18 de enero de 1975: La fuga del Cuartel San Carlos

Por • 18 ene, 2010 • Sección: Reflexiones

Operación Jesús Alberto Márquez Finol “El Motilón” Mártir de la Revolución Venezolana

OPERACIÓN: JESÚS ALBERTO MÁRQUEZ FINOL “EL MOTILON”
Mártir de la revolución venezolana

Hora: 6:45 p.m. Día: 18 de enero. Año: 1975.

Con el cuerpo ligeramente apoyado sobre un vehículo estacionado al lado izquierdo de la calle que subía de la plaza El Panteón al Hospital Vargas, a unos setenta metros del mismo, estábamos el compañero Carlos y yo, esperando recibir el aviso de que se había cumplido la primera fase de la operación.

Un grupo comando integrado por seis revolucionarios, tomaría militarmente una casa de dos plantas, ubicada en el ángulo derecho de la esquina San Rafael. Esta casa, cuya fachada principal estaba orientada hacia el norte en un trozo de calle ciega, de unos 15 metros de largo y que terminaba abruptamente en la parte alta de la quebrada, tenía en el segundo piso un balcón desde el cual se dominaba plenamente toda la calle que, en subida, caía perpendicularmente sobre la calle perimetral de la fachada lateral derecha del Cuartel San Carlos, el cual era para la época una fortaleza militar del régimen, convertida en cárcel política desde el gobierno de Rómulo Betancourt. Al frente de esta unidad y coordinando toda la operación, estaba el extraordinario amigo y excelente combatiente Tito González Heredia (Rojita), quien, una vez dominada la situación dentro de la casa, ubicó estratégicamente a sus hombres en el balcón -cinco guerrilleros de amplia experiencia en el combate, armados con fusiles automáticos- quienes, de ser develada la operación, tenían la misión de hacer infranqueable el acceso a la calle, de más o menos 100 metros de largo, por donde debíamos salir. La segunda unidad de comandos, de 4 combatientes, entre ellos el compañero Carlos y yo, más el grupo de presos rescatados, que confiábamos serían los 23 ya comprometidos en la fuga. Justo a las siete de la noche, apareció en el balcón un combatiente con una toalla blanca. Era la señal convenida, el plan entraba en su segunda fase.

Carlos y yo empezamos a caminar calle abajo, a un ritmo moderado; llegamos a la esquina de San Rafael, dimos una mirada disimulada al balcón y cruzamos a la derecha, subiendo por la acera del mismo lado, hasta llegar a la casa marcada con el número 20-1; era la segunda, contando de la esquina del Cuartel hacia abajo. Sabíamos que allí vivía el músico Víctor Cuica. Tocamos la puerta que estaba cerrada, nos identificamos verbalmente como agentes del DIM que cumplíamos la rutina de visitar las casas adyacentes al cuartel; nos fue franqueado el acceso por la esposa del músico y una vez adentro, sin hacer alarde de nuestras armas, pero dejándolas ver, explicamos a la señora que haríamos una revisión del inmueble. Previa comprobación de que sólo había dos personas adultas en la casa (la señora Iraida, esposa del músico y otra dama, más o menos de la misma edad, cuyo nombre no recuerdo), tiramos la señal acústica que debía ser respondida por los compañeros que, para ese momento, podían estar a unos 3 metros por debajo de los cimientos de la casa y a más de 50 metros de sus celdas… se oyeron tres golpes lejanos, tímidos, cautelosos, debajo del piso de la casa; repetí la contraseña y la respuesta se hizo más audible; no había duda: estábamos sobre el objetivo. Entrábamos en la tercera fase de la operación. Nos comunicamos, vía radio, con la pareja que traía el maletín con las herramientas y al poco rato llegaron Salomón y El Gancho con el equipo. Cogí las herramientas y los compañeros tomaron adecuada posición dentro de la casa; pedimos a las dos señoras que continuaran sentadas frente al televisor viendo su programa “Feria de la Alegría”, un musical donde estaba interviniendo el dueño de la casa.

Dotado de un estetoscopio, un taladro de percusión, una mandarria y un palín, golpeé de nuevo el piso; ahora los compañeros debían emitir con precisión la respuesta, para ayudarme a ubicar en la superficie el sitio donde debía empezar a perforar. Los golpes se oían dentro de un cuarto ubicado a la derecha de la sala; el sitio estaba cerrado con llave; la esposa del músico informó que ese cuarto contenía los muebles y otros enseres domésticos de un inquilino de la casa. Logramos abrir el cuarto, y una vez dentro, volví a dar la señal; esta vez la respuesta se oyó debajo de una lavadora que estaba en un rincón de la habitación; la desplazamos y utilizando el estetoscopio con pequeños golpes en el piso, fui ubicando el sitio donde debía cortar; un cuadrado de más o menos 40 centímetros quedó trazado en el piso. Había transcurrido poco menos de una hora; quedaba por hacer el trabajo mas fuerte. Pedí aumentar el volumen del televisor buscando ocultar el ruido del taladro al perforar el concreto: Afuera, en la calle, la gente oía emocionada el juego de béisbol entre los eternos rivales, el Caracas y el Magallanes… yo pensaba: “Dios quiera que también los centinelas del cuartel estén pendientes del juego”. Las señoras empezaron a sentirse inquietas; como que presintieron que algo grande estaba por suceder. Me arrodillé sobre el piso con el taladro en las manos: iniciaba una tarea en la que estaban seriamente comprometidas nuestras vidas. Empecé a perforar pensando cómo hacer para que el ruido del taladro a esa hora de la noche no nos delatase. Fueron dos horas de intenso trabajo; había logrado romper la loza del piso y sacar un bloque de mas o menos 40×40 centímetros de espesor. El grado de tensión ahora era menor; el taladro ya no era necesario, el trabajo resultaba más fácil y menos ruidoso; había que cavar la tierra, buscando conectar ese hueco con el túnel que venía del San Carlos. Cavé por un tiempo que se volvió eterno. De pronto, Salomón ordenó silencio y todos quedamos a la expectativa. Se oyó abrir la puerta de la calle y entró un señor; Salomón esperó que cerrara la puerta y lo apuntó con su arma; lo hizo seguir hasta la cocina, donde fue inmovilizado. Resultó ser un agente del DIM que vivía en la casa. Se le requisó y se le despojó del arma que portaba; las mujeres se asustaron e imploraban que no les hiciéramos daño. Para ellas ya todo estaba claro: nosotros éramos guerrilleros. Se les explicó que nuestra intención no era matar a nadie, que se quedaran tranquilas, que nada malo les iba a ocurrir.

