La II Declaración de La Habana de Fidel y el “Por Ahora” de Chávez, se dieron un 4-F

Por • 4 Feb, 2009 • Sección: Reflexiones

Este 4 de febrero, el mundo recordará una vez más dos hechos que, aunque separados por el tiempo 30 años, estaban unidos y dirigidos hacia el solo e imperecedero propósito de alcanzar la liberación de los pueblos oprimidos: la profética II Declaración de La Habana, hecha por Fidel, y el indoblegable “Por ahora” emitido por Chávez en Caracas quien, con la Revolución Bolivariana hizo realidad lo que hacía tres décadas había vislumbrado el líder de la Revolución cubana.

Ambas revoluciones, con características y métodos propios, figuran entre las grandes gestas libertarias de la región y del planeta, y su líderes, como otras figuras descollantes de eventos similares que marcaron hitos en la historia de la humanidad, además de empuñar la espada o el fusil en el combate, dejaron como aquellos para la posteridad, escritos y discursos constituidos en legados de inspiración y guía para los pueblos, que ayer y hoy, y para las generaciones de revolucionarios de mañana, fueron, son y serán herederos de sus ejemplares trayectorias.

Epopeyas como esas, comenzaron en el siglo XVIII con la Revolución de las colonias de América del Norte liderada por Washington, quien dejó para la historia, otro de esos grandes documentos, como fue la carta de despedida a sus conciudadanos, en la que les advertía sobre el peligro de la aparición de “hombres astutos, ambiciosos y sin principios que logren trastornar el poder del pueblo”, como lamentablemente sucedió décadas más tarde, cuando los gobernantes que le sucedieron, convirtieron a Estados Unidos en un imperio, desatando una espiral de guerras por el mundo que prevalece hasta ahora.

De la misma forma, los escritos de los enciclopedistas, como Voltaire, Diderot, Montesquieu y Rosseau, ejercieron gran influencia en la sociedad del siglo XVIII preparando el ambiente para La Revolución francesa en 1789, que un mes más tarde proclamó los Derechos del Hombre y del Ciudadano, siendo ese otro de esos grandes acontecimientos revolucionarios pero, al mantener las anacrónicas estructuras y privilegios de la burguesía y la Iglesia, devino en luchas internas por el poder, hasta que Napoleón restauró la paz, pero al convertirse en emperador traicionó igualmente sus valores.

Fue en América Latina y el Caribe, al iniciarse el siglo XIX, y después de 300 años de opresión y explotación por los imperios de España, Francia, Portugal e Inglaterra, donde se dieron las primeras y auténticas revoluciones, siendo el de Haití, pionero en la conquista de la libertad en la región, al derrotar al ejército imperial de Napoleón, una efímera felicidad, ya que más tarde fue invadido y ocupado sistemáticamente por EEUU, que le impuso sanguinarios dictadores y que hoy pretende mantener su secular dominio tras secuestrar y expulsar a su legítimo presidente, Jean Bertrand Aristide.

La llama de la rebelión habría de encenderse poco después en la tierra firme americana, con Bolívar, Miranda, Sucre, San Martín, O’Higgins, Artigas y otros próceres que durante años y al mando de ejércitos improvisados constituidos en su mayoría por un pueblo campesino que aprendió a usar el fusil y a esgrimir la lanza o la espada en camino al combate, vencieron en históricas batallas, a las disciplinadas y bien armadas tropas de la España imperial cuyo sol se ocultó finalmente en Ayacucho.

De todos esos héroes, Bolívar fue quien tuvo más oportunidad de escribir en las breves pausas que en su quehacer de guerrero le robaba al tiempo, una serie de documentos que dieron a conocer al mundo el significado y comprensión de la gesta libertaria que lideraba y el análisis de los triunfos y derrotas de aquel movimiento emancipador al que dedicó y entregó su vida y su riqueza, así como su discurso inaugural del Congreso de Angostura, en febrero de 1819, “una de las obras más sobresalientes de la oratoria y de la política hispano-americana.”

La Carta de Jamaica, el Manifiesto de Cartagena, una abundante correspondencia personal y su última proclama, documento en el que expresa la amargura y el dolor de ver perdida su obra por la envidia, la traición y el odio, creyéndola destruida para siempre, condensan la herencia escrita que dejó a la posteridad aquel hombre que murió diciendo: “He arado en el mar”, sin saber que los estandartes que enarboló para conquistar la libertad de 5 naciones, serían rescatados, primero por Fidel y luego por Chávez en Venezuela quien le dio su nombre a la Revolución que lidera en su patria y en el continente.

