¡Cuánto me duele Haití!

Por • 2 Feb, 2010 • Sección: Tribuna Abierta

Miles de antorchas alumbran la madrugada de la destruida Puerto Príncipe  y   alrededor  de  algunas  de  ellas,  la  negrada  se acomoda para escuchar  al más joven que habla de  heroicos  jefes guerrilleros,   de indomables combatientes  licantrópicos,   de jornaleros que no supieron jamás acomodar a voluntad el lomo para recibir con paciencia el violento castigo del látigo infamante. De legendarios  personajes  irresistibles para las negras,  las  que se sentían  fervorosamente incitadas, celestialmente señaladas para hacer  germinar  en sus vientres la simiente  de  la resistencia frente  a  la  explotación  y  la  injusticia.  Ellas, las   más bellas negras  de Haití, como por voluntad divina o diabólica  se excitaban  al máximo ante la sola presencia de aquellos  héroes populares  de músculos calientes y poderosos, mirada  penetrante, desconfiada,   mandona  y palabra misteriosa, firme  y   hasta desafiante.  Jóvenes  negros hermosos que pueblan el cielo  o  el olimpo  de  la  negrada haitiana. Figuras varoniles  ungidas  de misterioso atractivo, que en la colonia fueron la maldita perdición para jóvenes amas blancas en noches presagiosas de luna llena.

Otro,  tan  joven como el que  habló  primero,  sin despegar los ojos de un legajo de papeles nuevos que sostenía con su mano derecha, empezó a disertar desde el punto de vista  donde se  bifurca  la  historia de su pueblo  afroamericano. Mencionó nombres  de  hombres de piel negra, oscura como  las  noches  del deambular  de zombis, duchos también en el arte de  eludir  los peligros  y  escapar en el momento oportuno  tomando a voluntad forma de reptil, insecto o ave; hábiles en el uso del veneno para eliminar  adversarios, comandantes de pandillas esquizofrénicas, pero apagado el fuego de la sangre que atrae a las hembras negras de  Haití.  A éstos les acusó de asociarse a los  jefes  de más arriba  de donde llegó aquel Hernán Cortés, padre, como  dijese Martí,  del  primer  rebelde  que parió este  continente. Y  se asociaron  para  apoderarse de las mejores tierras, las de  los antiguos  amos, someter al hombre a jornales miserables  y,  como los  Somoza en Nicaragua, negociar con la sangre  hambrienta  del negro haitiano.

Y  hablo también  ­ continuó  el  segundo  de  los oradores  en tono dramático ­ de nosotros mismos. De  estos  que aquí  estamos,  de las miles de personas que  dormimos  en  estas calles mugrientas en noches calientes de este Puerto Príncipe vuelto piedra y polvo;  de los  miles  de miserables que en esta  tierra nuestra  padecemos antes  y después que plantasen en Estados Unidos  esa gigantesca estatua  de  la libertad; de una población que ha supervivido, antes de esta infernal agresión de la naturaleza, si es sólo eso, sin la  más  elemental asistencia sanitaria; de una ciudad casi sin agua potable. De  un pueblo que hasta perdió el pudor por la disolvente sevicia de  la miseria.

Disertó el joven pues del sufrir que ahora  amenaza aniquilar  a  su pueblo. Al pueblo de infinidad de  héroes.  Pero también  habló  de un sufrimiento que amalgama  a  los  haitianos limpios  en el gesto y en el hacer; de una unión que se  hará más sólida  que  la  de los tiranos y sus cómplices. Y  dijo  que  la historia  haitiana enseña que si fue cruel la tiranía blanca,  la de los colonialistas franceses, la del látigo y la horca, también lo  fueron la de los mestizos haitianos; y la de  aquellos  negros Duvalier,  farsantes  usufructuarios  del vudú  y  los  infelices tonton macoutes, aliados de los encambimbados rapaces  capitales de  blancos  y negros  que  en  los  últimos  setenta  años  han desangrado a Haití. ¡Y cuánto y cómo lo han desangrado!

Esta   coyunda  infernal, este contubernio  ­  dijo furiosamente  el joven negro ­ de blancos y negros de  fuera,  de allá  del  norte,  y negros de adentro, de sangre  helada  y  sin hembras  negras que se emocionasen con sus portes y figuras que  se volvieron  rechonchas, ha sido infame, como lo es esta  mascarada de ahora, en medio de este torbellino.

En efecto ­ continuó el orador casi con violencia ­ sabíamos  y así lo hemos dicho siempre, empezando las veinticuatro horas antes de la huida de  Jean  Claude Duvalier, con toda la escoria que le  rodeaba,  los gobernantes gringos, de quien no sabemos si son animales u hombres licantrópicos, y el  Departamento  de Estado, ese ente que está en  todas  partes, todo  lo  ve, escucha, ordena, contamina y envilece, sacarían siempre  a los  tambaleantes gobernantes  haitianos para restarle  empuje al movimiento  que con fuerza y espíritu de  transformación  siempre ha gestado este heroico  pueblo  de  Tousseann  Louverture,  Juan   Jocabo Dessalins, Petión y el glorioso Charlemagne Peralte.

Y el joven negro continuó diciendo, se fue  Duvalier con su asqueroso séquito y se desmembró a los tonton macoutes, la fuerza represiva  familiar  del dictador. Pero  quedó  aquí  el espíritu rapaz y el orden de los inversionistas de la cultura  de la  libertad.  Esa misma cultura que simboliza la  estatua  de la bahía   de   Nueva   York,  cuyo   centenario celebró   Reagan, conjuntamente con la decisión de aportar 10 millones de dólares a los contra, precisamente ­ sarcasmos de un político envilecido- para  agredir  a  un  pequeño país que  sólo ha querido  vivir  en libertad :  Nicaragua.

Más tarde sacaron a un débil y cauteloso Beltrán Aristide, mediante la misma técnica que meses atrás aplicaron a Zelaya, sólo que a aquel le llevaron bien lejos, al Africa para que no pudiese volver. Se trataba de borrar nuestra historia y matar el más tímido gesto de redención y libertad.

Ahora, cuando esta fuerza descomunal, desatada por las agresiones que ellos mismos ocasionan al planeta, se ha abalanzado sobre nosotros, al inicio en lugar de ayuda humanitaria, desembarcan casi doce mil hombres armados hasta los dientes que se dedican, bajo cualquier excusa a agredirnos como siempre, todo bajo el falso argumento de la libertad y hacer “prevalecer el orden”,  lo que no es más que mantenernos para siempre en esta triste miseria en que vivimos. Nuestros héroes les producen miedo.

¿Qué orden es este? ¿Qué libertad debemos preservar, la nuestra o la de ellos?

Para finalizar dijo el joven a periodistas y su público haitiano hambriento, desnudo por el desastre de días atrás:

Después de humillarnos y atropellarnos con sus armas, tomar el palacio de gobierno, sin respetar nuestra soberanía, enviaron su “ayuda humanitaria”, mediante el grosero y vulgar procedimiento de lanzarla desde helicópteros. Nos temen, odian o desprecian tanto que no pueden como venezolanos, cubanos o mejicanos que cual topos, estos últimos, se hunden en escombros para salvar vidas arriesgando las suyas, por solo nombrar a unos hermanos, mezclarse entre nosotros, mirarnos a los ojos, extendernos las manos y hacernos llegar esa ayuda acompañada de su afecto y calor humano.

Eligio damas



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