La primera historia de amor

Por • 17 Feb, 2010 • Sección: Tribuna Abierta

Eran el año mil novecientos treinta y nacía un delgado niño, ochenta años después aun se le conoce con el nombre de Juan Antonio Maldonado, vivió en un sitio llamado La Isla, situado montañas atrás del patio de su casa. Vive en la curva de Mucusiri en las solitarias y apacibles montañas de La Mucuy de Mérida. Su eterna compañera se llamo, Soledad del Carmen Ramírez, cumplieron casi cincuenta años de casados, hasta que el roció de aquellos montículos dejo de traspirar para ella.

Don Juan relata; la conocí en mi escuela de primaria, estudiamos juntos, ella estuvo allí por dos años, luego se la llevaron y no la volví a ver hasta un día que la trajeron, siete años después, ya era una señorita.

Cierta tarde llego la noticia que en San Juan Bautista, villorrio cercano a Barinas, un amigo muy cercano al pueblo había fallecido, inmediatamente me le pegue a unos aldeanos con el pretexto de ir al funeral, pero en realidad quería verla, al llegar al pequeño caserío de aisladas casas, camine por su única calle principal, -aun debe ser de tierra y las casas deben estar destruidas, todos partieron de allí- era una bajada, al voltear, desde un patio, la vi en su balcón.

Regrese, pero constantemente emprendía caminata de dos que me emocionaban mucho, llegaba con mis pies hinchados de tanto andar por sobre rocas, barro y atardeceres.

Un día a mi regreso vi la maleza tumbada, algo muy grande y pesado había acabado de aplastarla, apenas se levantaban algunas espigas, enseguida supe que estaba al lado del gran oso frontino, en el bolsillo de mi ruana tenía un cuadrito de San Antonio, rápido pedí que me salvara de aquel temido animal, al voltearme, él estaba encima de mí, trepado en un árbol, al verme hizo sus orejas hacia delante y me miro para atacarme, mi fe en San Antonio me salvo, me dio fuerzas para salir de aquel lugar y aquel feroz animal no emprendiese mi cacería.

Para esos viajes me preparaba unas carabinas, eran una especie de tunjas de harina y cebollín picadito para que no se pusieran duras, me duraban todo el viaje, cuando me daba sed tomaba agua de los arroyos y al sorprenderme la noche hacia un lugar con pequeñas hojas de plantas, en la mañana me despertaba con el silbar de cientos de pájaros y seguía camino.

Eran los años cincuenta cuando me case con Carmen, yo mismo le construí su casa en 1963, nunca tuvimos hijos, siempre fuimos muy felices con todos sus suspiros, aun vive y es mi muestra a todos, que nunca habrán amores imposibles, y que todos debemos luchar por ello…

Miguel Jaimes
venezuela01@gmail.com



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