Este poema “Si mañana”

Por • 16 May, 2010 • Sección: Tribuna Abierta

Poeta Chileno, Radicado en Francia: “Sergio Fernando Olave: “Un Habitante de dos mundos”

Ha sido musicalizado por un amigo músico francés y que él mismo la interpreta. Saludos cordiales y amistosos.

Había enviado a mi hijo Sergio Rodrigo unos cuarenta libritos de “Recuerdo de mi licenciatura” a Chile. Era el mes de diciembre del año 97, mi trabajo en la óptica me obligaba a veces de viajar, como lo hice en muchas ocasiones. Mi jefe/amigo Yannick había tomado contacto con fabricantes de lentes en el Salón Internacional de la óptica a París , como lo había hecho anteriormente en el Salón Internacional de Milán (visitamos muchos salones en Europa con Yannick: París, Fráncfort, Milán, Lisboa). Luego de esos contactos me pidió de viajar, para negociar armazones ópticos y solares a Suiza, para distribuirla en conjunto con la colección italiana que estaba trabajando por el momento aquí en el Oeste de Francia, para luego abrir otros mercados, sobre todo en América Latina. Tomé el auto y me puse a conducir hasta la ciudad de Lyon, a unos 900 kilómetros de Hennebont, donde tenía una cita con un representante de óptica. Recuerdo que llegué un día domingo alrededor de las 6 de la tarde, busqué un hotel, sobre todo que tuviera TV con cable, ya que ese domingo, era el último partido de Chile para las eliminatorias del mundial de Francia 98, ese día jugaba con Bolivia. Había tenido la suerte de haber presenciado el partido anterior contra el Perú, el doce de octubre del año 97, en una atmósfera plena de euforia y de alegría, Chile había sido el justo ganador de 4 a 0. Recuerdo que en Santiago, me esperaba ese domingo Pedro Cerda, que nos conocemos desde hace veinte años aquí en el exilio y que estaba trabajando en Chile y que hoy nuevamente vive en Francia, como tantos otros que experimentaron el regreso. Al bajar del bus, Pedro me esperaba, no con un abrazo, sino con algo más trascendental que un abrazo patriota, me agitaba entre sus manos con una euforia deportiva dos entradas para el partido. Semanas antes, el mismo Pedro Cerda, había sido protagonista y testigo fotográfico del encuentro que tuve con el cineasta, escritor y conductor de televisión A. Skarmeta en el barrio Bellavista, luego de haber aceptado una cita que yo le propuse por fax y por teléfono desde Francia meses antes, para ese mes de octubre del año 97. El que me había entregado su teléfono fue el encargado de prensa de la Embajada de Chile de la época el señor Andrés Juffet, que mucho le gusto mi poesía, fue así que entré en contacto, para que pudiera darme una opinión sobre mis poemas, era la primera vez que veía al escritor del rostro del hombre feliz. Al final me convencí que no era tan feliz, me convencí que no era tan poeta, que no era realmente un hombre de poesía.
Felices y contento nos fuimos con Pedro al Estadio Nacional, compramos banderas tricolores y nos preparamos para presenciar lo que la opinión denominaba como “el partido histórico”, a causa de lo que había sucedido en Lima, tras el encuentro de ida, donde la hinchada y los fanáticos peruanos pifiaron el himno chileno. El clima se había degradado bastante entre la opinión pública de ambos países, en la cual, las autoridades de gobierno intervinieron para calmar los ánimos y poder establecer nuevamente aquel espíritu deportivo, cordial y amistoso que siempre han caracterizado a nuestras dos naciones hermanas. En Santiago, la capital de Chile, cuando hay triunfos memorables, –“que hay muy pocos”– o cuando hay triunfos morales “donde hay muchos”, el pueblo desciende a la famosa plaza Italia y festejan por largas horas el entusiasmo del momento, lo hacen con cantos, bailes y gritos de alegría, como era el caso de ese día. Pedro, yo y miles de chilenos compartíamos la euforia, encontramos unas hinchas peruanas y nos fuimos hacer la fiesta ese día doce de octubre “día de la raza”. El lunes tomaba temprano el avión a Francia, casi me dejó. Llegué al aeropuerto internacional, acompañado por dos policías en moto, que luego de habernos controlado por un pequeño exceso de velocidad de Pedro, y haber aceptado nuestras excusas y haber visto mi pasaje y la hora ya bastante avanzada (atrasada) y además comprobando sobretodo mi extremo nerviosismo y mi estado desesperado de perder el vuelo…! Nos liberaron la ruta y de ese modo llegué antes que saliera el avión. Fui el último pasajero en subirme y mis maletas, también que fueron las ultimas la instalaron en la cabina del personal, que luego en Buenos Aires la llevaron a su lugar.
