CAP y el caracazo por creerse ungido

Por • 12 Feb, 2010 • Sección: Tribuna Abierta

Carlos Andrés Pérez, solía ser muy locuaz y taimado al mismo tiempo. Como los caudillos de la sierra andina, era muy zorro; tanto que casi siempre logró sus objetivos. Fue presidente dos veces; en cada oportunidad alcanzó cifras de votos sin precedentes. Casi, dentro de AD, se impuso a Betancourt, tanto que terminaron distanciados.

Por esa zorrería y espuelas de colosales dimensiones, en la toma de posesión de su segundo mandato, aquel fastuoso acto que llamaron “la aclamación”, creyó oportuno delinear lo que sería su programa de gobierno. Pero desde aquel día comenzaron a volteárseles los santos y enredárseles las espuelas. Los brujos dejaron de protegerle.

Su discurso de toma de posesión fue su “muerte anunciada”. En él, esbozó el paquete que poco tiempo después presentaría Miguel Rodríguez, entonces su Ministro de Planificación. Esta coyuntura exaltó los ánimos y puso a los venezolanos en tensión. Pérez sobrevaloró al extremo su liderazgo y pensó que, por aquella avalancha de votos que le llevó de nuevo a Miraflores, votos de la gente pobre y marginada, pocos de la clase media, podía hacer lo que le pareciese, hasta inmolar a los venezolanos.

Pero su equivocación fue absoluta. Quienes le llevaron casi en hombros dos veces al palacio de gobierno, de haber podido, lo hubiesen linchado el 27 de febrero de 1989. Para que eso no sucediese, las fuerzas represivas del gobierno por él comandadas, incurrieron en un genocidio cuya investigación todavía está pendiente.

Este Pérez, ladino como el que más – pero tanto va el cántaro al agua- siempre intentando enredar las cosas, acostumbraba a decir “ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario”.

Ese galimatías fue casi un estandarte para evadir situaciones y recurso destinado a confundir a los venezolanos que una vez casi le adoraron.

Más allá de los sesenta años, preparándose para la campaña electoral de 1988 y soportar las largas caminatas que caracterizaron su actividad proselitista, optó por someterse a un riguroso entrenamiento y despliegue de energía, por lo que era frecuente verle saltar sobre pozos de charco de ciertas dimensiones o diámetros.

Toda esa euforia y el apoyo aplastante de los venezolanos expresado en las urnas, le llevaron a creerse inmune, propietario de la voluntad de todos y ungido por los dioses. Creyó en un viejo axioma de sociólogos de pacotilla, según el cual los líderes podían mover las masas a su antojo. Uno no sabe a ciencia cierta si tuvo oportunidad de leer algo serio y de manera sistemática o si fue un formado en la escuela de la vida, un autodidacta al estilo Piñerúa. Quizás, pudo ser todo esto lo que le hizo creer que el ciudadano de aquel momento era el mismo de cuando inició sus actividades políticas, al cual no había que tomar en cuenta porque nada sabía y poco interés mostraba por los asuntos de gobierno.

Cuando entró a Miraflores por segunda vez, se creyó en posesión de un mandato y en eso no estuvo equivocado. Los electores estaban ya demandando un cambio y exigiendo al Estado, con claridad nunca antes existida, que gestionase en beneficio de las mayorías. Los venezolanos todos de aquel momento, casi sin excepción, sabían de una renta petrolera que era suya y por la cual le tenían una inmensa deuda acumulada, que de paso se regalaba en contrataciones leoninas donde se lucraba el capital externo y las cúpulas políticas y económicas internas.

Pérez en su egolatría, deficiente formación y estimulado por la casta adulante y depredadora, no pudo descifrar los signos. Optó, con la recomendación de sus asesores, quienes todavía no se han percatado del tamaño de su equivocación, de hacer lo contrario de lo que la sabiduría popular demandaba.

Según informaciones recientes, el mismísimo Departamento de Estado, manejaba cifras que revelaban que mucho más allá del 80 por ciento de los venezolanos rechazaban categóricamente el paquete de Pérez.

Su sonsonete y galimatías de “ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario”, le utilizó para avalar el paquete que le ofrecieron el Fondo Monetario Internacional y sus asesores encabezados por Miguel Rodríguez. Y por eso, el prestigio de Pérez para sorpresa suya, como el botijón de la abuela, se rompió, se esparció en pedazos, en miríadas.

Si algo debieron aprender Pérez y su gente, lo que equivale decir la derecha, no es suficiente tener mucha gente alrededor suyo ofreciendo su apoyo y hasta dándolo en determinadas circunstancias. Ésta espera participar y eso implica que sus opiniones y aspiraciones, por ser mayoría, dueños de la renta petrolera y los beneficios del trabajo, deban formar parte primordial de los programas de gobierno. Ya no es fácil engañarle con discursos grandilocuentes y llenos de tecnicismo o cultismos ni menos con galimatías inteligentemente concebidos. Por eso, la oposición no levanta las encuestas y no habla a las masas, sino a pequeños y prejuiciados círculos.

Los venezolanos de hoy, mayoritariamente de pocos recursos, saben bien dónde les aprieta el zapato, de la conflictividad de clases y para qué sirve el Estado.

Eligio Damas



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