Revolución social

Por • 7 Nov, 2010 • Sección: Tribuna Abierta

Su silueta bajo la lluvia imitaba un sueño que había tenido, su cara mojada no ocultaba la luz perfecta de un amor sin límites, un compromiso eterno con alguien. No era de noche todavía, pero se habían prendido luces en las casas, y las ventanas comenzaban a pestañear un leve cansancio. Era y sigue siendo la hora de romper con todo lo que no conviene a lo bueno. Era un tiempo de verdadera salud en todos los planos de la existencia. Su silueta resplandeciente bajo la finísima lluvia de cualquier estación no podía ensombrecer la alegría de vivir, la felicidad de una lucha, la pura y simple libertad.

Todos enfrentando un gran dilema por vivir. Cada cual prendido de su rama ideal que abría un oscuro sendero cayendo en la divinidad hecha nada. ¡Y tu voz! ¡Ah tú sangrar por la boca una bocanada de amor sin límites! ¡Sin fronteras! Apasionado amor que te hace permanecer siempre en el centro. Solo la brecha abierta por este amor nos conducía hacia la unidad clave de todas las cosas.

Habíamos cambiado de países y continentes sin pensar en cómo lo haríamos, y solicitamos ayuda muy pocas veces. Siempre se adelantaban a nosotros con manos y brazos y corazones por todos los caminos abiertos en la lucha contra el sistema. No íbamos a desaparecer como en las películas de Hollywood en imágenes reduciéndolo todo a la individualidad etérea de la cultura protestante y blanca exiliada de la madre patria europea.

Éramos capaces de juntar las palabras que en todos los idiomas señalaban una cruenta pelea que era simplemente colosal, y hasta nuestra memoria llegaban los rayos de las mitologías que no habían hecho otra cosa que pintarla para nosotros hoy. El mito no era otra cosa que un nivel de nuestra mentalidad universal capaz de transportar la tradición perenne. Nosotros habíamos abierto las puertas de la revolución mundial y no éramos capaces de acordarnos de ello. Inconscientemente habíamos liberado todo impuesto a la verdad y quitándole la usura del pensamiento y del ideal, habíamos recogido sus frutos en un orden nacido del azar.

Sabíamos que el fuego explosivo de nuestro proceder era como aquel que Prometeo se robó para fortalecer al hombre libre y no desconocíamos del conflicto de las palabras en teorías y puntos de vistas muchas veces diciendo lo mismo de manera diferente. Nunca fuimos ingenuos, pero nos dejábamos sorprender. El asombro caracterizó nuestras más puras virtudes que jamás dimos a jerarquizar. El partido sólo era un eslabón de la unidad clave de todas las cosas.

Mario Forti
Mforti9@gmail.com



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