La nueva crisis global del capitalismo y la izquierda en América Latina

Por • 2 Feb, 2009 • Sección: Reflexiones

Antes de analizar este problema de candente actualidad, es necesario aclarar primero lo que en sociopolítica se entiende por “izquierda”, pues el uso de este término como una referencia política siempre ha sido muy polémico. Por un lado están las definiciones y clasificaciones maniqueas: las consabidas izquierdas “buena y mala”; “responsable e irresponsable”; “carnívora o vegetariana”. Estas definiciones, que no merecen mayor explicación, se hacen según el criterio subjetivo del analista y constituyen casi exclusivamente un problema de valoración moral de las mismas. También encontramos una cartografía política que divide a la izquierda en “derecha de la izquierda”; “centroizquierda”, y ultraizquierda”, según el criterio que mide la distancia o el grado de complacencia que se tenga con respecto a las posiciones de la derecha.
Por otro lado podemos observar las definiciones y clasificaciones que transitan por los espacios históricos de las luchas políticas. Algunas se encuentran estancadas en concepciones del pasado y evalúan la izquierda actual igualándola con el “jacobinismo, o bien con el “bolchevismo”. Otras se mueven con mayor soltura al tomar siempre en cuenta las condiciones históricas y las particularidades nacionales y de clase. ¿Ha sido la izquierda la misma en todo tiempo y lugar? A comienzos del siglo diecinueve, ciertamente el Jacobinismo revolucionario se identificaba como la izquierda por su ubicación en la sala de la Asamblea Nacional de Francia de aquellos años, mientras que los Girondinos y la Montaña, partidarios de cambios leves o de ninguno, ocupaban el centro y la derecha de la sala respectivamente. A partir de entonces, los términos “izquierda” y “derecha” pasaron a formar parte del vocabulario político general de Europa y, posteriormente, en todo el mundo. Pero no podemos olvidar que las tres eran facciones de la burguesía recién encumbrada.

Más tarde, en el período que comprende los años 1830 y 1849, se manifiestan profundas transformaciones en la situación económica y social de Europa. La revolución burguesa y la revolución industrial, con su acelerado desarrollo capitalista, acentuaron de tal modo las diferencias de clases que se produjo una verdadera escisión entre los ideales sociales y económicos de las diferentes clases. De este proceso surgieron los primeros enfrentamientos entre la burguesía y el proletariado, como también los primeros movimientos y partidos socialistas. Según explica Geoff Eley[i] en un amplio estudio sobre la izquierda europea, durante aproximadamente un siglo, entre 1860 y 1960, la tradición socialista ejerció una hegemonía muy duradera sobre la presencia real de la izquierda. Sus partidarios proporcionaron la columna vertebral de movimientos a favor de la democracia, fueron los precursores de sus formas más primitivas, ayudaron a defenderla y ensancharon sus límites. Por supuesto, los socialistas nunca pudieron alcanzar solos sus objetivos. Siempre necesitaron aliados. Pero aunque la izquierda fue siempre mayor que el socialismo (en el sentido del movimiento obrero en general) los partidos socialistas continuaron presentes en el núcleo indispensable.

Pero entre las postrimerías del decenio de 1960 y la caída del comunismo en 1989-1991, la tradición socialista entró en una larga crisis de la cual aún no se ha recuperado. En el caso de los comunistas, ello estuvo sin duda relacionado con el despotismo estalinista, la pérdida de legitimidad y el derrumbamiento definitivo de la URSS, pero la socialdemocracia experimentó una pérdida de rumbo igualmente debilitadora con la caída del keynesianismo durante los años setenta y ochenta. Los partidos socialdemócratas repitieron el anterior revisionismo de los años cincuenta, esta vez mudando casi completamente la piel socialista, abrazando los nuevos contextos neoliberales por medio de lenguajes de “modernización”. En ambos casos el socialismo dejó de funcionar como alternativa convincente al capitalismo. Así, en el decenio de 1990 la propuesta socialista tradicional enmudeció casi por completo y desde 1997 los socialistas en Europa han ganado y perdido gobiernos.

Por ello, para Geoff Eley cada vez resulta más claro que tanto la historia de la izquierda como la tradición política socialista, tal como la hemos conocido, necesita historizarse en un período determinado de la historia europea entre el último cuarto del siglo XIX, cuando en un país tras otro se fundaron varios partidos, y en el decenio de 1960, momento en que sus estructuras empezaron a deshacerse. De acuerdo con los análisis de Eley, el asunto de determinar cuáles eran los límites de la izquierda, de decidir quién estaba dentro y quién estaba fuera del marco de la política aceptada de modo general en cada uno de los períodos es crítico para la historia de este movimiento. ¿Cuáles eran pues esas coordenadas que aún hoy siguen siendo los límites que definen a una verdadera izquierda dentro del amplio campo de los movimientos sociales y políticos progresistas? Según la opinión generalizada estas coordenadas o parámetros son: 1) una crítica radical al capitalismo; 2) un rechazo claro al imperialismo y sus guerras; 3) una lucha consecuente por el socialismo, y 4) un denodado esfuerzo por la democracia y la participación popular.

