Conciliadores, oráculos del socialismo e incoherencias

Por • 16 Feb, 2010 • Sección: Tribuna Abierta

¿Cómo entender a Antonio Aponte? ¿Hay un manual?

En la literatura épica, en templos, generalmente cavernas, como el de Apolo u Oráculo de Delfos, las pitonisas tenían respuestas a todo. Eneas, Aquiles y otros tantos, antes de emprender algún viaje o entrar en batalla, a ellos acudían en busca de buenos consejos por lo menos.

En la revolución ha habido oráculos y pitonisos. Estos siempre han creído tener manualizado todo, a pesar de Ludovico Silva y su anti- manual. El mundo les parece una pequeña bola de billar, dividida en cuadrículas. El movimiento, en sus cavernas, se detiene con solo ellos mirar las “peloticas”.

Fidel Castro, hombre de una sabiduría incuestionable, sobre todo en los quehaceres por construir el socialismo, recientemente dijo que su mayor error es haber creído que alguien tenía la varita de virtud para eso. Es decir, el cubano en su infinita humildad y prudencia, parecido a aquello “sólo sé que no sé nada”, se nos definió como ajeno y no creyente en quienes habitan los oráculos.

Pero pese a tales ejemplos de peso en el campo de la revolución, hay quienes creen tener la bola de cristal.

Uno no entiende por qué algunos caen en la contradicción de llamar a todo el mundo a apoyar al comandante Chávez, en actitud acrítica, como “a lo que salga”, pero luego califican lo que el presidente hace y defiende en casos, como manifestación de reformismo y actitud conciliatoria con el adversario. Pues, ni más ni menos, nuestro presidente suele “presentar formas económicas de apariencia diferente al capitalismo”, manifiesta su acuerdo a admitir y hasta asociar al Estado con “empresarios con sensibilidad social” y habla de “empresas de producción social”. Ahora mismo acaba de expresar su disposición a asociarse con gente de CATIVEN, todo lo cual rompe con el orden de las piezas de ajedrez de Antonio Aponte. Y uno, quizás más por conciliador que por reformista, no condenaría al presidente por eso.

Es más, como en Cuba, en Venezuela, el Estado se asocia con capital chino, español, japonés, gringo, etc., en diversas áreas, especialmente el petróleo. Chávez, contrariando al antes mencionado comentarista, plantea esas “formas híbridas de socialismo-capitalismo”, calificadas así y repudiadas por éste, quien otras veces llama a apoyar al presidente a ultranza. Por los momentos opina que eso impide “la formación de conciencia social, y termina por abrir paso al capitalismo”. Galimatías por demás complicado.

A esa conducta del Estado venezolano que el líder impulsa – nadie le engaña o embarca – los oráculos, en veces en exceso complacientes, califican de conciliadora y reformista. Entonces ¿apoyamos o no a Chávez?

La conciliación no es intrínsicamente ajena a reformismo y revolución, a menos que por regusto uno le asigne a las palabras solo el sentido más canallesco.

Abundan quienes suelen darle a las palabras sólo el entendido que satisfaga su ánimo o espíritu díscolo o convulso. Conciliación, diálogo, etc., suelen tomarlas como satánicas y hasta vulgares.

Hay posiciones revolucionarias que, en un momento y espacios dados, pueden parecer diferentes, pero si son tales, no tienen por qué serlo de manera irreducible. En este caso, ellas pueden conciliarse. Para eso están diálogo, tolerancia, talento y hasta honestidad.

Los conciliadores aparecieron antes de la historia misma. Tomando como tal la definición convencional de ésta que aparece en los manuales. Desde que el hombre, atendiendo a su innata condición gregaria, se agrupó hubo de conciliar, acordarse sobre formas organizativas y operativas. Rousseau, habló del “Contrato Social”. Era un asunto de convivencia que no eludía la lucha de clases. La apropiación y acumulación luego volvieron la conciliación también como una herramienta para evadir la justicia. Se trata de atender con pertinencia lo que acontece.

Los cambios sociales, las transformaciones, obedecen no sólo a deseos y buena fe, sino a acumulados cuantitativos, como correlación de fuerzas y propuestas adecuadas a tiempo y espacio; nunca traídas éstas por los cabellos o sacadas de manuales para meterlas a martillazos en la realidad. Así no se daría el salto cualitativo. ¡Por eso los matan! “Inventamos o erramos”.

La coherencia suele ser sinónimo de inteligencia, buena fe; lo contrario propio del desorden o lo inconfesable.

No es totalizadora, para decirlo como Sartre, la frase, autoría de Aponte, según la cual, “las revoluciones pacíficas transcurren en medio de una fuerte tentación reformista”; si son violentas no son ajenas a ello.

Pero tampoco es un problema de violencia; es de acumulación “de energías” que incluye, además de lo que la gente normalmente imagina, conciencia de clase, compromiso, experiencia, aprendizaje productivo, liderazgo, construcción y manejo del aparato productivo y eficiente organización a todos los niveles. Tampoco es cosa de embriagarse de poder, disparar decretos, decir que en el camino se emparejan las cargas, ni pajaritas preñadas.

Eligio Damas



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