Los 7 pecados del capital

Por • 4 Nov, 2010 • Sección: Tribuna Abierta

En economía, el capital es una relación social de producción. Es dinero que se independiza y se vuelve un sujeto autónomo. (Wikipedia)

Vulgarmente llamado dinero o billete, monedas con las que se paga el trabajo, o se compra, para ser más claros. Las primeras monedas que recuerda la historia, datan de 5.000 años A.C., no es el caso, valga la pena hablar más bien de la sal. Ant5es que el ser humano inventara acuñar monedas, que en un principio fueron fabricadas con metales preciosos y que luego derivaron en piezas fiduciarias que “representaban un “valor” en esos metales, se compraba el trabajo con sal. La palabra salario deviene de que este mineral era usado para el pago del trabajo de algunos hombres. Antes que el dinero, obviamente entonces, algún ancestro de nosotros, inventó la propiedad. Ser dueño de algo más que la vida que nos anima en esta vida, es un absurdo construido por las pasiones más bajas del espíritu humano. Nada puede considerarse nuestro, somos nosotros quienes pertenecemos a algo, a la vida, la naturaleza, el universo.

Para hablar entonces en términos económicos, desde entonces estamos pagando bien caro aquel invento de la palabra mío. Quien inventó la propiedad seguro usó primero la fuerza, la violencia para someter a cualquiera que se le opusiera ante semejante estupidez. Seguramente logró dominarlo. Por la fuerza se estableció que pocos de nosotros se hacían dueños de cosas. Comerciar dejo de ser el intercambio de satisfactores de nuestras necesidades, por sistemas cada día más sofisticados de propiedad, compra del trabajo de otros, cobro de impuestos y derechos sobre el uso de lo que era de otros y explotación.

El resultado es que el dinero pasó a formar parte de nuestra genética. Hoy es algo indispensable para vivir. La sociedad terminó atrapada entre cifras y ceros, entre dólares que se imprimen sin descanso en las prensas del imperio. La cultura del consumo parece infinita e irremediable. Todas y todos fuimos enseñados a desear cosas, a vendernos, a cambiar nuestro talento y esfuerzo por estos pequeños papeles que pasan de mano en mano y con los que compramos y pagamos nuestras apetencias.

Nombrar dinero, aguas abajo, siempre se une a las peores pasiones que podemos sentir. Nada que lo una con espiritualidad, con el perdón del Vaticano que si supo hacer esta comunión sin ningún tipo de remordimientos.

Hablar de desarrollo implica obviamente cifras, todas las mediciones son en verde dólar, un color con alergia a bienestar y a felicidad de pueblos, un país es mejor país si produce mas dinero para sus reservas, esto le da confiabilidad para que otros dineros golondrinos puedan anidar sobre sus balances, estamos realmente en la trampa jaula que nuestros mismos ancestros fabricaron.

Obvio que este discurso mío de hoy debería parecer fuera de sentido. ¿Cómo podremos vivir sin el dinero? ¿Cómo valorar las cosas sino poniéndoles precio?

La lucha contra esta pesadilla imperial en la que devino esta historia que aquí les cuento: y que no es otra que la de crear una sociedad con valores que se midan en nuevos términos, no sólo pasa por la transformación de la sociedad, sino por su misma salvación. Los milenios de la cultura compra venta, de las corporaciones y los grandes consorcios, de la multinacionales y megaimperios financieros, ya hace obligado a todas y todos entender la locura final que tiñe de extinción a la misma vida. Sino la guerra, será el clima, sino el clima será el hambre, sino el hambre las enfermedades, las sequías, los manejos bélicos del clima desde Alaska en la base de Haarp, el manejo de epidemias o de virus, la creación de enfermedades desde las mismas vacunas que los grandes laboratorios fabrican supuestamente para inmunizarnos. Estamos en el Apocalipsis y ni siquiera lo vemos.

La ira, la gula, la vanidad, el egoísmo, el individualismo, el odio y la avaricia. Todas estas palabras pueden encerrar el detestable olor a muerte de la civilización en la que a diario despertamos. Acostumbrados, como estamos, a que así es como son las cosas, dejamos que transcurran las 24 horas de cada día esperando que otro solucione los problemas.

Aquí no se puede hablar de otra puerta que no sea la revolución. Revolución planetaria, Revolución de conciencia. Una gigante fuerza que generemos para detener esta pesadilla y poder brindarle lo que queda de este mundo ultrajado a las tiernas y pequeñas manos de nuestros hijos para que hereden el planeta y lo reconstruyan para la vida, para el amor, para la felicidad posible, por siglos cercenada por los dueños, por los amos, por los patrones, por los señores del dinero.

Venceremos!!

Raúl Bracho
brachoraul@gmail.com



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