Desde el siglo XIX todos y cada uno de esos parámetros sirvieron en cada momento para evaluar la consecuencia o la inconsecuencia con los principios esenciales de la izquierda revolucionaria. La fidelidad o no a estos principios siempre determinaron encuentros y desencuentros, alianzas o rupturas: obviamente si se es sincero no se puede hacer una crítica radical al capitalismo en cualquiera de sus fases sin optar consecuentemente por el socialismo, como tampoco se puede luchar por el socialismo afectando la democracia y castrando la participación popular. Con razón Javier Bierdeau[ii] plantea que para la izquierda socialista, anticapitalista y democrática del siglo XXI la cuestión es derrumbar la farsa reformista del “capitalismo con rostro humano”, y derrumbar las concepciones burocrático-despóticas del socialismo estalinista.

Pero a diferencia de Europa, donde la izquierda luce en estos momentos muy debilitada, América Latina viene dando un giro hacia la izquierda. Si embargo, según observa Boaventura de Sousa Santos[iii], la deriva hacia la izquierda en Latinoamérica es un proceso confuso y contradictorio. Se puede ver en los gobiernos progresistas una mayor sensibilidad a la cuestión social, como también, de maneras diferentes, un cuestionamiento a las empresas transnacionales y sus actividades. Asimismo, se puede ver la emergencia de una solidaridad regional, con mayor apertura y tolerancia a las diferencias políticas. No obstante –advierte este autor-, la mayoría de estos gobiernos se dirigen por conceptos tradicionales del estado y del desarrollo, lo cual efectivamente limita su capacidad de transformación.

Esta situación es la que quizás lleva a Raúl Zibechi[iv] a señalar la necesidad de que ahora, cuando según él nos acercamos a la fase final de la era progresista, se impone una amplia evaluación de un período que comenzó con grandes esperanzas de cambio. En efecto, todos estos procesos deberían ser sometidos a una severa prueba basada en los hechos concretos y en los resultados realmente obtenidos. Por su parte, Immanuel Wallerstein plantea que la cuestión real no es si América Latina se ha movido hacia la izquierda sino qué tan a la izquierda se ha movido. Pregunta esta a la que no duda en responder que ciertamente el punto medio de la política latinoamericana, el “locus” del centro, se ha movido considerablemente a la izquierda de donde estaba hace apenas diez años[v].

Sin embargo, no todos los analistas de la situación Latinoamérica coinciden con la anterior apreciación. Según afirma James Petras, pensar que Latinoamérica está encaminándose hacia la izquierda es una exageración triunfalista poco seria. Para este investigador, hay que ser realista con lo que está sucediendo en términos políticos: es difícil decir que todos estos mandatarios son realmente de izquierda. Si bien es cierto –continúa explicando Petras- que hay un rechazo a la superdominación de los Estados Unidos en el área, también hay que decir que no se está creando una verdadera alternativa popular. La mayor autonomía que buscan todos estos gobiernos no significa forzosamente que a lo interno sean más progresistas. Ser más independiente del Fondo Monetario Internacional no significa que se ha dejado de priorizar la banca privada. Por todo eso y otras razones este autor pone en duda que se vaya hacia un real planteo de izquierda en todos estos procesos[vi].

Muy probablemente las anteriores afirmaciones de Petras luzcan exageradas para algunos lectores, pero en lo que no cabe dudas es en cuanto a la necesidad de realizar una evaluación de los procesos de cambio que se están llevado a cabo en Latinoamérica, aunque indudablemente los efectos de la crisis global del capitalismo ya sería por sí misma una verdadera prueba para la gestión pasada y presente de todos los gobiernos. Particularmente –señala Petras en otro de sus artículos- la quiebra que se ha producido de manera simultánea tanto en Latinoamérica como en los Estados Unidos y Europa pone en duda el nivel de los cambios estructurales que se implementaron por los regímenes de centroizquierda latinoamericana. De manera más específica –añade este autor-, este derrumbe centra su atención en el continuismo de las políticas que se llevaron a cabo en materia financiera, comercio, producción e infraestructura por los gobiernos anteriores[vii].

