Misiones educativas en la Guajira simbolizan el renacer de los excluidos

Por • 10 Nov, 2010 • Sección: Tribuna Abierta

Un recorrido por la Guajira venezolana descubre como las misiones educativas se han convertido en el renacer de un cúmulo de personas que, en el sistema educativo tradicional, estaban totalmente excluidas, víctimas de una vergüenza étnica infundada por siglos de discriminación y opresión, quienes ahora son tan o más capaces que algún estudiante de cualquier otra institución

La Guajira se nos presentaba árida y silente. El colorido de las mantas Wayúu rompía con tal escenario, mostrando lo poco que queda vivo en estos días de una tradición indígena. Desde la carretera se podía sentir el peso de la mirada indiferente de sus pobladores ante el pasar del vehículo de “esos extraños” (nosotros) por su ancestral territorio. La expresión cambiaba toda vez que se bajaba del auto el periodista Wayúu que nos acompañaba, cual amuleto enviado por los dioses para nuestra protección y cabal realización del trabajo. Román, sin saberlo, pasó a ser para nosotros una suerte de pase, brazalete o identificación imprescindible para permitir nuestro acceso, porque de otra manera no creo hubiésemos podido romper el bunker invisible levantado por los pueblos indígenas de la frontera colombo-zuliana; con sus excepciones claro está.

Así fue como conocimos a Rafael Fernández, Wauyúu cursante del quinto año de Estudios Jurídicos en la Aldea Universitaria Francisco Araujo García, de la comunidad Nueva Lucha, en el Municipio Mara del estado Zulia. En el aula de clases, sentado en el pupitre, resaltaba entre los demás por su actitud de líder, apreciación que quedó amparada por sus compañeros al señalarlo al unísono como la persona idónea para conversar con la prensa.

Rafael es el ejemplo palpable del objetivo de las misiones educativas y su relevancia para los pueblos indígenas. Representa un cúmulo de personas que, en el sistema educativo tradicional, estaban totalmente excluidas, víctimas de una vergüenza étnica infundada por siglos de discriminación y opresión, quienes ahora son tan o más capaces que algún estudiante de cualquier otra institución.

“Cuando comienzan la misiones sentimos que el Gobierno que estaba entrando de turno tomó en cuenta ese sector tan olvidado por la sociedad de aquel entonces (…) Para muchos ha significado un reto que nosotros como participantes decidimos asumir, motivados quizá por el olvido, la exclusión, o tal vez porque fuimos vulnerables en nuestro momento por pertenecer a una etnia y por nuestro precaria situación económica”.

Esa fue la respuesta que él, muy seguro de si mismo, me propinó al preguntarle acerca de su opinión general sobre las misiones educativas. Fue el inicio de una interesante entrevista, o más bien, de una amena conversación que se desprendió en la mesa de trabajo que tenía junto a sus compañeros antes de mi llegada, quienes escuchaban sigilosamente el diálogo. Rafael me contó sobre el compromiso con el que ha defendido la Misión Sucre de los detractores, donde los aspectos negativos han significado para él la fuerza de empuje para seguir adelante.

“Mientras más me criticaban o mientras más criticaban la misión, más fuerza me daban de seguir y demostrar que no era como ellos decían. Ahora que estamos culminando la carrera, me siento muy orgulloso de esta misión y dos veces la he representado ante conflictos laborales en la empresa donde trabajo (…) a quienes nos cuestionan les digo: la pelea es en el campo laboral y allá nos vemos”.

Un modelo en construcción

Rafael tiene 35 años de edad y es padre de familia, con tres hijos a su cargo. Dice ser “uno de los pocos privilegiados” que logró entrar a la Universidad del Zulia cuando era más joven, pero las condiciones económicas de su hogar lo obligaron a trabajar, y aunque tuvo la intención de no abandonar los estudios, llegó un momento en que no pudo seguir. “Siendo tan joven y realizando un trabajo tan fuerte como el de construcción, varios profesores me aconsejaron que dejara los estudios porque era demasiado el cansancio y a veces me quedaba dormido, contra mi voluntad, en el salón de clases”.

