El arribista

Por • 10 Feb, 2010 • Sección: Tribuna Abierta

En la fauna política existe un espécimen conocido como “arribista”. Éste es una esponja, no una estrella de mar, gelatinosa. Es un parásito que busca el rescoldo de la fama transitoria o el rincón más apestoso de su animal momentáneo. Se pega como una sanguijuela no importándole mostrar su vientre manchado de sangre o de grasa, ni sus manos retorcidas en actitud de orante al revés, ni sus ojos vencidos por la gravedad de la infamia.

Busca sin reparo, como bailarina degenerada de películas porno, mostrarse incesantemente al amo de turno, quien lo toma, lo usa, lo enjabona y lo desprecia, pero lo mantiene, porque necesita una toalla de cocina para limpiarse los pies. Es decir, el jefe, el arribista mayor y primero, no primerizo, porque ya pasó la iniciación de un noviciado que no acrece sino se rebaja a los miasmas puros de la hediondez humana.

Tiene, el arribista, la sonrisa torcida, como un gesto tallado, la voz aflautada, la inclinación perruna, las orejas gachas, el pecho hundido, pero a veces hinchado de gases momentáneos. El paso no lo tiene definido, sino acompasado según el eco de otros pasos que aprende a conocer a la distancia. Y entonces marcha o cojea o corre solícito para limpiar la barbilla o alcanzar el papel higiénico a la voz que le aúlla desde las tribunas de la demagogia y la desvergüenza.

No traiciona porque nunca ha sido fiel. Tiene el hábito de ser alfombra cuando pasan la carroza y sus caballos, de hacerse a un lado cuando huele otro perfume más fuerte que el que lleva en sus malolientes axilas. Incapaz de contradecir al poder, se mimetiza peligrosamente para no ser devorado por otros de su especie. Camaleón profesional, su postura mejor es enroscarse entre las ramas de las migajas que le arrojan sus gamonales viles.

Cuando acaba su ciclo, eso lo determina su olfato habituado a reconocer a los nuevos amos de su concubinato perpetuo, emigra a otros parajes en donde sin pudor se muestra y saca la lengua reptiloide para lamer la mano de su patrón de turno.

Y, con una regularidad que espanta, siempre está junto a los devoradores de la dignidad, a los agitadores del hambre, a los sacrificadores de la esperanza, a los sultanes del odio, a los primeros ministros de la traición, a los buscadores de petróleo y diamantes, a los gordos cuyo dios es el vientre, a los cínicos y torturadores, a los virreyes del imperio, a los funcionarios globales, a los arzobispos del opus dei, a los oradores del fondo y del banco , a los que quieren ser presidente para robar, perdonar a los asesinos, indultar a los corruptos, alimentar a los domesticadores de la libertad.

Pertenece a una especie que no se extingue, porque tiene el hábito heredado del acomodo, de la adaptación, de la supervivencia. Sobrevive, como las cucarachas, en los rincones más insólitos, se alimenta en la sombra de cualquier escombro, y tiene, como las martinas, el sistema inmune a cualquier insecticida de la decencia.

El calorcillo fatuo de las elecciones lo multiplica y sale de su rincón invadiendo todos los pasillos de las viejas casonas o de los novísimos departamentos partidarios. Ahora mismo puede estar a tu lado. Está a tu lado. Reconócelo. Combátelo con entereza y dignidad. Pero ten cuidado, porque te puede denunciar, pues también tiene el hábito del soplonaje y de la insidia. Pero no desfallezcas. Arrójalo de tu organización, de tu movimiento, de tu sindicato, de tu partido. En la fauna política es una alimaña despreciable. Una nueva sociedad no se puede construir con su ominosa y nauseabunda presencia.

Gustavo Benites Jara



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