José Martí

Por • 19 May, 2010 • Sección: Personajes

José Julián Martí y Pérez (La Habana, Cuba, 28 de enero de 1853 – Dos Ríos, Cuba, 19 de mayo de 1895), también conocido por los cubanos como El Apóstol, fue un político, pensador, periodista, filósofo, poeta y masón cubano, creador del Partido Revolucionario Cubano y organizador de la Guerra del 95 o Guerra Necesaria. Su movimiento literario fue el modernismo.

José Julián Martí Pérez nació en la calle Paula No. 41, La Habana, el 28 de enero de 1853.

En 1866 matricula en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana. Ingresa también en la clase de Dibujo Elemental en la Escuela Profesional de Pintura y Escultura de La Habana, más conocida como San Alejandro.

El 4 de octubre de 1869, al pasar una escuadra del Primer Batallón de Voluntarios por la calle Industrias No. 122, donde residían los Valdés Domínguez, de la vivienda se oyen risas y los voluntarios toman esto como una provocación. Regresan en la noche y someten la casa a un minucioso registro. Entre la correspondencia encuentran una carta dirigida a Carlos de Castro y Castro, compañero del colegio que, por haberse alistado como voluntario en el ejército español para combatir a los independentistas, calificaban de apóstata.

Por tal razón, el 21 de octubre de 1869 Martí ingresa en la Cárcel Nacional acusado de infidencia por escribir esa carta, junto a su entrañable amigo Fermín Valdés Domínguez. El 4 de marzo de 1870, Martí fue condenado a seis años de prisión, pena posteriormente conmutada por el destierro a Isla de Pinos, lugar al que llega el 13 de octubre. El 18 de diciembre sale hacia La Habana y el 15 de enero de 1871, por gestiones realizadas por sus padres, logró ser deportado a España. Allá comienza a cursar estudios en las universidades de Madrid y Zaragoza, donde se gradúa de Licenciado en Derecho Civil y en Filosofía y Letras.

De España se traslada a París, por breve tiempo. Pasa por Nueva York y llega a Veracruz el 8 de febrero de 1875, donde se reúne con su familia. En México entabla relaciones con Manuel Mercado y conoce a Carmen Zayas Bazán, la cubana que sería su esposa.

Del 2 de enero al 24 de febrero de 1877 estuvo de incógnito en La Habana como Julián Pérez. Al llegar a Guatemala trabaja en la Escuela Normal Central como catedrático de Literatura y de Historia de la Filosofía. Retorna a México, para contraer matrimonio con Carmen el 20 de diciembre de 1877, regresando a inicios de 1878 a Guatemala.

Concluida la Guerra del 68 vuelve a Cuba el 31 de agosto de 1878, para radicarse en La Habana, y el 22 de noviembre nace José Francisco, su único hijo. Comenzó sus labores conspirativas figurando entre los fundadores del Club Central Revolucionario Cubano, del cual fue elegido vicepresidente el 18 de marzo de 1879. Posteriormente el Comité Revolucionario Cubano, radicado en Nueva York bajo la presidencia del Mayor General Calixto García, lo nombró subdelegado en la Isla.

En el bufete de su amigo Don Nicolás Azcárate conoce a Juan Gualberto Gómez. Entre el 24 y el 26 de agosto de 1879 se produce un nuevo levantamiento en las cercanías de Santiago de Cuba. El 17 de septiembre Martí es detenido y deportado nuevamente a España, el 25 de septiembre de 1879, por sus vínculos en la Guerra Chiquita. Al llegar a Nueva York, se establece en la casa de huéspedes de Manuel Mantilla y su esposa, Carmen Miyares.

Martí logra traer a su esposa e hijo el 3 de marzo de 1880. Permanecen juntos hasta el 21 de octubre, en que Carmen y José Francisco regresan a Cuba. Una semana después resultó electo vocal del Comité Revolucionario Cubano, del cual asumió la presidencia al sustituir a Calixto, quien había partido hacia Cuba para incorporarse a la Guerra Chiquita.

Entre 1880 y 1890 Martí alcanzaría renombre en la América a través de artículos y crónicas que enviaba desde Nueva York a importantes periódicos: La Opinión Nacional, de Caracas; La Nación, de Buenos Aires y El Partido Liberal, de México.