Esas dos revoluciones, la cubana y la bolivariana, separadas en el tiempo por 40 años, fueron clarinada que despertó al pueblo latinoamericano y caribeño de la larga pesadilla en la que lo sumió el Imperio y sus vasallos, las oligarquías criollas, que tras la ausencia del Libertador, se adueñaron de la Gran Patria, en una confabulación de perversos que dio luz verde a EEUU para invadir y ocupar naciones y sembrar dictaduras y sumisas pseudo democracias para explotar gente y saquear riquezas y los pitiyanquis se conformaban con recoger las migajas del saqueo dejadas por el conquistador.

Fue el 1º de enero de 1959, que Fidel, junto con su hermano Raúl, el Ché, Camilo y otros combatientes, entraron a La Habana, asegurando el triunfo de la Revolución cubana y recordando a los pueblos oprimidos del planeta que es viable, realizable y no un sueño, la Utopía de un mundo posible, haciendo renacer en ellos la esperanza de conquistar su libertad, como habría de ocurrir 40 años mas tarde, con la victoria electoral de Chávez, quien al frente de una revolución pacífica e inédita, abrió nuevos horizontes para la segunda y definitiva independencia de América Latina y el Caribe.

Mientras la isla era sometida por EEUU al más brutal embargo económico, político social más brutal que registra la historia; víctima además de sabotajes y atentados, incluyendo intentos de magnicidio contra su líder y una invasión cobarde, derrotada por Fidel y el pueblo, el comandante lanzó desde la capital cubana la histórica II Declaración de La Habana, en la que, además de exponer el trágico escenario que exhibía América Latina y el Caribe, dominados por EEUU y una caterva de lacayos, dictadores y oligarquías, vislumbró la rebelión incontenible que tendría lugar más tarde en la región.

“Ahora sí, -decía la Declaración, una de las obras cumbres de su quehacer intelectual- la historia tendrá que contar con los pobres de América, con los explotados y vilipendiados de América Latina, que han decidido escribir ellos mismos, para siempre, su propia historia… Y esa ola de estremecido rencor, de justicia reclamada, de derechos pisoteados, que se empieza a levantar por las tierras de Latinoamérica, esa ola, ya no parará más.”

Fue una profecía, que después de inmensos sacrificios, de heroicas luchas desplegadas por los pueblos de la región, lamentablemente fracasadas debido a la intervención e injerencia obscenas del Imperio y el apoyo de sus cómplices, habría de cumplirse cuatro décadas más tarde en la patria de Bolívar, cuyo sueños y estandartes de libertad e independencia habían quedado truncos con su muerte, hasta que fueron rescatados cuando Hugo Chávez Frías, triunfó en las elecciones celebradas en diciembre de ese año.

América Latina, el Caribe y el resto del mundo, estaban en presencia del hombre quien con su constancia, estaba destinado a convertir en victorias las derrotas, como lo hizo el 4 de febrero 1992, cuando, tras fallar en su misión de derribar la pseudo democracia de Carlos Andrés Pérez, aberración del Puntofijismo, pronunció un discurso de no más de 175 palabras y apenas 30 segundos de duración que, por la sinceridad de su mensaje, estremeció los cimientos espirituales de la sociedad venezolana, cautivándola con su hechizo, y robándole para siempre el corazón con aquel inolvidable “!Por Ahora!”

Años antes, había hecho bajo el Samán de Güere, junto con varios compañeros revolucionarios, el histórico juramento, similar al que hiciera mas de un siglo antes en el Monte Sacro su maestro y guía El Libertador, juramento considerado como el punto de partida de la Revolución Bolivariana cuando, reunidos ante ese viejo árbol, testigo mudo hace centurias de una masacre perpetrada por los conquistadores españoles contra los indígenas arawk, Chávez y sus compañeros de armas expresaron solemnemente:

“Juro por el Dios de mis padres, juro por mi patria, juro por mi honor, que no daré tranquilidad a mi alma ni descanso a mi brazo hasta no ver rotas las cadenas que oprimen a mi pueblo por la voluntad de los poderosos. Elección popular, tierras y hombres libres, horror a la oligarquía.”

Eran los aciagos días que marcaron la caída de la Unión Soviética, nacida de la Revolución rusa, la más grande de la historia, ejemplo y guía para los revolucionarios del mundo, que liberó a un pueblo de siervos y esclavos y que, de la mano de Lenin y Stalin, se convirtió en una potencia planetaria, derrotando al fascismo hitleriano que la invadió, pero finalmente, tras siete décadas de existencia, sucumbió ante la conspiración del Imperio yanqui, que se lanzó sobre nuestra región dispuesto a seguir saqueándola, imponiendo el nefasto modelo neoliberal del capitalismo salvaje.

