes como metas propuestas hacia las que debemos marchar. Quizá resulta que el horizonte es como el norte para la brújula, el lugar al que apuntamos o el lugar que nos guía y por el que debemos de seguir. Cuando veo a la humanidad tratando de lograr sueños que encierran un mundo mejor se me viene a la memoria la inalcazabilidad del horizonte. El mundo socialista, digno y justo, la sociedad igualitaria que supere tantas desigualdades e injusticias parece a veces inalcanzable, se logran metas y aparecen otras, se logran victorias que nos llevan a nuevas batallas.

La paz es uno de esos horizontes de los que hablo, se me viene a la memoria las palabras de Bolívar cuando decía que sin justicia social no habrá paz sobre esta tierra. Para alcanzar la paz hay que lograr la justicia social, para lograr la justicia social se debe crear una nueva sociedad en la que existan nuevos valores. Los valores son el combustible que mueve el carro. No se puede avanzar hacia la justicia social con seres humanos cuyos valores aun sean los de su beneficio personal. Se piensa en la nueva sociedad para cambiar al hombre y entonces pienso que para crear la nueva sociedad hay que cambiar al hombre. El pensamiento del Che Guevara acerca del hombre nuevo se me hace necesario. La mujer y el hombre nuevo deben nacer del la mujer y el hombre viejo, no será de otra forma.

Pienso entonces en el horizonte o la zanahoria. Mi horizonte es el mundo socialista, la sociedad sin clases sociales, la sociedad de iguales, de seres humanos con conciencia planetaria y universal en quienes priva el amor social, la solidaridad y la construcción en conjunto de formas nuevas de organización que apunten a la felicidad de todos. La zanahoria que debo colgar frente a mi boca debe ser la que sacie mi sed de justicia, de igualdad, de un mundo que gire armónicamente integrado al universo al que pertenece.

Una marea de luchas de la humanidad cada día hace evidente que somos cada día más quienes sentimos la urgencia de los cambios. Un concierto de voces que llenan las calles de gritos rebeldes en contra de la sociedad capitalista, en contra de la pobreza a la que se sentencian a diario a tantos que pierden sus puestos de trabajo, que se quedan sin salario, sin alimento y sin vivienda, mas los millones que nunca pudieron tener acceso al trabajo, los niños que son comidos por moscas en África, por cientos de haitianos que deambulan temerosos del cólera o de los saharauis, o los gitanos. De los sudacas echados de Europa y desterrados, de los mapuches atrapados en la entrega de sus tierras a las mafias papeleras, a los pueblos árabes castigados inclementes por las bombas que le llueven del cielo sionista, de los niños campesinos que no tienen escuela, de tantas más injusticias.

Creo que hay un horizonte tras el que debemos ir, sea alcanzable o no, ese horizonte es el que nos marca la única salida de esta sociedad enferma. Hoy decía mi comandante presidente en su programa de todos los domingos que se corre el riesgo de que todos como sociedad no lográramos hacernos del poder capaz de transformar nuestra sociedad y que nos tocara vivir decenios de un gran caos, de largas noches de frío y de guerra, de hambre y salvajismo, del invierno nuclear que nos alerta Fidel. Todo eso me hizo pensar en el horizonte nuevamente. Si fuese que nos toca declararnos hombres y mujeres tercos que a diario marchemos tras esa linea que parece inalcanzable, tocará hacernos los tercos. Hay un sueño que nos compromete a todas y todos. Hay que partir sobre las aguas del futuro a navegar dirección al horizonte, alcanzaremos ese cielo azul que se llama socialismo. ¡Venceremos!

Raúl Bracho
brachoraúl@gmail.com.



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