Posteriormente decide buscar mejor acomodo en Venezuela, a donde llega el 20 de enero de 1881. Fundó la Revista Venezolana, de la que pudo editar sólo dos números. Tras chocar con el caudillismo, tiene que retornar a Nueva York.

A mediados de 1882 reinició la labor de reorganizar a los revolucionarios, comunicándoselo mediante cartas a Máximo Gómez y Antonio Maceo. El 2 de octubre de 1884 se reúne por vez primera con ambos líderes y comienza a colaborar en el Plan Insurreccional Gómez-Maceo; posteriormente desistió de su empeño por estar en desacuerdo con los métodos de dirección empleados.

El 30 de noviembre de 1887 fundó una Comisión Ejecutiva, de la cual fue elegido presidente, encargada de dirigir las actividades organizativas de los revolucionarios. En enero de 1892 redactó las Bases y los Estatutos del Partido Revolucionario Cubano. El 8 de abril de 1892 resultó electo Delegado de esa organización, cuya constitución fue proclamada dos días después, el 10 de abril de 1892. El 14 de ese mes fundó el periódico Patria, órgano oficial del Partido.

En los años 1893 y 1894 recorrió varios países de América y ciudades de Estados Unidos, uniendo a los principales jefes de la Guerra del 68 y acopiando recursos para la nueva contienda. Desde mediados de 1894 aceleró los preparativos del Plan Fernandina, con el cual pretendía promover una guerra corta, sin grandes desgastes y destrucciones para los cubanos. El 8 de diciembre de 1894 redactó y firmó, conjuntamente con los coroneles Mayía Rodríguez (en representación de Máximo Gómez) y Enrique Collazo (en representación de los patriotas de la Isla), el plan de alzamiento en Cuba. El Plan Fernandina fue descubierto e incautadas las naves con las cuales se iba a ejecutar. A pesar del gran revés que ello significó, Martí decidió seguir adelante con los planes de pronunciamientos armados en la Isla, en lo que fue apoyado por los principales jefes.

El 29 de enero de 1895, junto con Mayía y Collazo, firmó la orden de alzamiento y la envió a Juan Gualberto Gómez para su ejecución. Partió de inmediato de Nueva York a Montecristi, en República Dominicana, donde lo esperaba Gómez, con quien firmó el 25 de marzo de 1895 un documento conocido como “Manifiesto de Montecristi”, programa de la nueva guerra. Ambos líderes llegan a Cuba el 11 de abril de 1895, por Playitas de Cajobabo, Baracoa.

Tres días después del desembarco, hicieron contacto con las fuerzas del Comandante Félix Ruenes. El 15 de abril de 1895 los jefes allí reunidos bajo la dirección de Gómez, acordaron conferir a Martí el grado de Mayor General por sus méritos y servicios prestados.

El 28 de abril de 1895, en el campamento de Vuelta Corta, en Guantánamo, en unión de Gómez firmó la circular “Política de guerra”. Envió mensajes a los jefes indicándoles que debían enviar un representante a una asamblea de delegados para elegir un gobierno en breve tiempo. El 5 de mayo de 1895 tuvo lugar su encuentro con Gómez y Maceo en La Mejorana, donde se discutió la estrategia a seguir. El 14 de mayo de 1895 firmó la “Circular a los jefes y oficiales del Ejército Libertador”, último de los documentos organizativos de la guerra, la que elaboró conjuntamente con Máximo Gómez.

Siguiendo la marcha hacia el oeste de la provincia oriental, llegaron a Dos Ríos, cerca de Palma Soriano. El 19 de mayo de 1895 una columna española se desplegó en la zona y los cubanos fueron a su encuentro. Martí marchaba entre Gómez y el Mayor General Bartolomé Masó. Al llegar al lugar de la acción, Gómez le indicó detenerse y permanecer en el lugar acordado. No obstante, en el transcurso del combate, se separó del grueso de las fuerzas cubanas, acompañado solamente por su ayudante Ángel de la Guardia. Martí cabalgó, sin saberlo, hacia un grupo de españoles ocultos en la maleza y fue alcanzado por tres disparos que le provocaron heridas mortales. Cuando se conoció lo sucedido, resultó imposible rescatar su cadáver, el cual fue conducido por los españoles y, tras varios enterramientos, fue finalmente sepultado el día 27, en el nicho número 134 de la galería sur del Cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba.

