Cumaná, el sismo y el temblor

Por • 13 Ago, 2008 • Sección: Tribuna Abierta

LOS TEMBLORES DE CUMANÁ Y LA TÍA PANCHITA

En un diario local oriental, una foto de primera página, muestra a varios pacientes del Hospital Universitario Antonio Patricio Alcalá (Huapa), de Cumaná, en plena calle. Un sismo de 5.1 en la escala, producido este lunes 10 a las 3 a.m. aproximadamente,  aterrorizó a la población; tanto que las autoridades del centro asistencial que lleva el nombre del sacerdote tío del Mariscal Sucre, tuvieron que desalojarlo. Este acontecimiento me motivó a escudriñar en mi archivo hasta localizar una especie de introducción de un largo cuento o una novela corta, que escribí unos años atrás, fundamentado en un hecho cierto del año 1929, cuando un terremoto de 7 en la escala, destruyó la ciudad y casi toda su valiosa arquitectura colonial de ciudad primigenia. Esa ciudad mía, pareciera estar montada sobre un tobogán o arenas movedizas. En mi época joven uno se acostumbró a ellos, tanto que hacían las veces de reloj, como el pito de la textilera o las enlatadoras de sardinas anunciando el inicio o fin de la jornada de trabajo. Mucho antes que yo y mis hermanos naciésemos, mi tía Panchita casi jugaba con ellos.


La tía Panchita

La tía Panchita fue para toda la familia un fantasma que vivía entre los vivos. Su espíritu deambulaba entre nosotros. Estaba en las conversaciones diarias; en las paredes, en el sabor de las comidas; aún en la nada insípida  agua generosa de la pila; en los momentos de correr o reír por los temblores;  entre las fichas de la bolsa para que uno cantase lotería, en las tertulias en la playa y hasta en la travesía del manglar.

Era como una manera de no aceptarla muerta, que la violencia del terremoto se la hubiese llevado al otro mundo. Sólo que no estaba; y por eso se hablaba interminablemente sobre sus habilidades o sensibilidad extraña para detectar los más sutiles movimientos de la tierra mucho antes que  los demás los sintiesen en el pendular de las lámparas, el caer de objetos de armarios o repisas y el ondular del suelo. Y cómo era capaz de predecir hasta la hora y punto que se harían sentir. Y en su  dar recomendaciones para evitar tropezones o encontrones al momento de salir, siempre entre risotadas y guachafitas, hacia espacios abiertos.
Y el “si Panchita estuviera”, se oía a cada momento y con la menor excusa.

Lo extraño, por lo menos para los muchachos, era que en casa o mejor, en ninguna de las casas de la familia, que desde que Panchita se esfumó, se había ramificado, no había una foto de ella; ni siquiera un dibujo que la recordase. Entonces uno inventaba tantas figuras de Panchita como tantas veces la evocábamos. Y es bueno decirlo, que por lo menos entre los niños  de su familia, competía por el fervor y la adoración con el abuelito del mar. Y uno juraba por la bolita del mundo, el abuelito del mar y por la tía Panchita.

De modo que para nosotros, Panchita era algo más que una tía. Porque estaba siempre en el medio de nuestras vidas y porque esos temblores, que en aquella época era de verdad el pan de cada día, hacían imposible que uno la olvidase.

La tía Panchita nunca se fue y menos desapareció del núcleo familiar. Porque cuando tomé conciencia de mi existencia, varios años después de su desaparición, que es como decir el comenzar a entender y recordar lo que me decían, se hablaba de ella como si por allí anduviese: y otros años más tarde, todos en la familia hablaban con ella. Y en cada casa, de una forma u otra, tenía asiento en la mesa y se le consultaban  cosas más íntimas y de extrema delicadeza. Qué si es bueno el noviazgo de fulana y hasta los resultados del béisbol. Y en cada casa había una habitación, sin importar  comodidades o dimensiones, que esperaba por Panchita.

La tía Panchita y los temblores casi marcaron nuestra vida de niños. Y los niños de la familia sentíamos una ventaja sobre los demás habitantes del barrio; Panchita era nuestra y pese a la solidaridad natural que de nosotros emanaba, no sentíamos deseos ni podíamos ofrecerla a la plegaria de ellos, porque sólo nosotros sentíamos su calor y presencia.

Cuando la vimos,  ya doblada por la edad y ausente la alegría en su rostro, no la reconocimos. Porque para mi, que para el momento de su retorno era aún un infante, la Panchita de carne y hueso, era otra; y otra, la Panchita fantasma, que contaba temblores y se embelesaba oyendo el taconear de las botas relucientes de los saldaditos con sus máuseres al hombro y su marcha hacia la curva, donde el mundo se le escondía.

Eligio Damas
damas.eligio@gmail.com
13/98/2008



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