Trapiche

Por • 8 Nov, 2010 • Sección: Tribuna Abierta

La Mucuy

En lo más alto de La Mucuy merideña, junto a los pies de la gran Sierra Nevada, está el trapiche de Don Ignacio. Hoy es un apacible anciano próximo a cumplir una centuria. Tiene por esposa a Doña Carmen Villarreal, quien llego a ser la más experimentada partera y sobandera de aquellos lugares.

El trapiche aun funciona, no ha dejado de arder desde que fue traído desde tierras ejidenses. Por aquí cosechaban caña, -dice- por allí mismo al orillo de la carretera, luego era traída en mulas y recuas para ser molida y cocina en grandes pailas de cobre.

Cuando hay harta caña, hay que levantarse a molerla con el hielo de las tres de la madrugada. Al acabar este trabajo recién se prenden los peroles, son encendidos a punta de leña y cuando merma le meten bagazo de caña, así no se apagara ni pasmara la panela.

La panela debe quedar color miel, ese es su punto, no debe ponerse melcochuda pues no cuajaría bien cuando sea derramada en las gaveras, allí va enfriándose, se deja solo por unas horas, se apelotona y enfría un poco, luego se vuelven a parar las gaveras.

En la familia todos llevan años trabajando, sacan panela cuando se acaba la de la casa, están pendientes cuando quedan dos o tres, van, pican caña y de nuevo empieza el proceso. Así siempre tienen para endulzar todo con panela del trapiche.

Todos los días tomamos guarapo caliente, sin este no podemos vivir, tomamos cada vez que vamos a comer, por las mañanas el café es endulzado con esta rica panela.

En la Semana Santa hacen dulces que provienen de esta caña procesada artesanalmente, endulzan los paladares de quienes les visitan, sobre todo a los miembros de la familia, quienes año tras año esperan y disfrutan aquellos sencillos manjares.

Don Ignacio aguarda y retoma: al haber harta caña, vendemos fardos forrados con veinte y cuatro unidades.

En pleno proceso se saca la cachaza, que es la espuma, esta es colocada en un tobo y se guarda para los animales como un gran alimento.

El trapiche de Don Ignacio tiene 60 años, antes molían la caña con bueyes que daban vueltas y vueltas alrededor de unos troncos amarrados de sus cachos, había que golpear a estos animales para que caminaran hasta que se mareaban.

Doña Carmen dice que en la vida no hay nada sin un guarapo de caña.

Alguna caña es más clara u oscura, igual que su dureza, depende de cómo este la caña y de cómo sea tratada. Del tiempo, incluso del calor y la lluvia.

Una vez lista y calientica se tapa con un pañito para protegerla de cientos de insectos atraídos por su frondoso olor a panela hirviendo y de allí hasta el próximo corte.

Miguel Jaimes
venezuela01@gmail.com



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