Una ciudad llamada tú

Por • 5 May, 2010 • Sección: Tribuna Abierta

El carro de la revolución avanza en la medida en que se transforma la conciencia. La fuerza de resistencia al cambio de la sociedad se repite en nuestras conciencias, se tratan de perpetuar las viejas formas de ser que nos fueron inculcadas por la sociedad en que nacimos. El cambio de piel hacia el la mujer y el hombre nuevo es un duro proceso de mutación que solo se consustancia con la entrega a la lucha social, con la participación, con la autoobservación y la crítica hacia nuestras conductas.

Pensar, sentir y actuar en una misma dirección. Pensar, sentir y actuar en la búsqueda de los nuevos valores, en la incorporación del amor al prójimo, de la solidaridad, de la conciencia social comprometida con los cambios que reclama nuestra especie, es la vía indispensable para que nuestro convivir sea cónsono con las fuerzas transformación que estamos realizando. Aquellas enseñanzas del Che Guevara sobre lo imperioso de crear la mujer y el hombre nuevo como paso indispensable para que sea irreversible la revolución hay que asumirla desde el compromiso interior de enseñar con el ejemplo, de exigirnos a diario nuevas conductas que demuestren a todas y a todos que esa mujer u hombre nuevo nace del fondo de nuestro pecho.

De igual manera que se hace difícil la tarea de cambiar la sociedad, es difícil el cambio interior. De nada sirve un revolucionario que habla contra la corrupción si lleva ese germen latente en su interior, de nada sirve un revolucionario cuya entrega esta signada por las ambiciones personales antes que por su entrega a la marcha conjunta que todos realizamos. Entonces es preciso repetir hasta el cansancio las enseñanzas del Che.

Sería absurdo adentrarnos en las proposiciones expuestas por Ernesto Guevara sin antes pasearnos por los criterios fundamentalmente marxistas (sin obviar los leninistas) que influyeron radicalmente en la formación de su pensamiento, de hecho, que constituyen su punto de partida; de allí que el Che sea considerado tanto por sus conocedores como por él mismo marxista. Sus escritos así lo confirman.

Pero ante esta característica existe un detalle fundamental y es lo que va a darle, a nuestro entender, un toque particular a toda esta visión guevarista, que viene siendo el hecho de que el descubrimiento del marxismo no fue para el Che una simple y llana operación intelectual y bibliográfica, sino también el resultado de una experiencia vivida, a saber, la de la miseria y la opresión de las masas latinoamericanas que conoció a lo largo de sus viajes a través de los campos del continente. De allí que se derive una de las cualidades esenciales de su versión marxista: el carácter antidogmático. Es decir, concebía este aporte teórico como algo que podía y debía desarrollarse en función de la transformación de la realidad per se aclarando que “…si nuevos hechos determinan nuevos conceptos, no se quitará nunca su parte de verdad a aquellos otros que hayan pasado.”

Superando desde nuestra perspectiva el carácter económico (aunque no lo deje a un lado, realizando estudios y propuestas en dicho ámbito) para trascender al plano social y auscultar en él; todo esto movido por el hecho de considerar al hombre como eje central o factor esencial de la revolución. Por ello, el humanismo del Che es, ante todo, un humanismo revolucionario, ya que no se conforma con el sólo hecho de interpretar la naturaleza sino en transformarla.

Cada militante revolucionario lleva en si el mayor de los aportes necesarios: nuestra propia transformación. Ser consecuentes con lo que decimos, desarmar los paradigmas que se nos inculcaron y permitirnos ese gran compromiso con la nueva visión basado en la experiencia cotidiana transformadora, hará brotar la mujer o el hombre nuevo que llevamos dentro, cada vez dejará de ser un nuevo yo que se manifiesta esporádico y será el protagonista estelar de nuestro diario vivir. Esto iluminará todo a nuestro alrededor. Esto nos hará temibles ante el enemigo, que no dejará de atacarnos aterrado, pero nos hará invencibles, pues se habrá resuelto la contradicción que nos atrapa, dejaremos de ser los hombres viejos que invocan al hombre nuevo, la lenta y babosa oruga que se arrugaba sobre si misma habrá roto su piel y abriendo y cerrando sus alas, volara por el cielo en el enjambre de miles de mariposas que anuncian la nueva alborada, seremos la mujer y el hombre nuevo.

¡Venceremos!

Raúl Bracho
raulhbracho@hotmail.com.



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