Eran las seis de la tarde en Lyon. Hacía frío en esta hermosa ciudad, una de las más bellas capitales de la gastronomía gala. Estaba en el “Hotel de France et Quatre Nations” 9, rue Sainte Catherine recibiendo las llaves de mi habitación. Tomé el diario y no había ningún canal de televisión que transmitiera el partido decisivo, sólo tenía que esperar un programa que entregaba los resúmenes de los partidos creo que era -“La ruta del mundial”- conducido por el periodista deportivo Roger Zabel que pasaba el canal uno, después de la medianoche y la noche como dice el gran poeta rancagüino “La noche es larga y en el Norte andan ladrones”. Bien complicado se me ponía el directo. En ese momento, cambiaba todo mi itinerario, todas mis paradas, todo mi programa. Cambiaba una noche –en el Lago di Como, no lejos de la frontera itálica/suiza, dejaría voluntariamente un café en Verona o unas buenas pastas en Venecia, o me auto-prohíbo, me auto-censuro de subir para el Norte de Italia e ir a cenar una buenas pizzas en la ciudad de Cortina cerca de Austria cambiaba todo mi itinerario con sólo seguir la ruta para el mundial por televisión o por radio el partido de futbol entre Chile/Bolivia. En todo pueblo, en toda ciudad, en todo país del mundo hay siempre un chileno. En Lyon en los años 80, había participado a varios reencuentros culturales, políticos, sindicales y sociales del exilio, incluso a Hennebont algunos artistas vinieron a exponer sus trabajos, entonces sabía que existía una comunidad de chileno. El hotel estaba en el centro de la ciudad. Salgo a dar una vuelta, me siento en un bar para servirme un café, me viene la idea de pedirle al mozo la “Guía telefónica” tomé una hoja blanca, un bolígrafo que nunca falta para alguien que escribe y comencé a buscar y anotar los números telefónicos de veinte personas, con sus veinte nombres y sus cuarenta apellidos –paterno/materno–, latinos-españoles con la esperanza de encontrarme al menos entre los veinte elegidos, es decir, –con un chileno–. Salí del bar y busqué una cabina telefónica a pesar del frío reinante, para poder con toda tranquilidad marcar los 200 dígitos que pudieran conducirme al deseo final de –Buenas Noches, soy chileno–, ¡Ah eres chileno huevón! “Yo también huevón”. Una a una se fue eliminándose mis esperanzas. Todas las llamadas, las mayorías fueron sobre españoles, que se encontraban en Francia desde la época de la guerra civil de España, algunos mexicanos, otros colombianos, hubo un argentino que me dice que pena che, pero de todas maneras Chile gana y quédate tranquilo que vos venís al mundial. Así, se fueron haciendo infructuosas todas mis llamadas, al final ningún huevón salió al aire –me quedé como un huevón–.
De regreso al hotel, luego de ese frustrado y amargo apetito nostálgico, me llega el apetito físico. Entro a un restaurante y me pongo a comer, pensando en mi mañana en el –Si mañana–, pensando en mis amores pasados, para olvidarme un poco de esta desastrosa desilusión de los veinte números telefónicos, de aquellos doscientos dígitos que me entregaron un sabor amargo al deseo que orbitaba en mi ser, tomo un papel y comienzo a escribir este poema en homenaje a todos los amores de la vida que esperan, la eternidad del amor en la morada invisible. Luego en el hotel, tuve que esperar como hasta las dos de la mañana el resultado del partido, salté y grité lleno de alegría los goles de Chile, estaba contentísimo, me dormí pensando que al menos, una vez en mi vida estaré en un mundial de futbol –Chile tuvo uno en 1962, estaba pequeño y fuimos tercero en el mundo– y ahora, que suerte la mía de estar en Francia y también en Francia-98, mirando y apoyando la –Roja– la roja de todos, de todos los chilenos y gritando viva mi Chile lindo. Al día siguiente tuve la cita con el representante óptico en la estación de Lyon. Cuando fui a tomar el tren por Milán, ya no estaba, el tren me había dejado, –mierda grande me digo–, el representante me dice que puedo alcanzar el tren en Chamberí, ya que se detiene un buen momento verificando la documentación de los pasajeros antes de cruzar la frontera, tomo el auto y felizmente una hora después estaba en el tren con destinación a la bella Italia.

Mañana:
Si muriera en tus brazos
O muy cerca de tus ojos
Seguramente que en el aire
Vagara la pena.
Si estuviera en tus brazos
En mi último suspiro
Abrázame con toda tu fuerza
Para irme con tu olor.
Si mis ojos no quieren cerrarse
Acarícialos con tus suaves besos
Para llevarme tus labios
Más allá de la vida.
Así llevaré a mi morada invisible
Tus besos y tus olores
Para esperarte si tú quieres
En la aventura de la muerte.
Con todo aquello tendré la esperanza
De encontrarte en el mañana
Y así nos pasearemos
En la carreta del destino… Tú y Yo

Publicado por Luis E. Aguilera



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