¿Qué crimen habrá cometido el Río Neverí?

Por • 9 May, 2010 • Sección: Tribuna Abierta

Decir que anda en harapos, desgarbado y macilento, es insuficiente para describir el lamentable estado del viejo y generoso río. Se le ve golpeado, magullado en todo el cuerpo. Ahora mismo, está tendido largo a largo, inmóvil y sus estertores como que presagian la muerte. Se pudiera creer que una patota inmisericorde le tendió una emboscada y dieron golpes hasta en la cédula.

No vaya a creer que son efectos iracundos de malcriadeces de “El Niño”. No, eso sería lo de menos. El bajo nivel que ahora exhibe, no es sólo por acción del fenómeno mencionado, sino por lo agresivos que somos los ciudadanos y la indiferencia del Estado, que todavía, no acabamos de entender que un río es algo más que una simple corriente de agua.

A lo largo de los cuarenta y tantos años de permanencia oficial de la cultura adeco-copeyana, su impronta en el cuerpo del Estado y en la mayoría de los ciudadanos, a ese río se le trató más que con indiferencia, con crueldad . Lo único que le faltó, y vaya si no es valedero creer que alguien lo estuvo planificando, fue vaciarle concreto y asfalto hasta rellenar su cuenca. ¡Tremendo contrato de aquella actividad se hubiese derivado! ¡Cuánta ganancia y real para el buche!

“Ese río es una molestia que en verano baja de nivel, se cubre de bora y en invierno, cuando las lluvias abundan, se desparrama y genera problemas. Y ese joder estacional, no harìa más que producir gastos, invertir reales, que uno podría, con todo derecho y autoridad, acumular para asegurar la vida de la descendencia”.

“Mejor hacemos un gasto de un sólo guamazo, y lo tapamos. Hasta podríamos tirarle por encima una autopista, lo que de paso sería más útil y bonito”. “Piensen, ¿cuántos y quiénes transitan por ese maldito río? ¿Quién o quiénes le miran?”

Así, cabe pensar, reflexionaban, si a esa rumiadera puede llamársele reflexión, por debajo de cuerda, los capitostes de la vieja y anquilosada política.

No hicieron la autopista, porque no hicieron ninguna, tanto que la que eufemísticamente llamaron de oriente, nunca salió de los alrededores de Caracas. Pero al río se la cobraron caro de manera permanente.

Permitieron invasiones a lo largo de su curso, construcciones para todos los niveles sociales, en espacios que son defensas naturales del mismo, que aguas servidas provenientes de aquellas fuesen lanzadas a su caudal, la bora le cubra hasta parecer justamente una autopista verde y le lancen cuantas cosas a cualesquiera se le ocurran.

Sólo de vez en cuando, ante la desidia e indolencia de las autoridades competentes, los soldados del cuartel “Pedro María Freites”, sin que eso les competiese, salían en su auxilio y le dejaban sólo presentable, por lo menos hasta la próxima recaída.

Y uno en la prensa, como ahora, y por otros medios, les apostrofaba por aquella conducta absolutamente indiferente, insensible ante un río, que como dijese el poeta Jorge Manrique, y tanto hemos repetido, “son la vida, que van a dar a la mar, que es el morir”.

Nos conformábamos diciendo que esas eran conductas derivadas del capitalismo, que no veían “rentabilidad” en la existencia de aquella fuente de agua y les deba igual si seguía transcurriendo hasta el mar u optaba por quedarse allá arriba. Hasta, sospechando lo que ocultamente acariciaban, llegamos a creer en verdad que pujaban para que el río se secase y rellenarlo.

Ellos, muchos de los cuales ahora llamamos escuálidos, actuaban como si el río les hubiese echado una tremenda vaina y se la estaban cobrando.

Pasó el tiempo, aquellos se fueron, los sacaron y ellos sacaron y metieron. ¿Y el río? ¿Qué es de él? ¿Cómo le tratan ahora? ¿De la misma forma?

Se ha anunciado hace pocas horas, como otras veces, ante la magnitud del deterioro y lo escandaloso del asunto, que el Ministerio a quien compete el asunto, se acordó con “La Polar”, extraño acuerdo de estos tiempos, para limpiar el río; esperemos que eso no sea un gesto espasmódico de vergüenza o simple saludo a la bandera. Que se vuelva cotidiano y no se quede en simple manifestación de pudor o, por relacionar con algo dicho por Pepe Mujica, sutil apretón de tuerca.

Al Neverì deberíamos darle un trato conforme a la mentalidad de cambio; eso incluye no caerle a porrazos y menos represar sus aguas, justamente donde intenta sumergirse en el mar.

Eligio Damas



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