José Martí y la Medicina
En José Martí y Carlos J. Finlay fueron coetáneos y fueron grandes por los aportes que hicieron a su país y a la humanidad.

José Martí, Héroe Nacional de Cuba, acumuló durante su corta vida de 42 años (1853-1895), méritos extraordinarios en muchos campos, en especial en su condición de libertador, que le hicieron un grande de América y del mundo. Fue el más universal de los cubanos de su tiempo. José Martí fue abogado de profesión, pero en su corta existencia, que tuvo como eje central su vocación política de revolucionario independentista y líder máximo de la Revolución de 1895, acumuló diversos quehaceres como escritor, poeta, orador y periodista. Como se ha señalado en el ensayo titulado José Martí y la Medicina de Wilkie Delgado Correa (Editora Política, La Habana, José Martí fue un observador profundo de su época y, por eso mismo, un visionario capaz de vislumbrar el futuro y proyectar hacia el porvenir su pensamiento sobre innumerables temas de la realidad política, económica, social, científica, educacional, filosófica, moral, etcétera. El tema de la medicina, en su sentido integral, le acompañó durante gran parte de su vida. De ahí que resulte de gran importancia su definición conceptual y su visión sobre el estado y desarrollo de aspectos relacionados con la salud individual y pública, las enfermedades, las aplicaciones científicas, etc. Pero importa subrayar también la vocación y sensibilidad por el ejercicio de la medicina, primero como algo íntimo, pero confeso, y más tarde como práctica primaria concreta en la vida de campaña en Cuba, en la última etapa de su existencia. Son muchas las temáticas que abordó Martí sobre la medicina en sus artículos periodísticos. El tema de la fiebre amarilla fue abordado y en 1884 se refirió al desarrollo de los conocimientos epidemiológicos con apuntes sobre insectos como vectores de enfermedades. Al respecto apunta: “Sábese que los insectos son portaepidemias. Es creciente entre médicos la creencia de que los mosquitos y otros animalillos de su especie transmiten y diseminan las enfermedades contagiosas: un buen médico de Georgia publica ahora hechos que estima pruebas de la agencia activa de los mosquitos e insectos semejantes en el desarrollo de la fiebre amarilla. Aboga porque los actuales cordones sanitarios imperfectos, por entre cuyas filas y sobre cuyas zonas vuelan ahora los diminutos y poderosos agentes de la fiebre, se completen con la creación de cordones de fuego que detengan en su paso a los funestos mensajeros”. Es posible que en esa época Martí desconociera que en la Conferencia Sanitaria Internacional de Washington, celebrada en febrero de 1881, Carlos J. Finlay señaló el medio de transmisión de la fiebre amarilla, y el 14 de agosto del mismo año presentó en la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de la Habana su trabajo “El mosquito hipotéticamente considerado como agente de transmisión de la fiebre amarilla”, en el que expuso su descubrimiento científico. Se puede afirmar que Martí resultó el cronista que faltó a Finlay para una mayor divulgación de su hallazgo científico en América. En su obra se puede constatar de qué manera tan especial Martí seguía los avances más notables de la medicina de su época, de cómo llegaba a profundizar sobre aspectos complejos, de cómo expresaba su dominio sobre temáticas diversas, con su nomenclatura particular, qué afán ponía en la divulgación de los logros científicos principales, y de cómo llegó a conceptuar los problemas y tendencias médicas de su tiempo y del porvenir. Así, por ejemplo, el 5 de noviembre de 1881 reporta: “De toda la literatura del mundo una treceava parte corresponde a la medicina con sus ciencias aliadas” ) El 11 de noviembre de 1881 apunta que: “M. Pasteur ha hecho, y comunicado ante el Congreso Médico en Europa, utilísimos descubrimientos sobre los gérmenes de las enfermedades…estudia ahora los gérmenes de la fiebre amarilla”. En nota al día siguiente, 12 de noviembre, retoma el tema, reseñando la ponencia presentada por Pasteur en el Congreso Médico Internacional y señala refiriéndose a la vacunación: “¿Cuándo se descubrirá la inoculación contra la fiebre amarilla?”