De allí en adelante, me olvidé de todo cuanto sucedía alrededor; asumí la tarea con toda la fuerza, la pasión y el entusiasmo que la misma exigía. Continué excavando hasta que el palín no encontró resistencia; se desprendió un terrón que dejó un hueco del tamaño de un puño; mi alegría fue inmensa, indescriptible; había acertado por completo. Estábamos sobre el túnel… abajo había una luz encendida; mis manos cobraron nuevo impulso, la tierra caía con violencia, el hueco quedó despejado. Me detuve un instante: abajo la mirada sonriente y anhelante del amigo, compañero de muchos años de cárcel, a quien, parece mentira, tenía la más absoluta seguridad de que sería el primero de los presos que vería. Alzó sus brazos apoyado en el piso; yo estiré los míos, aferradas las manos en un alarde de fuerza; pasaba por el hueco, hacia la libertad, la enorme humanidad de Pablo Hernández Parra, el primero de los veintitrés presos políticos que, cerca de la medianoche del 18 de enero del año 75, conquistaban la libertad para incorporarse a la lucha desigual que en el campo y las ciudades librábamos un reducido grupo de venezolanos y venezolanas que dedicaron su vida a la construcción de un mundo más justo y más humano.

Han pasado veintinueve años de ese día. (A la fecha ya son 35 años) De los veintitrés presos fugados, algunos murieron combatiendo al lado de otros valientes compañeros en defensa del ideal patrio. La camarada Emperatriz Guzmán murió en la llamada masacre de Cantaura. Marcos Ludeña, Vicente Contreras Duque y Quintín Maya también regaron con su sangre las flores de sus sueños libertarios. Su sacrificio, como el de tantos otros (más de diez mil), aún no ha sido justamente reivindicado ante el país y el mundo, por quienes tenemos la obligación moral y el compromiso histórico de hacerlo. Otros, como Marco Tulio Cróquer, Alí Torres y el gordo Darío (no recuerdo su nombre completo), cayeron en manos de la policía y se convirtieron en delatores y traidores de su clase y del movimiento popular.

El camarada Tito González Heredia murió en una emboscada, acribillado a balazos por la policía política del gobierno de Carlos Andrés Pérez. La gran mayoría continuamos siendo entusiastas, consecuentes luchadores por la construcción de otro mundo posible.

Muchas otras cosas dignas de ser contadas, sucedieron a partir de esa madrugada. Quizá este relato motive a otros compañeros a hablar de las experiencias vividas, en el entendido de que esa es una memoria que puede ayudar a la comprensión del grado de desprendimiento, espíritu de sacrificio y mística necesarios en la formación de todo aquél que aspire conquistar una vida más digna para las mayorías.

Hemos sido una generación que nunca ha renunciado a la posibilidad de construir una sociedad donde la justicia y el bien común oriente la relación entre los hombres; no hemos estado conformes con el país que heredamos de nuestros padres y haremos lo imposible para que ese no sea el mismo que hereden nuestros nietos.

Es de elemental justicia destacar el hecho de que esta operación político-militar fue pensada y ejecutada en uno de los momentos de mayor debilidad del movimiento revolucionario venezolano, y que a pesar de su complejidad y magnitud, no produjo muertos ni heridos en los sectores en pugna, convirtiéndose en una lección de valentía, inteligencia y humanidad, para un régimen que nunca tuvo el mínimo respeto por los derechos humanos de sus adversarios, quienes en la mayoría de los casos fueron torturados, encarcelados por años, incomunicados y masacrados vilmente. Son muchos los casos que pudiéramos nombrar; haré mención de uno que me tocó muy de cerca por el grado de afinidad que me unía a él.

Jesús Alberto Márquez Finol (El Motilón) fue emboscado por tres agentes de la policía política del presidente social-cristiano Rafael Caldera, quienes le propinaron más de veinte tiros en el momento que caminaba cerca del Teatro Los Cedros, en la Avenida Libertador de Caracas. El Moti se había fugado espectacularmente del séptimo piso del Hospital Militar de Caracas y era buscado activamente por todos los cuerpos de seguridad con la firme intención de eliminarlo físicamente; ese día, jueves 1 de marzo del año 73, ejecutaron cobardemente su sentencia, secuestrando luego su cadáver para evitar que el pueblo tuviera la evidencia de esa cobardía y convirtiera su entierro en manifestación de duelo popular. Este y muchos otros crímenes, cometidos en nombre de la defensa de la democracia representativa, fueron silenciados por los cómplices y alcahuetas del régimen, que hoy se rasgan las vestiduras reclamando derechos que disfrutan plenamente y que ellos nunca respetaron.

Es auténtico.

* Pedro Reyes Millán – C.I. 2.161.309

publicado en Soberania.info – 16/01/04

Pedro Reyes Millán (enviado por Pedro Figueroa Guerrero )
Enviado por Pedro Figueroa Guerrero rocinante2001@gmail.com



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