Lenin fue como Bolívar, autor de una infinidad de artículos, discursos, proclamas y cartas en las que analizó en profundidad el desarrollo de la política internacional, de revolución que dirigía y los peligros y amenazas que acechaban al proceso, acosado desde el principio hasta el fin, por los EEUU y las potencias europeas capitalistas, figurando entre algunos de sus escritos más importantes, El Imperialismo, fase superior del Capitalismo, La Guerra de Guerrillas y El Estado y la Revolución.

Otro gran evento político y social que cambió el curso de la historia, fue la Revolución China, nación asolada durante siglos por la voracidad de imperios como el inglés que invadió al país y sumió a su pueblo en el vicio de la drogadicción, desatando las guerras del opio con el apoyo de otras potencias europeas como Holanda, Portugal que, en alianza con EEUU impusieron su dominio sobre puertos y rutas comerciales a fin de explotar los ingentes recursos naturales de la nación asiática que también despertaron la codicia del imperio japonés que la invadió años después.

Fue Mao Tse Tung, arquitecto y líder de la Gran Revolución China, quien finalmente conquistó la libertad del país en 1949 tras derrotar al invasor extranjero y vencer al ejército nacionalista dirigido por Chiang Kai Shek, títere de EEUU y quien, además su gran capacidad de estratega militar, como planificador y dirigente de La Gran Marcha, fue autor de gran número de escritos políticos, militares e históricos, muchos de ellos recopilados en su obra conocida como El Libro Rojo, el texto ms publicado de la historia, solo superada por la Biblia.

Diez años mas tarde llegaría el triunfo de la revolución cubana y, una década después, la caída de la Unión Soviética y el final de la llamada Guerra Fría, dejando a EEUU como la potencia unipolar mas poderosa de la historia, situación que impulsó sus gobernantes a buscar la conquista económica y militar del planeta en la creencia de que sería una tarea fácil, sin contar que los pueblos del planeta ya no eran los mismos de antes, pues sus sueños de libertad se reforzaron y adquirieron mayor conciencia revolucionaria aprendida de los procesos libertarios de la Unión Soviética y en China.

Francis Fukuyama, el teórico del capitalismo y arquitecto del ultra neoconservadurismo aprovechó la situación para “venderle” al mundo, la falsa hipótesis que aseguraba que con la desaparición de la URRS, había llegado “El fin de la historia” y que en el planeta solo quedaba espacio para el brutal sistema que impulsaba, que reforzado con el Proyecto de un Nuevo Siglo Americano”, presentado a George W. Bush, como el plan perfecto para dueñarse del mundo, hizo que el incapaz gobernante desatara las guerras de Irak y Afganistán y apoyara las invasiones del sionismo en el Medio oriente.

Nadie, habría de pensar en esos días, cuando parte del planeta se hallaba sumido en conflictos bélicos, y nuestra región en un caos, resultado de las hambreadoras políticas neoliberales que privatizaron las industrias y servicios básico, dejando al Estado como invitado de piedra en aquel festin de buitres, y a sus pueblos en miseria, que en Venezuela, Hugo Chávez Frías, en contraposición a la absurda tesis de Fukuyama, dibujaba los trazos finales del Socialismo del Siglo XXI, obra que lo consagraría como maestro del arte de la política e ideólogo de la revolución latinoamericana y caribeña.

El líder venezolano, quien extrajo su proyecto de las raíces del socialismo original, logró perfeccionarlo y otorgarle mayor profundidad a los principios y valores de sus ideas que como toda expresión del pensamiento jamás mueren, contrariamente a lo asegurado por pensadores al servicio del capitalismo como Fukuyama, y adaptando sus ideas a las realidades de América Latina y del Caribe, supo imprimirle modalidades y características propias de las aspiraciones e idiosincrasia de sus pueblos, y hoy los gobernantes progresistas de la región y sus pueblos, han adoptado el Socialismo del siglo XXI.

Fue entonces, y a partir del triunfo electoral de Chávez, que la Revolución Bolivariana hizo sentir su influencia y siguiendo el ejemplo venezolano, uno tras otro, varios pueblos eligieron en transparentes procesos comiciales a una legión de gobernantes progresistas quienes con su adhesión al socialismo del siglo XXI, están cambiado el mapa político, económico y social de América Latina y el Caribe, desalojando de su “patio trasero” al Imperio al rechazar anexionistas planes como el Alca y adoptando a la vez el Alba, la Alternativa Bolivariana para las Américas, otro proyecto integrador y humanista del mandatario venezolano.

Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Paraguay, Uruguay y Venezuela, junto con Cuba, exhiben actualmente ese nuevo escenario revolucionario, donde la justicia, la igualdad y el progreso que construyen sus pueblos de la mano de sus líderes, enfrentan las conjuras del Imperio y sus cómplices de siempre, las oligarquías criollas, los políticos corruptos marginados por la gente y la prensa mercenaria, que pretenden revertir la historia, devolviéndolos al pasado de iniquidad y explotación en el que vivieron sumidos durante siglos.

Es un panorama construido a base de grandes sacrificios, pleno de promesas y esperanzas, el que presentan esos pueblos, dispuestos a luchar y entregar, si es preciso hasta sus vidas para conservar las conquistas alcanzadas a costa de sangre, sudor y lágrimas, luego de siglos de vivir luchando contra la ambición y la codicia de unos imperios que una vez los invadieron y conquistaron, el último de ellos, el Imperio yanqui.

Ya Fidel, con ese don de visionario reservado a pocos hombres como Bolívar, (quien profetizó un año antes de su muerte que, “Los EEUU parecen destinados por la Providencia para sembrar de miserias a la América a nombre de la libertad”) , había vislumbrado el papel que le correspondería jugar a nuestros pueblos para superar la era de injusticia impuesta en la región por el Imperio, cuando, el 4 de febrero de 1962, a una semana de conmemorarse el 109º aniversario del natalicio del Apóstol de la Libertad cubana, José Martí, emitió La II Declaración de La Habana.

El joven abogado Castro había alcanzado en 1953, fama de gran tribuno que lo consagraría como uno de los grandes oradores del siglo XX, al pronunciar su histórico alegato conocido como “La Historia me absolverá”, cuando asumió su propia defensa en el juicio que en su contra instauró la dictadura, por haber liderado el 26 de julio de ese mismo año el asalto al Cuartel Moncada junto con un grupo de estudiantes que, tras ser capturados durante la fallida acción, fueron torturados y asesinados por los verdugos de Batista. “Condenadme: La historia me absolverá, -expresó al final de su discurso Fidel:

Una vez liberado, marchó al exilio, y desde México, con 82 combatientes, el Ché entre ellos, embarcó un día en el Gramma, y desembarcó en una playa pantanosa de su patria, y acosados por la aviación y tropas de la dictadura batistiana, solo un puñado de ellos logró alcanzar la Sierra Maestra, desde donde, iniciaron la epopeya de la Revolución cubana, de mano con el pueblo, hasta derrotar finalmente a aquel lacayo del Imperio y tres años después emitió aquella Declaración, que abrió caminos de esperanza a los pueblos oprimidos del continente y del resto del planeta, cuando dijo:

‘Porque esta gran humanidad ha dicho “!Basta!” y ha echado a andar. Y su marcha de gigantes ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia, por la que ya han muerte más de una vez inútilmente. Ahora, en todo caso, morirán como los de Cuba, los de Playa Girón, morirán por su única, verdadera, irrenunciable independencia.”

Y, esa ola incontenible vislumbrada por Fidel, descargó una vez más su furia, esta vez en Belem, donde hace una semana tuvo lugar la mas reciente edición del Foro Social Mundial que en los últimos años reúne a decenas de miles de revolucionarios del planeta, y que contó con la presencia de Evo, Lula, Correa, Lugo y Chávez, el primero en hacer cumplir la profecía hecha por el líder de la revolución cubana hace 47 años en la II Declaración de La Habana y autor del inclaudicable Por Ahora, pronunciado como el discurso de Fidel un 4 de febrero.

Realidades como esa demuestran que Chávez y Fidel, combatientes que han esgrimido como otros revolucionarios del mundo, el fusil, la pluma y la palabra como armas para liberar a sus pueblos, ya no están solos, los acompañan gobernantes progresistas en la nueva gesta libertaria que adelantan, como agua de la ola incontenible sobre la que se ha montado esa gran humanidad en marcha que está arrastrando al Imperio a su final y, como practicantes del Socialismo del Siglo XXI, están poniendo así fin al saqueo que durante más de un siglo EEUU perpetró en la región en complicidad con sumisos gobernantes y las oligarquías criollas.

Hernán Mena Cifuentes
ABN  03/02/2009



Tu opinión es importante. Escribe un comentario