Bajo este contexto, las expectativas que podía tener para aquel entonces, son muy diferentes a las que puede tener ahora, con una formación muy distinta a la que recibió por esos días. “Mi visión al principio era de estudiar para llegar a ser un profesional y lucrarme, muy distinta a la visión que tengo ahora como un ser más social, más humano, que sirve de ejemplo para mis hijos y para la comunidad donde estoy, ya que han visto a través de mi que sí se puede salir adelante por encima de los obstáculos, es decir, no es imposible estudiar siendo un padre de familia, no es imposible estudiar viniendo de una situación económica precaria, porque cuando uno tiene corazón y quiere, lo puede lograr”.

Sus palabras no son parte de un adoctrinamiento como algunos podrían decir, pues desde ya ha experimentado el aporte social que puede dar como abogado a su comunidad, brindado asesoría a familias que han llegado a él con dudas en el ámbito civil y penal. “Yo vi como un abogado de la comunidad, antes de ayudar a una familia necesitada de asesoría para un caso legal, lo primero que le preguntaba, antes de expresar la primera palabra, era cuánto tenían para pagarle (…) me siento orgulloso de haber brindado conocimiento a mis paisanos sin lucro alguno”.

Ese es el leit motiv de las misiones y de este Gobierno Socialista, formar profesionales humanistas en contra posición a la formación capitalista de la educación tradicional. Darle su justo valor y respeto a quienes alguna vez se sintieron echados a un lado, como en el caso de nuestros indígenas, a quienes se les reconoció su identidad en la Constitución de 1999.

El valor de lo tradicional

Otra manera de no perder la identidad es a través del rescate del lenguaje originario, que en el caso de los Wayúu es el Wayúunaiki, el cual se incluye en el pensum de las diferentes carreras que se imparten en esta zona del país en la Misión Sucre. Esa era la materia que precisamente estaban viendo los alumnos al momento de mi inesperada visita, razón por la cual no dudé en preguntar sobre la importancia que le dan ellos a este hecho.

Para Rafael, se trata de un aspecto fundamental por el punto geográfico donde se encuentran, como una forma para redimir valores y tradiciones. “Es parte del nuevo hombre, del nuevo profesional que se está formando en estos momentos. Es un factor determinante: si no mantienes tu cultura, si no le das el lugar que debe tener, entonces no te puedes sentir completo, porque estarías olvidando tus raíces”.

Este pensamiento parecería lógico para un Wayúu, pero no siempre es así. Minutos antes de entrar al aula, Lisbeth Chacón, quien es profesora intercultural bilingüe y funge como facilitadora de esta asignatura desde hace tres años, ataviada con su tradicional manta guajira me había contado como las nuevas generaciones no se interesan por hablar su lengua originaria. “Las nuevas generaciones tienen todavía enclaustrado ese viejo sistema de vergüenza étnica, de no querer ser de un grupo indígena, siéndolo (…) Da dolor ver a una persona de un grupo étnico que no utilice su lengua materna o escuchar a alguien decir: soy Wayúu y no hablo Wayúunaiki; una nación se constituye por su lengua y si siguiéramos así, iríamos desapareciendo”.

Ella ve con beneplácito la aceptación y el interés que actualmente demuestran los estudiantes hacia el Wayyunaiki, ya que al principio la mayoría lo tomaba como un requisito necesario para poder graduarse, y ahora, por la misma practica que realizan en el campo, se han dado cuenta de lo necesario que es entender y hablar esta lengua para poder comunicarse con indígenas que viven en zonas muy retiradas que no hablan castellano.

Ahora bien, si esto sucede con los amos ancestrales de esa lengua, qué pensaran los alumnos que ni siquiera pertenecen a ninguna etnia y deben estudiarla. Para esclarecer esa interrogante, conversé con Dameyls Andarcia, quien llegó un poco tarde y se sentó justo al lado de Rafael, retocándose el maquillaje como esperando su turno para ser entrevistada.