En cualquier caso, al igual que en la gran crisis de finales de la década de los años veinte y comienzos de los treintas del siglo pasado, esta nueva crisis global del capitalismo ya está generando una serie de procesos reivindicativos, sociales y políticos de gran envergadura, los cuales seguramente se traducirán cada vez con mayor fuerza en grandes movilizaciones, huelgas y conflictos en toda partes del mundo (de hecho ya está sucediendo en Francia, España, Grecia, Corea del Sur). Debemos recordar que en aquella ocasión la solución a la crisis por parte de la burguesía europea fue desencadenar una terrible guerra interimperialista que le permitió poner en movimiento toda una economía de guerra, desarrollar su industria tecnológica y militar, dar empleo subpagado a la población y, de paso, lanzar al matadero de la guerra a los obreros insurrectos. Por su parte y al igual que en los años 14-18, la socialdemocracia reformista jugó su papel distrayendo ideológicamente a las fuerzas de izquierda, traicionado a los obreros revolucionarios al permitir que los reprimiesen cruelmente y los enviaran con su voto a la “gran guerra patria” imperialista. Una política estúpida porque una vez derrotada la izquierda socialista permitió el surgimiento y la conquista del poder por el fascismo que desencadenó la guerra. El resultado fue, como ya sabemos, la salvación del capitalismo, el surgimiento de una nueva superpotencia hegemónica e imperial (Estados Unidos), la derrota de la esperada insurrección proletaria europea, pero también la momentánea consolidación de la URSS, así como la casi total derrota del colonialismo.

Hoy, a la luz de aquellos acontecimientos que se gestaron con motivo de la gran crisis de los años 29-30 del siglo XX, cabe preguntarnos: ¿Cuál será en esta ocasión la conducta de los gobiernos y las diferentes fuerzas sociales y políticas frente a una nueva crisis global del capitalismo? De parte del imperio es poco probable que genere una nueva guerra interimperialista, sencillamente por aquello que Kautsky denominaba con razón el “ultraimperialismo”; Es más probable que seguirán con las presiones y los “cantos de sirenas”, esta vez por parte de los “demócratas” imperialistas endulzando algunos intentos de pactos y tratados con gobiernos débiles o complacientes (quizás una nueva “alianza para el progreso”), dirigidos a evitar la integración latinoamericana en ciernes, pero fundamentalmente elaborados para proteger el capital y el empleo tanto en su debilitada economía interna como en sus compañías transnacionales, de ahí la reiteración aparentemente absurda del llamado de la élite capitalista a continuar con la apertura de los mercados mundiales, mientras realmente siguen aplicando medidas proteccionistas.

¿Qué hará la derecha criolla, esa amalgama extraña de burgueses apátridas, socialdemócratas demagogos, curas fascistas y señoronas confesionales, renegados de la izquierda y desclasados ilusos? Seguramente jugarán la otra carta oculta del imperialismo, la que no se anuncia pero se hace evidente: confundir y alienar con sus medios de comunicación comerciales la mente de los pueblos sometidos a los rigores de la crisis, aprovechar sus dudas y angustias para movilizarlos contra los gobiernos progresistas, exacerbar sus problemas para generar violencia y desestabilizar los países y así, finalmente, permitir el acceso al poder del fascismo (la “solución final” al problema), luego reprimir y eliminar las fuerzas populares para así poder continuar con los planes hegemónicos neoliberales y la consiguiente eliminación de todo programa social.

Pero más importante aún, ¿qué hará la izquierda en América Latina? De una parte, ¿continuarán las dudas en ese sector llamado “centroizquierda” actualmente en el poder en los países con las economías más grandes de la región pero con unos planes indefinidos y una gestión timorata? A pesar de algunas posturas antiimperialistas, una cantidad de elementos asemejan a esa llamada centroizquierda con la socialdemocracia reformista, por ejemplo: sus políticas de remiendos sociales en la microeconomía pero indudablemente neoliberal a nivel de la macroeconomía. Podrá la izquierda más consecuente pero con economías más pequeñas o débiles y bajo tremendas amenazas de la derecha mundial superar esta crisis.

En fin, frente a un capitalismo tambaleante más no caído y el colapso de un modelo heterodoxo de primarización neoliberal de la economía por parte de los regímenes de “centroizquierda”, ¿dudará la izquierda en aplicar su programa socialista consecuentemente? ¿Esta izquierda encarará la crisis y los problemas que se avecinan con claridad y decisión, o negociará y seguirá el juego dudoso de la derecha endógena, que de llegar a triunfar haría posible un nuevo zarpazo del fascismo? ¿Cuál será finalmente el resultado de esta nueva crisis?

[i] Eley, Geoff, Un mundo que ganar: historia de la izquierda en Europa, 1850-2000, Crítica, Barcelona, 2003, 683 páginas.

[ii] En Revista Question, N° 59, Marzo de 2008, pp. 9-11.

[iii] En Revista Question, Número 62, Julio-Agosto de 2008, pp. 46-47.

[iv] Ibíd., p. 44.

[v] Ibíd., p. 45.

[vi] Ibíd., pp. 42-43.

[vii] En Revista: A plena voz, Edición Número 47-48, Octubre-Noviembre de 2008, pp. 4-8.

Augusto N. Lapp M
Anlapp1@hotmail.com
Aporrea.org
02/02/2009



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