El rostro de la amargura

Por • 7 Feb, 2009 • Sección: Tribuna Abierta

Reflexiones ante la marcha escuálida

Verlos y no sentir pena por ellos es por lo menos, un error de miopía. Ignorarlos no es buena técnica porque muchas veces se te sientan al lado y hasta clase te dan. Quedarse viéndoles el rostro tampoco es bueno porque puede que nos produzca grandes sentimientos de indignación. Todos tan bien vestidos, la mayoría tan plástica con millones en silicón encima; unos con sus sueldos harto reivindicados, otros con sus pensiones que jamás lo hubieran pensado, otros con ganancias que nunca habían tenido.  Y todavía uno se pregunta ¿por qué tanta miseria, tanta mezquindad? ¿Es que acaso distribuir la riqueza para que los descalzos de siempre tengan asistencia gratuita a la educación, a la salud y a la alegría, es tan rematadamente descabellado?, ¿duele tanto ver que alguien pueda sentirse gente y tenga los beneficios que otros han tenido siempre?, ¿duele tanto darse cuenta saber que detrás de aquellas lucecitas amontonadas de los cerros había (y aún hay) gente malviviendo y que no eran meras lucecitas de farolitos de esos de las películas gringas de Navidad que nos meten hasta en la sopa?

¿Qué hay detrás de que un obrero como mi tío Juan, con pensión digna del seguro y cesta tickets –porque aún trabaja después de 45 años-, diga que con ellos se marcha chévere porque huelen bien y visten bien? ¿Por qué llevaba él con tanto orgullo una piazo ‘e gorra firmada por unos de los militares criminales de la Plaza Altamira en aquellos días aciagos para la República? ¡Si él es un explotado! ¿Por qué no se da cuenta ni él ni esa secretaria de uñas paisajísticas –en las que invierte un dineral- con curvas de silicón y deudas en su cartera, que son explotados y que para sus jefes valen mientras les sirvan?

La revolución bonita parece que no ha sabido bañar de colores todos los rostros porque mucho burócrata recién vestido ha hecho estragos en su entorno y porque muchos rostros siguen estando en blanco y negro. Las banderas de color negro con siete estrellas blancas, las franelas blancas, las manitos blancas, los símbolos negros, la gente con adhesivos negros tapando sus labios, los lacitos negros en las pantallas de televisión, los crespones negros en sus estandartes. Blanco y negro. ¿Dónde estábamos cuando esos muchachitos –muchos de ellos ahora estudiantes universitarios- estaban solos en la casa bajo llave inventando nosequécosa con otros amiguitos, viendo sus ataris por horas, comiéndose las uñas con sus telenovelas de las tardes (¡hasta las 4!) y pegados a su ¡sábado sensacional es diferente, gusta a la gente!, ¿Dónde estuvimos cuando les metieron tanta mierda publicitaria en la cabeza?, ¿Qué hacíamos como docentes, como padres, como tíos, para frenar ese alud de superficialidades y estupideces sin argumentos que uno ve hoy día?

El rostro de la amargura hace la cola del comedor universitario con una botella de guéitorei en la mano; el rostro de la amargura se fusila los trabajos de otros y los somete como tesis de grado o artículos arrechísimos de investigación; el rostro de la amargura se roba las canciones de Violeta Parra para amenizar sus marchas porque no hay inspiración salvo para lanzar lo que siempre recibieron en la televisión; el rostro de la amargura busca las tarjetas de crédito y se lleva a Panamá unos cuantos para raspar los dólares, ¡ah! pero esta es “una dictadura”.  El rostro de la amargura aflora cuando regresa de unas pasantías del exterior con acento extranjero porque “no sé, siempre supe que yo era de allá, ves? Pero, nací aquí, para desgracia mía”. Y busca las maneras de devolverse, así sea para vender pizzas o ser niñera, tú sabes.

El rostro de la amargura no se va. Y difícilmente se vaya. Sin embargo, no es el único rostro que vemos. Afortunadamente, la música campesina es cada vez más alegre y sabrosa para bailar: entre el zancudo loco y el beso con chimó, mi gente consciente de su rol trascendental en el país baila y trabaja, sabiendo que su trabajo no es para el patrón que la explota sino para el beneficio colectivo. Los rostros alegres reflejados en la sencillez de una chicha andina, una arepa de maíz pelao o un perico con chicharrón  son muchos, muchos más que el rostro de amargura que ellos explotan mediáticamente. Ellos aún no terminan de darse cuenta que los estamos viendo todo el tiempo sin hacer mucha alharaca, pero seguros de que no nos ganarán con su rostro de amargura.
melva.marquez@gmail.com

¡CONCIENCIA Y COHERENCIA RADICAL!
Nuestras primeras necesidades.
¡VENCEREMOS!

Melva Josefina Márquez Rojas
“Red de Inf. Simón Bolívar” martinguedez@gmail.com
07/02/2009



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