. El 13 de febrero y el 14 de junio de 1882 comenta los estudios científicos realizados que apuntan hacia la propagación de determinadas enfermedades por microorganismos del medio ambiente. Son numerosas las referencias recogidas y comentadas en el ensayo José Martí y la Medina, incluyendo aquellas que ponen en evidencia la sensibilidad de Martí, recogidas en su Diario de Campaña, como las siguientes: “Ahora hurgo el jolongo, y saco de él medicina para los heridos”. “¿Y adónde, al acampar, estaban los heridos? (…) Y el practicante, ¿dónde está el practicante, que no viene a sus heridos? (…) Al fin llega, arrebujado en una colcha, alegando calentura. Y entre todos (…) de tierna ayuda, curamos al herido de la hamaca (…) lavamos, yodoformo, algodón fenicado.” Y siendo consecuente con aquella idea original sobre lo hermoso de la profesión de enfermero -la más noble y grata de las ocupaciones, según su decir-, Martí narra, en forma admirable, cómo interrumpe sus faenas para ir a socorrer a los enfermos del campamento, enfatizando el valor que tiene el trato cariñoso a estos. Con ello realza el efecto positivo que tiene el componente psicológico y el trato adecuado como parte del tratamiento médico. “Y han de saber- escribe a Carmen Mantilla y sus hijos- que me han salido habilidades nuevas, y que a cada momento alzo la pluma, o dejo el taburete, y corte de palma en que escribo, para adivinarle a un doliente la maluquera, porque de piedad y de casualidad se me han juntado en el bagaje más remedios que ropa, y no para mí, que no estuve más sano que nunca. Y ello es que tengo acierto, y ya me he ganado mi poco de reputación, sin más que saber cómo está hecho el cuerpo humano, y haber traído conmigo el milagro del yodo y el cariño, que es otro milagro”. Y es así como Martí desempeña o ejerce la práctica médica en forma real, aunque elemental, y a la vez trascendente, en los campos de Cuba, en los días previos a su caída en combate. Era así consecuente, una vez más, con las ideas que expresara unos años antes: “Es que con vivir yo tan triste, donde no se le ve, y con trabajar y mis deberes públicos, aún parece que me alcanza espíritu para andar de médico de tribulaciones ajenas:” En conclusión, cabe al genio visionario de Martí, habernos adelantado aspectos esenciales como estos: La medicina preventiva como la medicina verdadera o esencial. El ejercicio de la medicina como la más noble de las ocupaciones, y la más grata. La situación de la medicina en el siglo XIX en sus múltiples facetas, desarrollo y proyecciones futuras. El principio de que la falta de atención médica de los pobres es un crimen público, y que el deber de remediar la miseria innecesaria es un deber del Estado. La idea de que ante el dolor humano, se impone remediarlo con la propia acción o práctica de la medicina, y con el cariño, que valora como milagro. Ideas hermosas y esenciales como las siguientes: “Es la medicina (…) profesión de lucha; necesítase un alma bien templada para desempeñar con éxito ese sacerdocio…” “La más noble de las ocupaciones, y quién sabe si la más grata, es la de enfermero”. “La verdadera medicina no es la que cura, sino la que precave: la higiene es la verdadera medicina”. “Los médicos deberían tener siempre llenas de besos las manos”. “En el mundo se ha de vivir como viven los médicos en los hospitales”. En fin, las ideas de Martí fueron de lo mejor en el siglo XIX y XX, y lo serán en el XXI.

