Malabares y tragafuegos

Por • 21 May, 2010 • Sección: Tribuna Abierta

Cualquiera de nosotros puede recordar con gran emoción las pocas veces en que nuestra infancia se colmó de emociones cuando éramos llevados por nuestros padres a ver el circo. Creo que dentro de aquellas gigantes carpas nuestra fantasía se columpiaba mágicamente entre los trapecios, nuestros miedos nos paraban los pelos de punta al ver a los leones, nuestras quijadas casi se desencajaban de la risa con las cantinfladas de los payasos, la magia y la imaginación de tantos niños siempre a hecho del circo un espacio en el que sobrevive la imaginación, la libertad y la fantasía.

Perder la infancia es ir perdiendo ese contacto con la fantasía. El mundo se nos va haciendo más chiquito, la vida se va haciendo cada vez más seria y el tiempo va dejando atrás los años de la infancia, el sueño y la fantasía se van perdiendo con la caída de las páginas del almanaque.

En lo particular me parecía que la vida gitana de todos los que componían un circo era lo que más se parecía a mí. Errantes enanos, payasos y trapecistas que daban la vuela al mundo viviendo en carpas perfumadas con olores a tigres y llenas del rugir de viejos elefantes.

Al volver la vista atrás quizá todos añoramos aquellas tardes llenas de risas y suspensos. Aquellas tardes de circo quedan tatuadas. Marcan la grandeza de los años en que aprendemos a caminar, a hablar, a vivir. Todos vamos caminando la infancia para ir entrando al mundo de los adultos. Al ir viviendo se nos queda atrás la infancia, una piel que extrañaremos siempre y que reviviremos en los ojos grandes e inocentes de todos nuestros hijos. Así, con el pasar de los años, seremos nosotros quienes llevaremos a nuestros descendientes a la gran carpa, para que vivan lo que nosotros vivimos y para recordar, quizá con añoranza, aquella felicidad tan simple y tan enorme, que se nos queda para siempre en la memoria.

Les escribo sobre el circo, porque en nuestra ciudad se hace cada vez más costumbre, que el breve tiempo en que dura un semáforo en luz roja, casi en todos los semáforos, cada vez vemos a jóvenes que montan un breve show de malabares o de tragafuegos para distribuir el breve tiempo de la luz en alto, para entretenernos y luego pasarnos la raqueta y pedirnos algunas monedas.

Desde hace semanas que vengo pensando en esto. ¿Es lo mismo que aquellos enanos, o mujeres barbudas, que aquellos trapecistas o come fuegos de la infancia? Son jóvenes. Jóvenes que no van a clases, que pasan todo el día repitiendo un acto con no tanta perfección y que están detrás de nuestras monedas. A decir verdad, que a muchos los veo después saliendo de los barrios a donde se compran drogas, a decir verdad, la gran mayoría de estos jóvenes son consumidores de heroína.

Cada día más deteriorados, más enflaquecidos, nos miran al final de sus cuchillos volantes o sus malabares caídos, para implorarnos con una sonrisa, las monedas que terminarán en el bolsillo de cualquier jíbaro. ¿Qué vamos a hacer con esto? Podría ser tu hijo, podría ser el mío. No puedo aceptar ver a gente tan joven esclava de sustancias tóxicas esquina tras esquina y que no podamos reaccionar. Es verdad que se ganan sus monedas, es verdad. Pero estamos siendo cómplices de que sus vidas se destruyan en una actividad en la que actúan no para disfrutar nuestras sonrisas sino para obtener un dinero que cambiarán por veneno.

Quisiera llamar a quienes han tomado las banderas de impulsar las actividades circenses como proyecto de vida, a la gente del Nuevo Circo o de Tiuna el Fuerte, para que se les acerquen y comprueben lo que expongo, que les ofrezcan la verdadera ejecución de éstos oficios y que dejen de hacerlo como medio para drogarse. Algo debemos hacer, pues en verdad que este show cotidiano a mi no me produce ni risa ni alegría, es un show de tristeza que se repite en cada semáforo.

Ante lo inminente del decreto de nuestro comandante para aprobar el Sistema Nacional de Tratamiento para las Adicciones, quiero que todas y todos los que en esto trabajamos, abordemos ésta realidad que día a día se repite. Este circo no se asemeja para nada a aquellas tardes felices de nuestra infancia.

Raúl Bracho
brachoraul@gmail.com



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