El señor de la plastilina

Por • 22 Feb, 2010 • Sección: Tribuna Abierta

La Mucuy

Con el celaje del viento polinizando millones de semillas esparcidas por La Mucuy merideña, van pasando por la alegre casa de un Undivar Sosa, habitante en la curva de la piedra.

Su madre fue docente, varios años de su infancia trascurrieron en un liceo militar. Siendo muy niño la timidez lo arropaba, de muy pocas palabras y las que lograba expresar eran muy cortas, recuerda cuando tocaban la puerta, abría, y sin palabras, volvía a cerrarla.

Cuando el visitante era aceptado, corría a su habitación, justo antes que abandonasen su hogar, salía corriendo, llevando en sus manitas una figura exacta de quien ahora partía. Apenas contaba con seis o siete años y retrataba en plastilina a los visitantes de su hogar.

En los repasos de su niñez añora una colección de motos en todas las cilindradas y colores hechas en plastilina y elaboradas por él, un día un amigo de aquellos primeros años, mientras Undivar se bañaba, fue a su casa y se las llevo todas.

Su idea de inmortalizar obras en plastilina lo hizo crear unas selladas cajas, esto le surgió al observar los cajones donde venían habanos que consumía su joven padre, la primera figura que ocupo su primitiva caja fue un parque con jardines, sillas y fuente.

Hoy sus obras viajan por Holanda, Estados Unidos, España, Argentina, Bolivia, Francia, Japón, Cuba, Canadá, Colombia, Nueva Zelanda, México, Suiza, Londres y en todas partes de Venezuela, valoradas por el esfuerzo del arte en plastilina.

Mientras trabaja sus hijos recorren la casa y jardines olorosos a limas verdes, el viento hace su parte esparciendo millones de semillitas del conocido yaragua, polinizan todos los lugares de La Mucuy.

Su hogar es una vieja casa de más de medio siglo, restaurada por él, hace casi década y media, donde viejas y nuevas maderas de teca se confunden en sus techos.

En su escultórico lugar de trabajo lo sorprende la madura madrugada, escuchando las caricias del viento que destranca y golpea la vieja ventana sostenida por retazos de madera.

Se dedica a cortar piezas de cedro, no más allá de once a trece centímetros cada una,  con viejos trapos los engruda de chimú y asfalto en barras, así envejece madera, en una vieja caja de zapatos aguardan en reposo trasparentes vidrios de dos líneas, donde se admiran cada figurita en plastilina.

La entrada de la cocina es sorprendida por un restaurado arco de ladrillos colorados al fuego, este le acompaña la inspiración en los recuerdos de cada fría noche.

Miguel Jaimes
venezuela01@gmail.com
24 de febrero de 2010



Tu opinión es importante. Escribe un comentario