¡Está bien, lo van a saquear, pero en orden!

Por • 27 Feb, 2010 • Sección: Tribuna Abierta

Crónicas de febrero de 1989

1989 era año de fiesta: se celebraban los 200 años de la Revolución Francesa.

Era febrero y yo trabajaba como profesor de Lengua y Literatura en un liceo privado en Valencia, ubicado en la Urbanización Guaparo.

El día 3 propuse a mis estudiantes de tercer año que formaran grupos y escogieran un tema para exponer y presentar una monografía. Ellos me pidieron que les sugiriese el tema. Propuse la revolución y lo aprobaron. Cada grupo escogió una: la francesa, la rusa, la china, la cubana….

El día 15 los docentes cobramos la quincena, pero nada conseguíamos en abastos y supermercados. No había leche, ni harina de maíz, ni aceite de comer, ni azúcar, ni café. Casi nada. Todo estaba acaparado.

El gobierno adeco de Carlos Andrés Pérez no atendió el clamor popular. Por el contrario, cumpliendo órdenes del FMI liberó los precios de los bienes y servicios, anunció incremento del precio de la gasolina en 100% y del transporte público en 30%, entre otras medidas que hacían más difícil situación de los venezolanos.

El día 27, a media mañana, el primer grupo exponía su tema: La Revolución Francesa. Explicaron sus causas: el estado de miseria que vivía el pueblo francés, su descontento por los abusos de las clases dominantes, el grave endeudamiento del estado. Alguien comentó que era muy parecido a la situación de Venezuela.

El director del liceo había interrumpido mi clase en dos ocasiones y se llevó a algunos estudiantes con sus libros. A la tercera le pregunté qué pasaba y angustiado me dijo: “Profe, la vaina está arrecha, se formó el verguero. En Caracas y en Valencia hay saqueos por todas partes, la gente anda como loca. No comente esto, y alumno que vengan a buscar, que se lo lleven.”

A la una de la tarde, cuando salí del liceo, vi en la Av. Bolívar un mar de gente que caminaba en dirección norte. Pregunté y me dijeron que no había transporte. Muchos venían caminando desde el centro y desde más allá. Me fui caminando con ellos porque iba en la misma dirección.

Cuando llegamos a Naguanagua aquello parecía un avispero. Gente corriendo para todos lados, y un mismo grito: ¡Vamos a saquear a los chinos!

Las santamarías eran arrancadas de cuajo y como río crecido, lleno de turbulenta furia, la gente entraba a los comercios chinos y de allí sacaban de todo: leche, azúcar, harina, aceite, café…

Caminé la Av. Universidad y a la altura de la190, vi que sólo quedaba un comercio chino por saquear: El Pekín. Cuando iban a hacerlo, llegó un pelotón de soldados. Tomó posiciones e instaron a la multitud a dispersarse. Nadie se movió. El oficial al mando hizo un disparo al aire para disuadir, pero ninguno se retiró. Un grito fue la respuesta: “¡Vamos a saquear ese negocio y nadie lo va a impedir!”

El oficial -que seguramente participó luego en la rebelión de 1992- pareció entender la rabia, la dignidad y el coraje de su pueblo, y como no estaba dispuesto a ordenar a sus bisoños soldados que dispararan contra niños, niñas, abuelos, abuelas, jóvenes, hombres y mujeres, gritó:

“¡Está bien, lo van a saquear, pero en orden!”. Y en orden lo saquearon.

El día 28 mi hijo Aristóbulo cumplía años; había toque de queda y el gobierno dio orden de disparar a matar. Conseguir la torta fue una odisea, pero lo logramos, y mi hijo, que ya era un hombrecito de cinco años, pudo apagar las velitas.

Pueblo venezolano, sepulturero de imperio, rebelde como cuero seco: lo pisas por una punta y se levanta por las otras.

Ramiro Meneses



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