Enfermedades
José Martí fue un hombre de una precaria situación de salud. Estudios recientes realizados para conformación del texto del autor Ricardo Hodelín Tablada, Enfermedades de José Martí, han dado a la luz una relación bastante completa de los padecimientos del héroe nacional. A Martí se le diagnosticó a la edad de 18 años recién llegado a España sarcoidosis. Producto de esta enfermedad, derivaron otras, como afectaciones oculares (que presentan entre el 25% y 30% de los diagnosticados de sarcoidosis). También padeció afecciones en el sistema nervioso, afectaciones cardíacas y estado febril, todo probablemente producto a la sarcoidosis.

Martí presentaba un sarcocele (tumor de testículo, de tipo quístico), con abundancia de líquido alrededor del tumor. Para aliviar los padecimientos de Martí los médicos procedían a puncionar el propio testículo para así disminuir el tamaño del tumor y con ello el dolor, pero al poco tiempo reaparecía el líquido y se reiniciaba el ciclo. Finalmente fue operado por el Dr. Francisco Monte de Oca que le realizó una exéresis total del testículo, extirpando el tumor.

Martí y «Nuestra América»
Su genio político rebasó las fronteras de su tierra y su época, las facetas de su pensamiento se encuentran interrelacionadas en la tarea que se impuso y a la cual dedicó toda su vida, la unidad de todos los cubanos, la expulsión del dominio colonial español de la Isla, evitar el peligro de una expansión estadounidense y fundar una república libre e independiente, «Con todos y para el bien de todos».

José Martí fue un revolucionario incansable en el arte y en la política; su obra es inmensa y abarca la poesía, la novela, el periodismo y el ensayo. Fue un gran pensador, orador, diplomático y político. En el campo de la poesía merecen mención Ismaelillo (1882), Versos Sencillos (1891), Versos Libres y Flores del Destierro. Sus obras ensayísticas más notables son el Presidio Político en Cuba (1871) y Nuestra América (1891), cabe también destacar su obra epistolar, de un elevadísimo nivel literario.

Nuestra América
Publicado en La Revista Ilustrada de Nueva York, 10 de enero de 1891. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891.

Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo en la cabeza, sino con las armas en la almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra (…)

Ni ¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa (…)

La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyès no se desestanca la sangre cuajada de la raza india (…)

La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas (…)
Tomado de Wikisource: s:Nuestra América

Martí y el Derecho Internacional Humanitario
Martí recogió en su vasta obra, un profundo humanismo, el cual predico sin descanso, criticando los crímenes de la guerra, y la necesidad de instruir a los pueblos, para alejarlos de la barbarie. Impulsor de la unidad de los cubanos, había logrado unir dos generaciones de cubanos en el mismo empeño, y logra organizar las principales fuerzas que posibilitaron, el recomienzo de la lucha por la independencia de Cuba; pero su aporte significativo, esta dado por haber trazado un programa y un proyecto que permitieran el desarrollo de lo que, en el “Manifiesto de Montecristi”, denomina “guerra culta”. Con lo que pretendía paliar los efectos inhumanos de la guerra, esbozos pues de lo que entendemos hoy como Derecho Internacional Humanitario. Martí imbrica en lo que llamó “guerra culta” un grupo de preceptos del Derecho y la Moral, que se articulan para sustentar la estructura teórica de la puesta en marcha de una lucha de Liberación Nacional, enfocadas en la rápida obtención de la victoria, y el mínimo de daños colaterales, principios básicos del actual DIH. Esta ideación se pone en práctica en tres momentos fundamentales: -Demostrar la justeza de las causas por las cuales el pueblo de Cuba iba a la guerra, o sea el fundamento legítimo de la lucha. -La forma en que habrían de conducirse los cubanos durante las hostilidades, que Martí delinea a través de una fusión entre sus conocimientos Filosófico-Morales y de Derecho, ejerciendo sugestión en la conciencia de los libertadores, en cuanto a lo que debiera permitirles reconocer la violencia, canalizándola sólo hacia las necesidades militares objetivas. -La dimensión de los fines mediatos e inmediatos de la guerra en Cuba, expresados en el logro urgente de la independencia de la Isla, con cuya transformación en República democrática no solo se beneficiaría el pueblo cubano, sino Latinoamérica toda al ponérsele fin a la expansión geopolítica de los Estados Unidos.

En el proyecto de “guerra culta”, a Martí no le bastaba con que el recurso a la guerra, o “jus ad bellum” (derecho a la guerra), tuviera, en el caso cubano, un fundamento legítimo: la misma debía llevarse a cabo sobre principios que garantizaran, ante todo, el respeto a la vida de los civiles, de los prisioneros de guerra y de los enemigos heridos. El camino para tal fin pasaba por la necesidad de contar con una clara definición de los objetivos de la lucha, y del verdadero enemigo; además del carácter político que debía albergar la lucha, divorciado de todo vestigio de odio y venganza en el soldado Mambí. En este sentido escribiría: “…a la guerra sin odio por donde se ha de conseguir la república laboriosa y justiciera…”

