Hambres viejas

Por • 31 Ene, 2009 • Sección: Tribuna Abierta

Para las víctimas del fascismo “en vivo y directo”

Dicen que los extremos en la conducta humana siempre son dañinos. Y tendemos a olvidarnos casi siempre, sobre todo cuando buscamos saciar un hambre vieja. De hambres viejas está llena mi gente, de tener que sacar con un palito migajas de cuajada de los huequitos de la mesa vieja de madera. No era para la casa la cuajada, era para vender. No era para alimentar a los sutes, era para ganarse unos realitos y poder comprar al menos un bulto de harina de cuya tela sacaban los vestidos torcidos de mis niñas, ahora ya abuelas. De tener que ponerse las alpargatas sólo para entrar al pueblo y tener que lavar una y otra vez el mismo mantel de plástico ya decolorado para que “no se manche de manteca la hoja que compré donde el sr. Esteban”. De muchas hambres.

Las hambres viejas adelgazan la solidaridad de quien siempre las vivió. Pero también pueden ensancharla, todo depende del amor que se haya recibido mientras el hambre reinó. Entonces hoy día tenemos en nuestro amado país -para quienes amamos a Venezuela- una gran diversidad de hambres viejas que recogieron amor y recogieron odio, que recogieron solidaridad y recogieron olvido, abandono…así tuvieran “de todo”.

En mi gente sencilla y humilde, muchas veces la humillación fue y es el plato fuerte del día. De tener que trabajar en casa de familia para servirle a otros superiores, recogerle la mierda a todos y hasta lavarle las pantaletas, a tener que bajar la cabeza cuando recibían ropas desgastadas de otros quienes amparados en sus preceptos religiosos “hacían caridad”. Una manera de ser bueno aplastando al prójimo, pues, y una manera de ser humilde al recibir las sobras porque “debemos ser siempre pobres” (para que otros se gocen nuestras riquezas a costillas de nuestra ingenuidad).

En mi gente sencilla y humilde, esa que se sube a los buses a vender cachapa con queso en sus ollas de aluminio y sus servilleticas de papel rústico; esa que te da el café en la bandeja cuando estás en la oficina, que te conversa en la camionetica sobre la carestía de la vida; que te sonríe si tú le sonríes, que barre la calle mientras tú tiras basura a sus pies…en mi gente es donde debemos siempre recrearnos y refugiarnos cuando las hambres viejas de otros arremeten contra nosotros. De mi gente es Venezuela a pesar de que muchas veces queda en el medio de grandes contradicciones entre el discurso y la acción.

Mi gente sencilla y humilde ha recibido siempre el trocito más pequeño de toda una torta gigante. La ropita vieja, las sobras para llevarse a la casa, el “pase adelante, ahorita no tengo tiempo de atenderle, vaya y haga la cola allá ¿ve? donde está ese gentío, para que le den el papel con el sellito…entonces vuelve y pide la cita para atenderlo”… Humillaciones tras humillaciones. Tratada por unos como un gran bulto unicolor que les da el poder; tratada por otros como meros payasos de circo para elevar su rating, enfocando bien a las lágrimas cuando les entrevistan en la puerta de la morgue o les visitan el rancho cundido de moscas. A pesar de ello, la nobleza es tanta que uno va, toca la puerta y se limpian la ropa para darte la mano, ofrecerte un cafecito o un aguaemiel.

Las hambres viejas no son sólo de pan. Peor que estas son las de amor. Se puede tener hambre de amor teniendo ropa de sobra, comida de sobra, juguetes de sobra, viajes de sobra. Hoy, como ayer -sólo que hoy lo hacen público, ayer lo vivíamos en silencio-, somos muchos testigos silentes y no tan silentes del producto del hambre vieja succionada por gusanos que empichan el alma. El hambre vieja hecha sed de matar porque “no mereces lo que yo sí merezco”. El hambre vieja convertida en culto fanático hacia la maldad y exacerbada por intereses de poder a costa de los planes de millones de personas que queremos vivir y compartir para que seamos todos iguales y no unos más iguales que otros. El hambre vieja envuelta en perfumes caros y miradas anquilosadas, insufladas muchas veces por un pedigrí estúpido de castas ultramezcladas.

El hambre vieja de amor compra hambres nuevas de pan y amor. Compra con dinero, con aprobación de materias para graduarse sin saber leer, con viajes ida/vuelta a paraísos de mentira rodeados de barrios sin servicios básicos, con entrevistas de televisión para que “te hagas famoso”, con contactos en empresas superarrechísimas para conseguir una buena chamba, con una noche de placer en la que se puede “cumplir todos tus sueños”… El hambre vieja puede ser un cohete para andar por la vida con dignidad aceptando al otro. También puede ser una tapa que impida entender que nosotros, la gente sencilla y humilde, somos millones y si los portadores de odio nos siguen cuqueando, podemos llegar a meter la paciencia en un baúl …porque ya está bueno de tanta agresión gratuita y sin castigo.

Melva Josefina Márquez Rojas
melva.marquez@gmail.com
31/01/2009



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