Damelys es educadora en el área de Lenguaje y Literatura, a sus 34 años, está terminando su segunda carrera dentro de la misión. Como guía académica de 25 estudiantes entre los que predomina la etnia Wayúu, considera trascendental el aprendizaje del Wayúunaiki. “Es necesario para mi como educadora y como futura profesional del Derecho conocer y dominar el lenguaje, porque nos vamos a presentar con casos que requieren que por lo menos tengamos una noción del mismo. Aquí nos brindan la preparación básica, depende de mí ahondar en esa preparación”.

Una visión diferente para un profesional distinto

Damelys estudió Educación Integral en la Universidad Nacional Abierta (UNA) hace algunos años ya. Como estudiante actual de Misión Sucre, me pareció que tenía la experiencia suficiente para identificar la diferencia entre ambos tipos de educación y esto fue lo que me dijo: “De ninguna universidad salen genios, el genio se hace con la práctica; el profesional excelente y exitoso se hace con la práctica. Lo que diferencia a la Misión Sucre de las otras universidades es que nosotros además de recibir la teoría, nos iniciamos directamente con la práctica humanista, socialista y transformadora, esto le permite al estudiante ampliar sus horizontes y enamorarse más de lo que esta haciendo”.

Actualmente asegura con total garantía que gracias a esta misión educativa ha adquirido los conocimientos en materia jurídica que le permitirán ser una excelente abogada, algo que para ella antes resultaba imposible. “Yo veía el Derecho como algo inalcanzable para mi, porque antes la exclusión era palpable”.

Rescatando anhelos

Historias de nuevas oportunidades y renaceres de sueños son los que más abundan en estas aldeas. Recorriendo La Guajira desde la baja hasta la alta, llegando a menos de un kilómetro de la línea que separa a Colombia de Venezuela, conocimos mucha gente a las que misiones como Robinson, Ribas y Sucre ha cambiado su vida, su visión y sus expectativas para el futuro.

Tal es el caso de Soraya Guzmán, estudiante de Misión Ribas en la sede de la Unidad Educativa Nacional Bolivariana Carmen Ferrero Ortiz, ubicada en Sinamaica, municipio Páez. “La Misión Ribas significó para mi el retomar de aquellos sueños que dejé olvidados por las circunstancias. Ahora me siento motivada a establecer metas y digo que cuando me gradúe en Ribas voy a estudiar Enfermería”.

Soraya dejó los estudios cuando, siendo una adolescente, tuvo que empezar a trabajar luego de la muerte de su padre. Hoy en día, con 31 años de edad, madre de dos niñas de 8 y 12 años respectivamente, tiene la oportunidad de volver a empezar. “Antes el liceo era hasta cierta edad y hasta ahí, si a uno se le pasaba el bus se quedaba sin estudiar. Ahora no, ahora tenemos la ocasión de estudiar, tengamos la edad que tengamos, y continuar lo que dejamos atrás”.

El viaje continuó y con él los testimonios, relatos que nos hacen valorar aún más el gran esfuerzo que se está haciendo por brindarle educación a toda la población venezolana.

Escuchar a personas como Ada Paulina González, habitante de la comunidad de Cojoro, hablar del entusiasmo con el que sus paisanos esperan la pronta llegada de las misiones educativas a su morada; reconocer el esfuerzo que realizan jóvenes como Tatiana Montiel, al madrugar todos los días para tomar dos tipos de transporte y así poder llegar a la Aldea Orangel Abreu Semprúm en Paraguipoa; admirar el compromiso de hombres como Orangel Polanco, fundador de la Misión Sucre en la Aldea Carmen Ferrero Ortiz de Sinamaica; constatar la entrega de profesores como José Leonardo Álvarez, coordinador y fundador de la Misión Ribas en Sinamaica; sonreír ante el optimismo de mujeres adultas, madres, luchadoras como Margelys Sánchez, estudiante de Gestión Social en Nueva Lucha; en fin… tocar de cerca la nueva esperanza que ha nacido entre compatriotas que en el pasado habían sido desplazados por un sistema aniquilador, es sin duda, una razón para creer que la construcción de una Patria Nueva ya ha comenzado.

Berenice Sulbarán/Prensa MinCI



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