El gran problema para la estrategia martiana radicaba precisamente en crear los mecanismos necesarios para que la contienda no desbordara los límites. La solución del mismo pasaba, en primer lugar, por la correcta delimitación del enemigo, que para Martí no es (y no puede ser), ni el pueblo, ni la nación española: en Cuba no se luchaba contra un pueblo, se luchaba contra un sistema que frenaban el desarrollo del país y marginaba a sus habitantes: “…Por adversario entienden los cubanos libres (…) el gobierno ajeno que ahoga y corrompe las fuerzas del país, y la constitución colonial que impedirá en la patria libre la práctica pacífica de la independencia. El adversario es el gobierno ajeno que en el nombre de España niega el derecho de hombres a los hijos de los españoles (…) El adversario es la constitución colonial…”

El Partido surgía entonces, no sólo como el rostro y la voz de la revolución en el extranjero, sino como el conductor político y organizador de la guerra, expresando en el Artículo número 2, de sus bases: “…El Partido Revolucionario Cubano no tiene por objeto precipitar inconsideradamente la guerra en Cuba (…), sino ordenar (…), una guerra generosa y breve, encaminada a asegurar en la paz y el trabajo la felicidad de los habitantes de la Isla…”

La representación clara de la legitimación de la guerra resulto en una declaración de guerra, “El Manifiesto de Montecristi (El Partido Revolucionario Cubano a Cuba)” que es resumen y definición de toda la doctrina militar de la revolución cubana, así como del carácter y fundamento de la lucha. Contiene además un discurso humanitario, formado por un conjunto de principios reguladores que hoy calificaríamos claramente como Derecho Aplicable a Conflictos Armados: “…La revolución de independencia, iniciada en Yara después de preparación gloriosa y cruenta, ha entrado en Cuba en un nuevo período de guerra, en virtud del orden y acuerdos del Partido Revolucionario en el extranjero y en la isla, y de la ejemplar congregación en él de todos los elementos consagrados al saneamiento y emancipación del país…” “…La guerra no es contra el español, que, en el seguro de sus hijos y en el acatamiento a la patria que se ganen, podrá gozar respetado, y aún amado, de la libertad que sólo arrollará a los que le salgan, imprevisores, al camino…” Tratando de armar normativas por las cuales se regiría el comportamiento del movimiento independentista durante la contienda, o sea, “jus in bellus”, el 28 de abril de 1895, desde el Cuartel General del Ejército Libertador, escribe una Circular, denominada “Política de Guerra”, máxima expresión del humanismo en el “jus in bellus”, de la “guerra culta” ideada por José Martí, reafirma con creces el carácter visionario del Apóstol, esta circular que es en sí misma un documento de DIH, firmada por él como Presidente y por Máximo Gómez como General en Jefe del Ejército Libertador, expresaba: “…La guerra debe ser sinceramente generosa, libre de todo acto de violencia innecesaria contra personas y propiedades, y de toda demostración o indicación de odio al español. Con quien ha de ser inexorable la guerra, luego de probarse inútilmente la tentativa de atraerlo, es con el enemigo, español o cubano, que preste servicio activo contra la Revolución. Al español neutral, se le tratará con benignidad, aun cuando no sea efectivo su servicio a la Revolución (…) A los cubanos tímidos y a los que más por cobardía que por maldad, protesten contra la Revolución, se les responderá con energía a las ideas, pero no se les lastimarán las personas (…) A los prisioneros, en términos de prudencia, se les devolverá vivos y agradecidos (…) En cuanto a las propiedades, se respetarán todas aquellas que nos respeten, y sólo se destruirán, después de anuncios reiterados y de la prueba completa de su hostilidad, aquellas de que se sirva o asile habitualmente el enemigo: o alberguen al cubano que hace armas contra la Revolución…” Estableciendo un paralelismo con los principios del DIH contemporáneo, esta circular que norma la conducta en la guerra, no se limito al principio de humanidad, respecto al trato con los prisioneros y heridos, sino que abarco, el principio de distinción entre combatientes y civiles, entre objetivos militares y bienes civiles. Todos estos conceptos se ven reflejados en su término “la guerra culta”, de la que hace referencia directa en dos ocasiones, una en carta dirigida “Al New York Herald” el 2 de mayo de 1895, en la cual plasmo: “…sin odio contra su opresor, y por los métodos estrictos de la guerra culta, el puesto de República que permitirá al hijo de Cuba el empleo de su carácter y aptitud y el derecho de abrir su tierra cegada al trato pleno con las naciones…” Otra desde Cabo Haitiano, 10 de abril de 1895, en carta a Bemjamín y a Gonzalo, les expreso: “…afecto leal al español respetuoso-concepto claro y democrático de nuestra realidad política; y de la guerra culta con que se la ha de asegurar…” La guerra culta y sin odio, no sólo se proponía derribar en la lucha la vetusta estructura de dominación colonial, sino que perseguía la fundación de un pueblo nuevo, a partir de brindar igual reconocimiento al suelo de Cuba, tanto al criollo, sin importar su color de piel, como al español pacífico y neutral, elementos básicos que habían concurrido al proceso histórico de formación de la nacionalidad cubana; es por ello que le afirma a Gonzalo de Quesada y a Benjamín Guerra en carta desde Montecristi, el 26 de febrero de 1895: “…la guerra es para que españoles y cubanos puedan gozar de la tierra ordenada en paz, y que la revolución, generosa y serena, jamás tratará como enemigo, en el cubano de hoy, al autonomista de ayer…” Esta misma concepción era la expresada en nota cursada al Agente Consular del Gobierno Británico por motivo de la muerte de un marinero de esa nacionalidad en la goleta Honor, que trajera a Cuba la expedición Maceo-Crombet. En la misma Martí afirma: “…Los altos ideales que sustenta la revolución cubana (…), no pueden tolerar, antes bien tienen que castigar, la menor trasgresión de las leyes morales y el respeto internacional por parte de sus mantenedores. Hay que ejercer los derechos de guerra, pero para evitar desórdenes censurables y devastaciones inútiles…”

