En mi Barrio desaparecían los animales domésticos, como por arte de magia

Por • 23 Jun, 2009 • Sección: Tribuna Abierta

Nada más extraño, que lo que acontecía en nuestro barrio. Gallinas, conejos, chivos, pavos, Cochinos, guacharacas, desaparecían misteriosamente. Solo aparecían a los dos días en las casas de sus dueños las plumas cueros, tripas, pezuñas y cualquier otra cosa que en vida hubieran pertenecido a estos animalitos caseros misteriosamente desaparecidos.

En una sola noche, podían desaparecer entre tres o cuatro gallinas, dos pavos, un chivo, un cochino. Todavía no se hablaba del tristemente famoso Chupa cabras, parecía que en el barrio tenía un adelantado precursor. Lo extraño era que las jaulas no eran forzadas, los perros no ladraban y los animales en cuestión no hacían ningún tipo de ruido que delatara cual era la causa de tan rara desaparición. Esto hacia más interesante este mito urbano en nuestro barrio.

Una noche, el día que murió Ana, una de las señoras más apreciadas y queridas de nuestro barrio, sucedió algo que en verdad tuvo características muy particulares que sorprendieron a todo el mundo. En pleno velorio, eran aproximadamente las tres de la mañana, se había acabado el café y las galletas. No había nada que repartir a los asistentes que eran muchos y muchas. Alguien consiguió unas ollas exageradamente grandes de la casa de la señora Josefina de Añez y mando a hervir mucha agua.

A mi me pareció la voz de mi hermano Pechi, la que dio la orden de hervir el agua.   Eran muy grandes estas ollas para hervir café. De repente un grupo de los muchachos mayores salieron para las tiendas del barrio, a tocar las puertas de los dueños de estas. Trajeron Yuca, plátanos verdes, auyamas, cebollas, ajos, jojotos, cilantro, papas, ajíes, ocumo, ñame, cebolla en rama, y todo lo necesario para preparar un gran sancoho.

Un sancocho de verduras, nos dispusimos a pelar y a limpiar todas las verduras. No teníamos huesos, ni carne, ni costillas, sopa de verduras nos tocaba esa noche de velorios, llantos, cuentos, chistes y risas. Cuando teníamos rato limpiando y ordenando verduras, comenzó a suceder algo insólito que nos asustó demasiado: cayó una lluvia de patos.

Los patos parecían caídos del cielo, uno tras otros, teníamos que esquivarlos. Hubo algunas mujeres que se desmayaron y otras comenzaron a rezar insistentemente, ante esto que insólitamente estaba sucediendo. Nosotros, los limpia verduras, salimos corriendo despavoridos y dando gritos, hacia el frente de la casa del velorio.

Los muchachos mas grandes, Pechi, Pacho, Mossi, Chivo, Ramón, Bartolo, Gerardo y otros y otras más, echaron mano de los cuchillos, cosa que nos atemorizó, recogían los patos que estaban agonizando con los pescuezos partidos y procedieron a cortarles las cabezas, a destriparlos y a guardar las tripas y cabezas en dos barriles grandes que había traído Juan Luzardo de su casa.

Los patos después de sumergidos en el agua hirviendo, fueron desplumados de manera rápida y descuartizados en pequeños pedazos, las plumas también fueron a parar en los dos grandes barriles de Juan Luzardo. Estos pedazos de pato se metieron en el agua hirviendo de las ollas grandes, se taparon y luego de media hora le añadieron las verduras, la sal y otros condimentos.

El olor impregnó el ambiente, hasta los más adormecidos se despertaron al sentir el aroma de ese inmenso sancoho de patos. Se trajeron platos de todas las casas del vecindario, chucharas, potes, tazas. Hasta se las ingeniaron para preparar una inmensa paila de Arroz blanco, que sirviera de acompañamiento del gran  sancocho.

Todos lo vecinos y vecinas, después de la conmoción de la lluvia de patos, se alinearon con sus tazas, platos, potes, totumas y ollas, para disfrutar de un delicioso y muy alimenticio sancocho de patos. Todos y todas, al comer, se hicieron cómplices de todo lo que al otro día descubriríamos.

Doña Olivia, era la dueña de los patos sacrificados, ella fue victima de un extraño robo de sus muy queridos palmípedos. La lluvia de patos, no fue otra cosa que, cada uno de los muchachos grandes que corrían hacia la casa del velorio con un pato en su mano derecha agarrado por la cabeza, dándole vueltas en el aire hasta desnucarlos.

Al pasar por el frente de las casa del velorio, lo lanzaban con fuerza hasta el sitio en el cual los más pequeños pelábamos y limpiábamos  las verduras del sancocho. Quince patos en total cayeron de esta extraña lluvia de plumíferos caseros y causaron pánico entre nosotros.

Al amanecer nos despertamos con los gritos, patrullas, amenazas, llantos, risas, ruegos, cobros, eso era un total caos. Salimos a la calle, estábamos en medio de toda esa algarabía. Nuestros hermanos mayores nos llevaron aparte de este barullo, nos apartaron de la señora Olivia y de los policías. Nos amenazaron con castigarnos si decíamos algo. Generosa y extrañamente nos dieron algo de dinero para que fuéramos a la lejana tienda de Santa Bárbara, que distaba como a seis cuadras de nuestra calle, a comprar refrescos y galletas.

Los barriles en los cuales habían depositado las tripas, cabezas y plumas, aparecieron en  el frente de la familia Luzardo. Esa era la casa de Juan Luzardo, uno de los presuntos indiciados en la desaparición de los patos de doña Olivia.

A Juan no se lo llevaron preso por falta de pruebas que lo incriminaran directamente. A partir de esa fecha recibió el nombre de Juan Pato. Toda su familia también heredó ese calificativo. Desde ese momento dejaron de ser los Luzardo, para ser la muy conocida familia Pato en nuestro barrio.

Obed Juan Vizcaíno Nájera
23/06/2009.



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