Casas

Por • 31 May, 2010 • Sección: Tribuna Abierta

La Mucuy

Barro, piedras de todos tamaños y colores, ladrillos remendados, tejas con lama, veteranas maderas, viejos hierros forjados, caña, pasto picado, pisos de loza roja y tapias, esfuerzo, sudor y trabajo, hicieron las casas de La Mucuy merideña.

Los primeros que participaban en la escogencia de materiales que levantarían su hogar, eran los recientes esposos. Surroneaban arcilla y en un empeño de solidaridad llamado: El Vuelta y Vuelta, un grupo de vecinos se ponían de acuerdo un día a la semana y entre todos se ayudaban, después lo repetían con otro que iniciara su nueva familia, así construyeron sus eternas moradas.

Luego iban hasta un horno que existía en la parte alta, había que cocinar las tejas. Una vez preparada la arcilla un miembro de la familia se sentara, sus piernas eran utilizadas para hacer la forma de cada teja, llevándola a un tamaño y curvatura original.

Luego, cada una era firmada y le colocaban la fecha, esto con un pedacito de rama de naranjo o guayabo, así cada casa tendría en sus techos tejas originales con medidas únicas de un esmerado iniciador del hogar.

Las paredes eran otra cosa, cuenta Doña Eloísa como junto a su esposo levantaron paredes, habríamos un foso grande donde iba cada tapia, primero colocábamos una base fuerte, grandes rocas y ladrillo rojo, luego en grandes moldes aprisionábamos el barro haciendo duros muros, colocados unos sobre otros.

Armábamos con grandes cercos un esqueleto de madera, así dábamos consistencia, luego lo rellenábamos con arcilla preparada. Por eso, aun y con el paso del tiempo, estas casas mantienen los recuerdos de aquellos tiempos.

Muchos entierros aun están aguardando en la historia de aquellas paredes, testigo de esto son los eternos pisos rojos de cantos, los cuales eran confeccionados de diversos tamaños y colores.

Estas hogares son el viejo repaso de muchos fenómenos naturales, han podido resistir las crecidas de la quebrada La Leona, brava y respetada, pasando por las copiosas lluvias, veranos, fuertes vientos y mas inviernos.

Allí fueron criadas familias que contaron en el amor de sus vidas hasta diez y siete hijos, aun hoy, aquellas casas resisten a nietos, tataranietos y algunos viejos que sobrepasan los cien años y otros tantos días más.

La caña brava aun esta junto a los pañetes que caen y se vuelven a remendar, curtidos con colores blancos y azules, aun se respira esperanzas en estas fieles moradas. Firmes como sus corredores, donde reposaban mulos que daban camino, hasta más allá de la Sierra Nevada.

Miguel Jaimes
venezuela01@gmail.com
@migueljaimes2



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