Martí intenta con la “guerra culta” educar a un pueblo en valores cívicos que le permitan humanizar una campaña militar y preparase para el ejercicio de la vida política propia de una república democrática.

Influencia de Martí
La influencia del pensamiento en los cubanos, es tal que aún hoy día, a más de un siglo de su muerte, parece ser Martí una vez más quien se eleva en figura protectora y reunificadora de los cubanos. Su figura es tan respetada e idolatrada tantos por los cubanos que se encuentran en el exilio como por el Gobierno cubano. No hay proyecto de nación en Cuba sin el ideario martiano pues su pensamiento es la base de todo sentido de identidad y nacionalidad del pueblo cubano. Es por ello que José Martí es para cada cubano, y bien ganado el título, El Apóstol.

Fue precursor del Modernismo, junto a Manuel González Prada (Perú), Rubén Darío (Nicaragua), Julián del Casal (Cuba), Manuel Gutiérrez Nájera (México), Manuel de Jesús Galván (República Dominicana), Enrique Gómez Carrillo (Guatemala), José Santos Chocano (Perú) y José Asunción Silva (Colombia), dio forma al movimiento.

Versos Sencillos: 1891 “La Bailarina Española”
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El alma trémula y sola
Padece al anochecer:
Hay baile; vamos a ver
La bailarina española.
Han hecho bien en quitar
El banderón de la acera;
Porque si está la bandera,
No sé, yo no puedo entrar.
Ya llega la bailarina:
Soberbia y pálida llega:
¿Cómo dicen que es gallega?
Pues dicen mal: es divina.
Lleva un sombrero torero
Y una capa carmesí:
¡Lo mismo que un alhelí
Que se pusiese un sombrero!
Se ve, de paso, la ceja,
Ceja de mora traidora:
Y la mirada, de mora;
Y como nieve la oreja.
Preludian, bajan la luz,
Y sale en bata y mantón,
La virgen de la Asunción
Bailando un baile andaluz.
Alza, retando, la frente;
Crúzase al hombro la manta:
En arco el brazo levanta;
Mueve despacio el pie ardiente.
Repica con los tacones
El tablado zalamera,
Como si la tabla fuera
Tablado de corazones.
Y va el convite creciendo
En las llamas de los ojos,
Y el manto de flecos rojos
Se va en el aire meciendo.
Súbito, de un salto arranca;
Húrtase, se quiebra, gira;
Abre en dos la cachemira,
Ofrece la bata blanca.
El cuerpo cede y ondea;
La bata abierta provoca,
Es una rosa la boca;
Lentamente taconea.
Recoge, de un débil giro,
El manto de flecos rojos:
Se va, cerrando los ojos,
Se va, como en un suspiro…
Baila muy bien la española,
Es blanco y rojo el mantón:
¡Vuelve, fosca, a su rincón
El alma trémula y sola!



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